Andy Clar: ¡Viva la experiencia!

Andy Clar (1973) es la creadora de Chicas en New York, un blog que se convirtió en una reconocida marca que ofrece desde viajes grupales a distintas ciudades hasta tarjetas de crédito con beneficios. Siguiendo su pasión por los viajes, primero publicó un libro homónimo y ahora acaba de lanzar Chicas de viaje por el mundo, una extensa guía que incluye relatos de experiencias propias, y de gente a la que admira, en diversos puntos del planeta.

¿Cuáles cree que son los nuevos modos de viajar? De algún modo, usted descubrió uno…

Cuando yo empecé no había tantas redes sociales, estaba Facebook. No nos enterábamos de lo que la gente hacía minuto a minuto, todo el tiempo, como pasa con Instagram ahora. Sabés a dónde van, dónde están, ponés la geolocalización, decís “este fue acá” o “este tiene onda, fue ahí también”, lo seguís y vas armando tu ruta. Cuando surgió Chicas en New York no existía eso y, en algún momento, fue lo primero que empecé a hacer. De hecho, cuando arrancó Instagram, puse ahí Chicas en New York e hizo furor. Creo que la nueva forma de viajar es no viajar. Hay una nueva forma de viajar que es desde el sillón de tu casa y tiene que ver con la cantidad de información que tenemos. Sabemos tantas cosas, tantas, que antes de viajar, ya viajás. Sabés un montón de cosas pero lo que te falta es la experiencia. Y, creo que lo más lindo del viaje, justamente, es lo que vivís cuando estás ahí. Me parece que la nueva forma es, un poco, equilibrar entre todo lo que vas viendo, recibiendo, tomar la decisión de adónde ir y después ir y dejarte, perderte. Sabiendo lo que hay, perderte. Esa es la forma que me gusta a mí.

–Frente a esa posibilidad de viajar sin viajar, ¿cómo animarse a tener una experiencia y no aislarse?

Creo que esto dispara para dos lugares: por un lado, la parte del trastorno de quedarte en tu casa, que pasó siempre pero antes no se sabía. A esa gente le das la posibilidad de mirar por la ventana. A los que no quieren y a los que no pueden, porque también hay gente que no puede viajar porque no tiene presupuesto. Para ellos es una posibilidad de soñar, de ver otros mundos, de abrir un poco el panorama de lo que conocen. Después, para los que sí tienen la posibilidad de viajar, esto de estar todo el tiempo atrás del celular, te aleja un poco de vivir la experiencia en 360 grados. A veces, subo un posteo en Instagram de lugares instagrameables y quieren ir al lugar donde se hace la mejor foto. Me dije que no lo iba a hacer más para que vayan a vivir. Yo te muestro lugares que están buenos, vos después andá y encontrá los rincones. Me parece que eso forma parte de la experiencia. Mirá con otros ojos y no solamente a través del celular. Después sacarás la foto pero hay que estar atentos para sacarse una foto. Si no estás atento y solamente vas porque viste una foto ahí, porque es una esquina linda para fotografiar, vas, te parás, la tomás y listo. Lo demás no lo viste.

–En las redes sociales solemos ver solo un recorte de la experiencia de viaje, ¿cuál cree que es el rol de la emoción en todo eso?

Mucho. Es más que el presupuesto. Una nota de las más leídas en la página es “Qué hacer en New York sin gastar un solo dólar”. Siempre vas a encontrar cosas para hacer en las que no necesites gastar plata pero siempre necesitás estar, entregarte, estar abierta a conectarte, no con el celular sino con la ciudad. Sentarte en un parque, comprarte algo rico y sentarte abajo de un árbol aunque sea sola. Abrir un libro, ver cómo se comporta la gente en otras ciudades, sentarte en mesas comunales. Siempre que viajo me siento en la barra o en mesas comunales y hablo con la gente, le pregunto cosas: “¿Dónde te gusta bailar?”, por ejemplo. Aparte yo no hablo ningún idioma, nada. Y me las ingenio, siempre encuentro la forma de comunicarme. El miedo al idioma es un “temón”. Te vas a reír. Yo no hablo inglés, fui a un colegio del Estado y no había presupuesto para que me pagaran una profesora de inglés y, de grande, tendría que haber aprendido. Cuando fuimos a Turquía, las chicas estaban con “Qué desesperación, no puedo hablar con nadie”. Para mí es exactamente como viajar a cualquier lado. Es mucho más lindo, la pasamos bomba. Te divertís también, de otra forma. Obvio que es mucho mejor hablar inglés y comunicarte porque podés llegar mucho más en profundidad a muchas cosas. Pero hay países en los que no hablan inglés.

–¿Cómo rompe la barrera idiomática entonces?

Con Kari, mi amiga y socia, decimos que nosotras hablamos el idioma del amor y es así, es verdad. Cuando uno tiene ganas, se comunica. En Tokio, particularmente, son muy amables a nivel cultural. Vos te acercás y les tirás dos o tres palabras en inglés –ellos hablan como yo–. Algunas cosas entienden pero capaz no te saben contestar, entonces dejan lo que están haciendo (están con su maletín yendo al subte, para ir a trabajar), te piden que los sigas y te llevan adonde vos necesitás ir. Tienen esto de pensar primero en el otro y después en ellos, eso es lo que los hace hacer cosas diferentes.

–¿Qué le enseñó viajar?

A no ser prejuiciosa. Hay una tendencia algo natural a primero mirar lo que hay y después entender lo que viene. Primero uno juzga por lo que ve, de hecho hoy es más habitual que de costumbre. Ponés una foto en una red social, contás algo y, sin saber nada, opinan de cualquier cosa. Yo tengo una comunidad impresionante y casi no me pasa pero lo veo en otras chicas. Entro y, ¡qué maldad! ¿Por qué? Si no saben. Creo que eso tiene que ver con prejuzgar. Y viajar me enseñó eso. Para poder identificar los lugares, o conocer la sociedad de esa ciudad, armar un circuito, lo primero que tenés que hacer es ser desprejuiciada y decir “a ver, no sé nada de este lugar, voy a mirar todo” y, después, hacer una evaluación. Eso también lo llevo a mis relaciones.

–¿Qué cree que le aportaron las redes sociales al turismo?

Por un lado, las redes dan herramientas, información que uno puede linkear a determinados gustos, intereses, de gente que más o menos nos gusta, y así ir eligiendo lugares. Por eso, en los libros que escribo nunca escribo sola. Siempre está la mirada de otras personas, a las que yo admiro o de las que me gusta su forma de vivir. En Chicas de viaje hay hombres y mujeres que cuentan su experiencia. Por ejemplo, Tefi Russo habla de Mallorca porque vivió ahí. Sabe más que yo. Gonzalo Bonadeo habla sobre Londres. Yo fui pero me encantó que lo escribiera un hombre porque tiene otra mirada. Me parece que eso es lo que tienen las redes y por eso quise transmitirlo en el libro. Antes existía una sola mirada que era la del autor. Ahora podés matchear la mirada de cada uno de ellos con tus gustos y con otros que, capaz te gustan, y hacer tu propio mapa.

–¿Y qué opina sobre las comunidades?

Es muy gracioso porque justo estuve en Facebook hace dos semanas hablando de eso y el responsable me preguntó: “¿Cómo hacés para formar comunidad?”. Y yo le dije que nunca en mi vida armé una comunidad, le pedí que me enseñara, por favor, porque no tenía ni idea de cómo armar una. Él me miró y me dijo que no lo podía creer, que fuera un día y que me enseñaba. No tengo idea, no sé. Creo que está bueno si después lo pasás por el tamiz del objetivo de tu viaje. Siempre hay un objetivo detrás del objetivo turístico: ¿Por qué querés ir? ¿Por qué te querés ir? ¿Por qué tenés ganas de viajar? ¿Qué es lo que te pasa? Están los viajes más reparadores o sanadores, gente que viaja porque no puede más, que se separó, que está triste. Y hay gente que hace viajes más técnicos, que le gusta ir y hacer la ruta que hay que hacer, el recorrido típico y si no fuiste al MET o al MOMA sos terrible…

–¿Pensó en hacer comunidades con hombres?

¿En qué sentido? (risas). Soy de las que cree que nada mejor, a nivel producto, que apuntar a un nicho. Cuánto más específica sos, mejor podés ser en lo que hacés. Yo sé que le hablo a mujeres con determinado estilo, determinado perfil. Sé que le hablo a gente a la que le interesa lo que estoy contando. Hay gente que quiere tener más seguidores: yo no porque lo que quiero es tener seguidores a los que les importe lo que les cuento. Todo lo hago para la misma comunidad porque prefiero estar enfocada en la gente que tiene los mismos intereses.

–¿Qué recomienda tener en cuenta a la hora de planear un viaje?

Creo que primero, sobre todo cuando viajás con alguien, hay que ser muy sincero con uno mismo y pensar el objetivo del viaje (“¿Qué es lo que quiero hacer con este viaje?”) y comunicárselo al que te acompaña porque si no es muy egoísta. Quizás uno quiere hacer un viaje turístico y el otro quiere hacer compras. Y si no lo dijeron, están todo el tiempo mediando. Es mucho mejor ser honesto y decir “Yo me voy a tomar mi tiempo para hacer compras y las cosas que nos gustan las hacemos juntos”. Hablar antes, programar antes. Uno cree que sabe lo que el otro quiere y no siempre es así. Conectar y preguntar expectativas de viaje.

–¿Cuál es la fórmula para hacer de algo que nos gusta mucho, como viajar, una empresa?

Yo me separé, cambié de trabajo. Es tan difícil de explicar… Creo mucho en la prueba y el error. Voy probando. Por ejemplo, durante los diez años en que trabajé en una empresa de cosméticos, tres de esos años trabajé en paralelo con mi marido armando una agencia de publicidad. Tenía dos trabajos. Y antes de eso también tenía dos trabajos. Siempre iba probando porque tenía miedo. No me podía quedar sin trabajo, no tenía plata, tenía que vivir y no podía dejar todo para hacer lo que me gustara. Creo que eso es lo que nos pasa a la mayoría. La otra excusa del emprendedor, o del que no se anima, es “no tengo tiempo”. Tiempo hay: dormí menos, salí menos con tus amigas. Dejá de hacer algo y vas a ganar ese tiempo. Yo hacía eso. Salía de trabajar a las 18 en Constitución, tenía una hora y pico de viaje, y cuando llegaba me sentaba con mi marido y armábamos el plan de trabajo para el otro día, pensábamos cómo hacer esto o aquello. Y cuando empecé con Chicas en New York hice lo mismo. Tenía la agencia, había crecido, teníamos un montón de empleados, era una empresa, ya no era más un emprendimiento chiquito. Y estaba en la misma: era lo que me daba de comer. Si me iba era fuerte porque hacía muchas cosas. Y empecé a sentir que esto me gustaba más, a probar y pensé “¿qué hago?”. Terminé haciendo las dos cosas al mismo tiempo. Y lo hacía de noche. Terminaba todo, le daba la teta a mi hijo, lo acostaba y antes de desmayarme… Chicas en New York