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Arturo Pérez-Reverte: Balada del navegante que escribe novelas

Un segundo, pide. Un segundo. Toma un sorbo de agua y se sienta erguido en uno de esos silloncitos del hotel Alvear
que parecen haber sido diseñados para que uno se relaje en ellos y no se levante nunca más. Pero él, Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), es un profesional de la escritura y del encanto, y sabe que no está aquí para hundirse en estas blanduras sino para hablar de Eva (la última novela de la saga de Lorenzo Falcó) y de Los perros duros no bailan, una nouvelle inclasificable. Llega puntualísimo, impecable en su saco de paño, sus medias escocesas, sin prisa alguna. Viene aquí para conversar sobre lo que más le gusta: sus libros, que desde hace tres décadas lo han puesto a la cabeza de las ventas, tanto la saga de Alatriste como la del espía franquista Lorenzo Falcó, y es por eso que se toma este asunto de la entrevista como una verdadera ceremonia. Ocupa pues su sofá, se enmarca en su propia escenografía de cuadros y paredes enteladas, y dice:

–Un segundo. Me acomodo…
Claro que si por él fuera seguiría tal vez acomodándose,alisando las arrugas de las telas, buscando la posición exacta.
Porque, como sabrán, en el mundo Reverte para todo hay un tiempo, un modo, un lugar. Unas reglas que deben respetarse. Un modo adecuado de ser y de estar que hasta los animales parecieran obedecer.

–¿Por qué perros? ¿Por qué los eligió como protagonistas de su última novela?
Mira, yo soy un tipo no precisamente blando ni de lágrima fácil. Pero una de las pocas cosas que me ponen los ojos húmedos son los perros, por razones diversas. Para comenzar, creo que los perros tienen virtudes que yo desearía en los humanos, como lealtad, como coraje, como fidelidad, como dignidad. Y bueno, digamos que desde hace mucho tiempo yo les debía un homenaje. Había leído El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, y algunas historias de Jack London sobre los perros, y Colmillo Blanco. Tenía todo eso en la cabeza y un día decidí que iba a hacer una novela policíaca, de policial negro, canónica, pero con perros como protagonistas.

–Los personajes de Los perros duros no bailan son casi arquetipos: el duro de corazón blando, el cobarde que se redime siendo valiente al final…
Claro, porque es una novela policial negra clásica. Y una novela negra tiene que ser canónica. Tiene unos ciertos códigos, hay unas leyes que hay que respetar, porque de lo contrario no es una novela policial. Entonces trabajé ajustándome a ese tono y siempre jugando con el canon, pero llevado a los perros. Hacer todo esto, transgrediendo además los límites de lo políticamente correcto, era un desafío muy divertido. Lo pasé muy bien.
Comenzó siendo un libro casi humorístico y terminó siendo un libro más bien dramático. Porque, claro, paso del humor al drama de las vidas de esos perros sometidos a las crueldades de los humanos, y eso es terrible. Entonces ahí, sin poder evitarlo, a menudo se adueñó de la novela la parte oscura de la vida de los perros.

–Mencionó recién que en ese “clima perruno” se permitió incluso ser políticamente incorrecto. Y lo es, y mucho. Aparece hasta una perra feminista a la que los perros no pueden montar. ¿Qué le pasa a usted con las feministas, con las que tanto polemiza?
No, con las feministas no pasa nada. De hecho hay una novela mía, La reina del sur, que es utilizada en una cátedra como modelo ejemplar de novela feminista. Pero cuando el feminismo razonable pasa a ser folclore, demagogia y tweets baratos, y busca forzar el lenguaje absurdamente, entonces es cuando la estupidez me enfurece. Lo que sí he tenido son polémicas con aquellos aspectos radicales y estúpidos del feminismo, que pervierten y desacreditan al verdadero feminismo, a la verdadera y necesaria lucha de la mujer por encontrar su lugar en el mundo.
Yo nunca he tenido problemas con el feminismo, pero sí con el folclore de quienes se llaman feministas pero en realidad son ignorantes y analfabetas. Esa es la cuestión.

–¿Pero usted no siente que hay cuestiones en la lengua que están cristalizadas y congeladas y que quizá habría que revisar?
Sin duda el lenguaje es machista. Sin duda, porque son muchos siglos de predominio del hombre en la sociedad. Entonces, es el hombre el que ha creado las pautas en las cuales el lenguaje se ha basado, eso es evidente.
Pero de eso no tienen la culpa ni la Real Academia ni las academias, que simplemente registran, son solo notarios
del lenguaje. Si la gente dice en la calle “una mujer fácil”, la Academia debe estar recogiendo notarialmente el uso de la lengua. Pero es esa sociedad la que tiene que cambiar el uso, no la Academia.

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–¿Cómo se lleva en general con las redes sociales?
Para mí las redes sociales son un complemento interesante y una herramienta eficaz, pero no son el objetivo de mi vida.
Yo no vivo en las redes sociales y uso un teléfono elemental que solo sirve para llamar. Yo no estoy conectado, no tengo Whatsapp ni nada de eso. Cuando estoy tranquilo en casa con mi ordenador me asomo a Twitter y paseo por allí. Twitter me permite, con poco esfuerzo, estar en contacto con mis lectores y crear esa relación de afecto y de proximidad. Pero no vivo metido ahí. Por edad, por carácter y por razón de vida que llevo, no necesito estar en contacto con las redes sociales porque mis lectores ya estaban desde antes. Twitter es una herramienta eficaz que utilizo con mesura. O sea: yo no polemizo en Twitter.

–¿Cómo que no?
No, yo opino y después los seguidores hablan, debaten y tal. Y eso es divertido, ¿no? Yo a veces lo que hago es plantear un tema, lo dejo caer y después me quedo mirando, porque es muy interesante cómo eso genera
las polémicas. Porque, claro, Twitter es una forma muy interesante de acercarse a lo que es la condición humana. La
vileza, la cobardía, el anonimato, el heroísmo, el coraje, todo eso está ahí. Pero un escritor o un periodista joven que empiece ahora, de 20 o 30 años, es vulnerable. Una reacción en Twitter contra ellos puede hundirlos, puede acabarlos como escritores y como periodistas. Yo tengo amigos escritores, de España, jóvenes y muy brillantes, que no se atreven a tocar ciertos temas por miedo a la reacción de las redes sociales.
Esa presión de las redes sociales es muy peligrosa, ese linchamiento tan fácil de Twitter o de la red que fuere, es peligroso. Y en el momento en el cual un espíritu libre se autocensura,listo; no habrá libertad.

–¿Hablamos de Eva? ¿Cómo fue, por industrial que suene, el “proceso de producción”?
Es que es la verdad: yo soy un escritor profesional, y hay una parte creativa en mis novelas, la parte del talento narrativo que pueda tener, pero después hay una parte de producción, porque es un producto que se vende y del que vivimos yo y los editores. Y nunca he renegado de esa parte.

–Usted tiene además pasión por los detalles de época. ¿Tiene un límite o, puesto a investigar, se entusiasma como si fuera un coleccionista?
No, tengo un límite. Pero, para mí, también hay una parte lúdica en toda novela. Y lo que a mí me gusta es documentar, por eso me gusta por ejemplo tener la pistola del personaje. Entonces la tengo, me la compré, la adquirí en un anticuario. Los perfumes, los tabacos, todo eso me gusta, y además son cosas que recuerdo de mi familia, de mi padre. Busco, sin exagerar, darle un contexto social, de objetos, de cosas que refuerzan la acción. Lo que pasa es que ahí el peligro es pasarse y hacer un catálogo de marcas y de cosas. Por eso, si reúno un cien por ciento de material, utilizo apenas el cinco por ciento. Pero igual me rodeo de ese mundo y sé que si Falcó se toma un aperitivo,
sé que se va a tomar un Martini o un Cinzano. Entonces toda esa parte del iceberg que no asoma, que no se ve, es lo que está abajo, sosteniendo la historia. Ese tipo de detalles son importantes, aunque después no asomen.

–Y más allá de haberse documentado, tendrá también la experiencia de su vida, de haber visto a su padre o a su abuelo actuando durante esos años, ¿no?
A ver: yo tuve una suerte grande, y es que viví ese mundo. Yo he sido un hombre de mucha suerte en la vida. Nací en el 51, mi padre era un hombre joven y apuesto, con bigote, elegante,buen bailarín de tango, por supuesto. Un hombre con mucha clase. Verlo sacar y encender un cigarrillo, quitarse el sombrero, dejar pasar antes a una mujer… todo eso es de un mundo que ya no existe, que ya no se da porque la gente ya no se comporta de esa manera. Pero el haberlo conocido me permite reconstruir costumbres y usos, ¿no? Yo sé cómo se quita un sombrero, y sé que una escalera se sube siempre delante y nunca detrás de una mujer. Todo ese tipo de cosas hoy olvidadas y que hasta sería quizá absurdo reproducirlas, yo las vi de pequeño e incluso están en mi educación. Pero para cumplirlas. A menudo, y por razones complejas, el humano puede ser un animal desagradable. Entonces lo que hace tolerable la promiscuidad humana, el contacto en el ascensor o en el metro, es justamente la educación. La cortesía, la amabilidad que no cuesta nada y que nos facilita mucho la vida. Perder ese filtro, ese amortiguador que es la educación, nos convierte en seres más desagradables. Creo que en ese sentido estamos retrocediendo mucho. En nombre de falsas naturalidades estamos perdiendo lo que nos facilita la convivencia, y eso nos convierte en seres más hoscos. Más hostiles.
Será que cuando uno vive demasiado tiempo ve morir demasiadas cosas: ciudades, librerías, restaurantes, amigos,
gente, países.

–Convengamos que una cosa es dejar morir y otra es arrasar. Aquí, en materia de patrimonio, apenas se conservan fragmentos de lo que alguna vez hubo.
Sí, pero eso es muy latino. Hoy un amigo me mandó una foto. Resulta que la casa donde vivió Velázquez en Sevilla está a la venta y nadie la compra. ¡Ni el Estado! ¿Se imagina usted lo que harían los ingleses con una casa así? ¡El barrio entero viviría de esa casa! Habría museos, bibliotecas, tours… Pero la nuestra es una casa arruinada que se deja morir. Eso es Italia, eso es España, eso es Argentina. Eso es nuestra maravillosa para tantas cosas –y triste para tantas otras– herencia latina. Es España. Somos nosotros.

–Y su vida, ¿cómo es? Porque acaba de definirse como “un escritor profesional”, escribe a una velocidad de vértigo y sería interesante saber cómo usa su tiempo.
Navego, viajo o estoy en casa trabajando. No hago otra cosa que eso, entonces mis días son muy rentables. Me levanto a las siete de la mañana, corro o nado, me ducho, desayuno y a las nueve menos cuarto ya estoy trabajando. Y así todos los días de mi vida, hasta las tres que como algo, y después a la tarde corrijo. Entonces, un día malo son dos folios; un día bueno, tres o cinco folios. Voy sumando páginas, escribo rápido y no soy complejo. No soy de los que pasan una mañana buscando un adjetivo. Y si me atranco mucho, voy a la biblioteca y digo: “A ver, maestros: Flaubert, Balzac, Borges,Galdós, Conrad, echadme una mano”. Y ellos siempre me dan una solución.

–Hablamos recién del paso del tiempo en las ciudades. ¿Y para usted? ¿Cómo pasa el tiempo en su caso? ¿Ha tenido que dejar de hacer cosas en razón de la edad, por ejemplo?
Mira, para mí navegar es más importante que la literatura. Podría dejar de leer, pero no de navegar. Es mi
terapia, es como una higiene. El mar me devuelve el respeto por mí mismo. Además, yo hago viajes largos, he tenido
temporales y ahí no puedes decir “Paren que me bajo”. El mar te obliga a estar siempre atento. Y todo eso me impide
sentirme lejos del que fui. En el mar vuelvo a ser ese: un marino que accidentalmente escribe novelas. Ahora estoy terminando dos y no sé qué es lo que me quede de vida: si dos, quince o diez años. Entonces, estoy en ese momento difícil en el cual hay que elegir. Porque escribir, a mi edad, significa elegir. Entonces hay novelas que vivirán, y otras que morirán conmigo porque nunca las escribiré. No puedo equivocarme.
Lo que haga en los próximos dos años de mi vida (porque eso es lo que te toma escribir una novela) debe ser la mejor
novela posible. Y saber eso no es fácil. Estoy en ese momento en el que debo deliberar cuál es la novela que más feliz me hará. Porque para mí escribir no es un sufrimiento sino una actividad lúdica. Y sí, soy un escritor feliz.