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Gabriel Rolón: Un nuevo caso para el psicoanalista del crimen

Todos los detectives literarios tienen un método que organiza su pensamiento y su forma de entender el mundo. Un sistema que los distingue y al mismo tiempo los hace atractivos para el lector ávido de misterios irresolubles. En el caso de Sherlock Holmes, por ejemplo, se trata de la lógica positivista, y en el del Padre Brown, personaje creado por G. K. Chesterton, del dogma católico. ¿Pero cuál podría ser el método para un investigador argentino, que al mismo tiempo le diera una personalidad propia y lo identificara culturalmente con el país? La mejor respuesta la dio Gabriel Rolón (Buenos Aires, 1961), conocido por su trabajo radial junto a Alejandro Dolina, por sus exitosos libros y, sobre todo, por su profesión: psicoanalista. ¿Y qué puede ser más argentino que un psicoanalista?

Rolón es el creador del Licenciado Pablo Rouviot, personaje con visos de álter ego que fue el protagonista de la novela Los padecientes. La misma no solo alcanzó estatura de best seller instantáneo, sino que fue llevada al cine en 2017 con idéntico éxito y Benjamín Vicuña en el rol principal. A comienzos de noviembre llegó a las librerías La voz ausente, segunda novela en la que este psicoanalista inteligente y sensible vuelve a enredarse sin querer en una compleja trama policial. Ahora debe convencer a la policía de que su mejor amigo, quien fue encontrado con un tiro en la cabeza, no intentó suicidarse, sino que se trata de un homicidio fallido. Así, mientras su amigo agoniza, Rouviot recurre a sus mejores armas, las del psicoanálisis, para revelar la identidad de un asesino en el que solo él cree. Aunque está claro que Rouviot no es detective, sino un psicoanalista al que las circunstancias obligan a investigar, no está mal indagar en su linaje literario. “Creo que Pablo Rouviot está lejos del Padre Brown, porque es un psicoanalista y no un hombre de fe religiosa. Ser psicoanalista y creer en Dios es algo muy difícil. Rouviot está más cerca de Kierkegaard, de ese existencialismo duro, más cerca de la desesperación que de la fe”, analiza Rolón a su criatura. “En cambio tiene mucho de Sherlock Holmes, por el método deductivo, si bien Holmes se basaba en lo aprehensible y Rouviot tiene en cuenta lo que se dice sin ser dicho. Analiza lapsus, sueños y tiene las herramientas que le da el psicoanálisis a las que, por supuesto, les he sumado esta cosa medio racionalista, porque me parece que funciona mejor en la literatura”, continúa.

–¿Pero no es posible decir que Rouviot confía en las herramientas del psicoanálisis casi como un hombre religioso en su fe?

Sí, porque Rouviot es un hombre de fe, pero no de fe en Dios. Es un hombre que confía en el psicoanálisis. El dios de Rouviot –es decir: nuestro dios, el de los psicoanalistas– es el inconsciente. Nosotros no confiamos en que Dios nos va a dar un sentido para entender lo que le pasa al paciente, sino en que el paciente va a cometer un acto fallido, va a traer un síntoma o va a hacer un chiste y de algún modo mostrará lo que su inconsciente lo empuja a hacer. Tenemos fe de que en algún momento el inconsciente va a aparecer si como analistas conseguimos crear lo que se llama el dispositivo analítico. Ese es nuestro trabajo: armar un marco en el cual podamos esperar no un milagro, sino esa aparición del inconsciente.

–Aunque se trata de una novela, el libro también incluye una mirada que excede lo ficcional y alude de forma directa la realidad, oportunidad que usted no desperdicia para abordar de manera crítica una cantidad de temas políticos y sociales muy actuales.

Creo que un autor, si tiene ganas, debe aprovechar ciertas oportunidades para jugar también lo que piensa. No es una obligación del que escribe una novela, pero a mí me gusta ser un hombre situado y comprometido con mi país y con mi momento. El libro que más marcó, casi desde mi infancia, es Los miserables, y entendí que más allá de la novela extraordinaria lo que Víctor Hugo jugaba era una mirada política, un compromiso ideológico e intelectual. Yo pensaba que un miserable era una persona que hacía cosas espantosas y ahí aprendí que miserables son los que sufren la miseria. Y que los espantosos eran aquellos que mantenían a la gente en esa miseria. Aprendí que se puede jugar con el arte, con una historia que te atrapa, sin por eso estar a años luz de la realidad que vivís. A mí me gusta comprometerme de algún modo y decir que soy un autor que, además de psicoanalista, escribe thrillers en la Argentina del año 2018.

–La voz ausente tiene una estructura derivativa que surge de las redes intertextuales que Rouviot teje para resolver el misterio. El recurso remite a la figura de Sherezade, pero también a la de Dolina, que ha convertido a su programa en un ciclo eterno alimentado cada noche por una nueva historia.

Mi vínculo con Dolina es un vínculo filial desde el punto de vista artístico. Aprendí muchísimo con Alejandro. Y además encontré esto que vos describís bien al compararlo con Sherezade, porque como decían los griegos: “nada resulta más hermoso que una linda historia”. Yo trato de hacer eso y quiero que el lector en algún momento se lleve por delante historias que desconocía. Que sepa algo más de Jack el Destripador; que se lleve por delante la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel; algunas ideas que lo entusiasmen y sean para él tan bellas e importantes como lo fueron para la trama del libro. Creo que es lindo ir tejiendo una trama así, amueblada de visitantes bellos. Estas cosas las aprendí con Alejandro y después, por supuesto, me encargué de ponerle mi tono personal que tiene que ver con el psicoanálisis y con otras cosas. Pero me di cuenta de que esto de apelar a la intertextualidad funciona muy bien e intento desarrollarlo.

–Una figura recurrente dentro de su novela es la del hombre que afirma que daría la vida por una mujer. ¿No teme que en tiempos en que el amor romántico es puesto en cuestión esta idea de la masculinidad pueda ser juzgada como algo anticuada?

No creo que el libro esté recorrido por una idea de la masculinidad, sino de la caballerosidad. No es lo mismo. Quiero decir que los personajes –al menos los que amo, porque los que detesto podrán ser otra cosa, incluso un poco machistas– son ampliamente feministas. Idealizan a la mujer, te diría. Es cierto que tocándose en un punto con la idea del amor cortés, que yo creo es una de las primeras maneras del feminismo. Creo que el amor visto desde ese lugar es subversivo.

–¿Por qué?

Porque fue el primer momento en el que la mujer fue más importante que el hombre. El hombre iba a dar su vida en un combate por el amor de una mujer que ni siquiera le daba un beso. Los caballeros elegían una dama que casi siempre estaba comprometida o casada con otro y a la que no tendrían nunca, porque en cuanto lo hacían aparecía la tragedia, como en Tristán e Isolda. Es una idea muy poética la del amor cortés y en ese sentido considero que es la primera subversión del poder del hombre sobre la mujer, al decir que los hombres somos esclavos de la mujer que amamos. Es cierto que hay algo cortesano en la forma en que aman Rouviot y otros personajes de la novela, pero si recorrés el libro también te vas a dar cuenta de que los personajes femeninos no son el estereotipo de mujer subyugada al poder masculino.

–Más allá de la idea del amor cortés, es evidente que Rouviot tiene problemas para establecer vínculos amorosos.

Porque no termina de creer que es digno de ese tipo de amor. Además tiene esta idea interior de que todo lo que toca lo lastima y entonces ama de un modo tal que no quiere lastimar. Tanto, que prefiere renunciar. Es un personaje digno de ser analizado. Me gustaría tenerlo de paciente.

–Rouviot dice que hoy “los homosexuales ya no necesitan esconderse”. Pero la realidad es que más allá de ciertos sectores progresistas las comunidades LGBT no han dejado de sufrir distintos tipos de persecución. ¿No cree que se trata de una afirmación inocente para un personaje que ha mostrado una mirada tan desencantada de la realidad?

Creo que esto que señalás es cierto. Pero lo que Rouviot quiere decir es que en Buenos Aires caminamos y vemos dos chicas dándose un beso en Plaza Congreso, dos chicos abrazados en un subte y ya no hace falta que vayan a un boliche gay. Y si el boliche es mayoritariamente gay, ya no está escondido en un sótano. No necesitan ir a tener sexo al baño de la estación de Banfield, porque pueden entrar en un hotel sin problema. Lo cual no quiere decir que la lucha haya terminado y menos en los tiempos que corren: de Trump bajando por Bolsonaro y escuchando algunas voces que se levantan en la patria, yo tengo un miedo tremendo. El otro día escuchaba a alguien con altas ambiciones políticas, que amparado en una visión religiosa decía que tenía la voluntad de ir contra todo lo que sea antinatural. ¡Como si hubiera algo natural en el ser humano! Porque si vamos contra todo lo antinatural, entonces nuestros hijos se van a tener que morir de tuberculosis. ¿Porque dónde está la naturalidad de los antibióticos? ¿O Dios creó también el Amoxidal? Si vamos contra todo lo antinatural vamos a dejar que las mujeres se mueran en los partos en lugar de atenderlas, hacerles una cesárea o ponerles suero… Es una locura.

–Recién habló de tener a Rouviot como paciente y el libro ofrece motivos suficientes para creer que al personaje le vendría bien una terapia. ¿Se anima a esbozar un diagnóstico para explicar qué pasa en la cabeza de Rouviot?

Pablo Rouviot es un hombre bien analizado, que ha pasado por el diván. No podría ser un gran analista si no fuera así. Pienso sin embargo que no ha llegado al final de su análisis, porque Lacan definía esta instancia como “el estado de poder sostener la soledad sin sentir tristeza”. Y Pablo debería estar solamente triste, pero por momentos está angustiado y algo tiene que hacer con eso. Lo que pasa es que a mí me sirve que en vez de hacerlo en un análisis lo haga apasionándose con alguna relación o en el descubrimiento de un caso. Me sirve un Rouviot capaz de ver o escuchar lo que los otros no ven ni oyen, o de resolver situaciones en las que los demás no saben qué hacer, pero que de repente no pueda con algo tan sencillo como “me gusta esta mujer y me angustio porque no sé qué hacer, porque no estoy preparado para el amor”. Me pareció más interesante hacer este neurótico, ya que me pedís un diagnóstico. Un neurótico obsesivo un poco torturado, que se debate entre la idealización de un padre cuya ausencia no termina de superar y la angustia por una madre a la que no termina de contener. Y que, obviamente, ante en la imposibilidad de resolución edípica resulta incapaz de armar una pareja. Este es el problema clínico de Rouviot y me encantaría trabajarlo, pero por ahora me sirve más que ande por la vida intentando resolver crímenes.