Jorge Lanata: Mientras discutan dos fanáticos, no hay grieta que se pueda superar

entrevista

–En el libro dice que tanto el I-ching como el tarot coinciden en que a partir de los 56 es el momento de comenzar una nueva vida. Supongamos que eso es cierto, ¿cómo imagina esa nueva vida?
Me resulta medio difícil imaginarla, pero no estaría mal empezar de vuelta. Varias veces empecé de vuelta. Nunca estoy burocráticamente cómodo en un lugar y en general, cuando el lugar me deja de provocar curiosidad, me voy. En una época, tomaban eso de mí como una especie de actitud dandy. Yo no sé si es una actitud dandy, pero entre eso y estar treinta años en el mismo lugar, siempre preferí irme cuando los lugares dejaban de tener secretos. Lo que pasa es que, en el caso del periodismo, es más complejo porque ya hace muchos años que lo hago y está muy metido en mí. Pero a lo mejor no estaría mal tratar de salir en algún momento. Creo que la fantasía de todo periodista es la de la casita en la playa.
–En su caso, podría cumplir esa fantasía y dedicarse solo a escribir. Sin embargo, siempre vuelve a la televisión. ¿Por qué lo hace?
No es solo la tele, son los medios. No tiene que ver con el soporte, tiene que ver con una actitud frente a lo que pasa. Hay cosas que pasan en la realidad que a mí me enojan y me parecen injustas, y otras que quiero contar porque me conmueven. Eso es lo que me lleva al periodismo. Lo que pasa es que a la vez el periodismo tiene esa lógica de sistema comercial, en la cual estás obligado a estar todos los días, que en el fondo es falsa. Hace muchos años había registrado una marca que se llamaba Cada tanto, pensando en que podíamos salir cada tanto. Blanquear el pacto de lectura y contar algo cuando realmente tenga algo para decirles.
–Para alguien que tiene un costado literario como el suyo, ¿no siente que pierde el tiempo en los medios, que el periodismo lo aleja de la escritura?
No creo en los géneros, los géneros son un problema de los tipos del Blockbuster. Yo escribo y lo que tengo que tener es algo para decir. Si siento que tengo algo para decir, la forma en la cual lo digo es completamente menor. El contenido te dicta la forma. Lo que veo que pasa con el periodismo es que te distorsiona el punto de vista. Voy a hacer una asociación rara, que tiene que ver con que ahora estoy con el tema de la pintura. Lacámera, uno de los mejores pintores de la escuela de La Boca, se dedicó mucho tiempo a pintar el puerto, pero en un momento de su carrera se encerró en su estudio y los siguientes treinta años pintó su estudio. Sus mejores cuadros son los que hizo sobre su estudio. A lo mejor es eso lo que quiero decir con que el periodismo te distorsiona el punto de vista, a lo mejor no necesito salir de mi casa, pero por ahora siento que sí.
–¿Y por qué sintió que tenía que hacer este libro?
Lo lógico hubiera sido que el balance lo hiciera a los 60 que es un número redondo, no a los 56… Por un lado, tuvo que ver con algo totalmente eventual, hablando con Maru Duffard le dije: “¿Te acordás de la página en blanco de Página?”. Y ella me respondió: “¿Qué página en blanco?”. Ahí pensé: “Tengo que contar esto porque la gente se va a olvidar”. Aparte, toda mi historia con Página/12 fue contradictoria y en el medio hubo mucha censura. Entonces, quería que esto quedara en algún lugar. Además, pensé que podía contar todo lo que hice de gráfica hasta ahora. Después me cayó todo el quilombo de la adopción y eso, en algún lugar, sin dar muchos más detalles que los que di, que por otro lado no son más de los que sé, sentía que tenía que contarlo.
–Sé que mucho no quiere hablar sobre el tema, pero ¿no tiene la necesidad de buscar quiénes fueron sus padres biológicos?
A esta edad, no. ¿De dónde vengo? De mí mismo. Ahora no necesito venir de ningún lugar. A lo mejor a los catorce lo hubiera necesitado. Hoy no vengo, empecé. Empecé a Bárbara y a Lola. Preciso buscar, pero para adelante, no para atrás.
–Antes hablaba de Página/12, ¿por qué tuvo la necesidad de contar su versión de la historia?
Cuando empecé a buscar material mío en Internet, también encontré sobre Página/ 12 un montón de historias mentirosas. Eso me dio bronca y, en algún punto, empecé el libro con algo de bronca, que sentía reparadora, pero después no la ejercí. La mitad de las cosas que quería contar, no las conté. Y cuando decía, antes de escribir: “A este lo voy a cagar por hijo de puta, después pensaba ‘¿quién es este?’. Mi mejor manera de cagarlo es no hablar de él.
–¿Piensa que va a hacer algún proyecto colectivo que supere lo que significó Página/12?
Ya no, porque es mucho más lo que das que lo que recibís. Es muy fuerte ver cómo algo que era una hojita en la que vos anotaste una pavada, al otro día es un diario. Es muy interesante ver cómo un día levantás la vista y hay 150 tipos en un escritorio. Ese proceso a mí me pasó cuatro o cinco veces en la vida. Es muy lindo, pero dejaste tu vida ahí y lo que ganás no es como para decir “no laburo más” y las cosas que podés cambiar las van a advertir dos mil personas, no cien mil. Está bien hacer el esfuerzo, pero no me quiero morir haciendo un diario.
– Se inicia una nueva temporada de Periodismo para todos, ¿le preocupa el éxito que pueda tener, porque el contexto ya no es el mismo?
Yo vivo en una selva donde el lenguaje que se habla es rating. Entonces, para vivir ahí tengo
que hablar rating, no puedo no hablarlo. El rating que yo pueda generar es el poder que tengo. Si un día quiero cagar al aire, lo voy a hacer si hago 15 puntos, si hago 4, no. Me van a dar la libertad que yo quiera tener en tanto funcione para ellos como un negocio. En ese sentido, me importa. Ahora, yo debo ser uno de los tres o cuatro tipos que en la televisión labura sin cucaracha. No quiero alguien hablándome al oído, no quiero que me digan cuánto mide lo que hago. Yo soy igual al tipo que está mirando. Si yo me aburro, él se aburre; si yo me divierto, él se divierte. No es tan complicado. Si no, ¿para qué hago un programa? ¿Para el boludo que me habla? No, lo hago porque me gusta hacerlo a mí.
–Una vez que el programa esté al aire, ¿va a cambiar su relación con el gobierno?
Hoy tengo una buena relación, pero también me peleo con ellos. Nunca vamos a tener una gran relación porque ellos creen que son todos rubios, de ojos celestes y perfectos y no lo son. Entonces, en cuanto vos lo digas, les va a molestar. Eso también a veces molesta a la propia audiencia. En Mitre, cuando critico al gobierno, los oyentes me putean.
–Habla de oyentes que lo putean y pienso en la bendita grieta. Es difícil medirlo, pero estoy seguro de que hay mucha gente que está cansada de escuchar lo que se dice de un lado y del otro. ¿No le pasa algo de eso a usted?
Es gracioso lo que pasa con la grieta porque yo lo mencioné en un Martín Fierro y todos decían que no existía, y ahora hace quince años que estamos todos hablando de eso. También dije que era lo peor que nos ocurría porque era lo que más iba a tardar en pasar y realmente creo que es así. Lo que sucede es que al final los dos sectores se convirtieron en portadores del discurso fanático y no te bajás de ahí. Si discutís sobre guita, te podés poner de acuerdo; pero si discutís principios, nunca. Desgraciadamente, el kirchnerismo contribuyó a eso mucho más que cualquier otro sector. Lo que me pasó a mí, como a muchos de mi generación, es que con esto perdimos la mitad de los amigos y lo peor es que ya no hay vuelta atrás.
–¿Y el gobierno actual hizo o hace algo para cerrarla?
El gobierno tiene una posición rara con respecto a los K porque quiere hacerse el tolerante y trata de no atacarlos, pero por otro lado los desprecia. Tiene una posición bastante hipócrita y son cagones a la hora de criticarlos, porque tratan de ser políticamente correctos.
–¿Y desde los medios?
Desde los medios hay una impostación; las notas sobre la grieta, los panelistas opinando pelotudeces. A lo mejor siempre existió la grieta y ahora se profundizó, es difícil decir. Creo que mientras discutan dos fanáticos, no hay grieta que se pueda superar.
–Antes hablaba de que la grieta le hizo perder muchos amigos. En el libro dice que la mejor manera de perder un amigo es darle un laburo. ¿Por qué cree eso?
Eso tiene que ver con una cosa que es muy argentina. Si vos le das laburo a un tipo, al principio está agradecido, pero si después le va bien, el tipo está convencido de que la mitad del éxito es de él.
–Otra cosa muy argentina es el tema de la plata. En ese sentido, ¿siente que a usted siempre se lo cuestiona?
En general, no. Yo divido el microclima, la opinión pública y el público. El microclima son todos los tipos que tienen de algún modo un vínculo directo o indirecto con nosotros; los que mandan cartas, los que mandan mensajes. Es toda gente bastante freak, ninguna persona normal manda una carta. Son tipos que guardan esperanza de influir sobre tu contenido. Esos tipos tienen una relación, que a veces es muy miserable con vos, porque son a los que les molesta que te vaya bien. Si el público te ve en una Ferrari, te dice: “Muy bien, loco, te compraste una Ferrari, qué bueno”. El público es súper generoso, en cambio el microclima es súper rencoroso, porque aparte están convencidos de que vos sos un idiota y ellos son unos genios postergados. ¿Sabés cuántos genios postergados vi en mi carrera? ¿Sabés cuántos proyectos mejores que Página/12 vi, que no se hicieron nunca? ¿Cuántos programas de televisión o de radio, que eran una genialidad y al final no eran nada?
–En un pasaje del libro hace referencia a lo poco que, por distintos motivos, hablaba con sus padres. ¿Usted cuánto habla con sus hijas?
Hablo bastante. Cuando Bárbara tenía un año, me separé. O sea que yo era uno de esos padres que llevaban a los hijos a las plazas, solo. Y que iban con ellos a McDonald’s a comer, solos, durante años. Eso, quieras o no, te obliga a hablar. Y es increíble porque Bárbara es muy tímida, es muy parecida a mí. Lola menos, es más expansiva. Yo hablo bastante con Bárbara de cosas heavy; las veces que he tenido que hablar de cosas muy pesadas de ella o mías, hablé con total naturalidad.
–¿Y qué espera de ellas?
No sé si es un problema o una ventaja, pero no siento la necesidad de dejarles ninguna cosa. Creo que les dejo mi nombre y una educación y que después hay que rezar, no hay otra cosa. Lo mejor que puedo hacer esnayudarlas en su libertad. Las cosas malas que vayan a pasar, van a pasar igual, ¿se drogarán alguna vez? Y…, quizás sí, pero espero que por la educación que tuvieron, sepan que no tienen que hacerlo o que tienen que superarlo.
–Dice que les deja su nombre, ¿a ellas les pesa ser Lanata?
Sí, pero de manera distinta a cada una. A Bárbara le pesaba más y odiaba que me pararan en la calle para pedirme una foto; Lola es muy distinta, es ella la que pregunta: “¿Querés que te saque yo?”.
–La última; si aquel pibe que creció en Sarandí se encontrara con este hombre que es usted hoy, ¿qué le diría?
Siempre digo que lo que quería cuando tenía 15 años era ser redactor de Siete días y alquilarme un departamento en el centro. Salir a la noche, comprarme una pizza, volver y comerme la pizza en mi departamento. Ese era mi sueño y eso fui a los 17, todo lo demás es gratis.
–¿Y siente que en algo defraudó al pibe que fue?
No, porque sigue presente en mí igual que antes. Sigo siendo de
ningún lugar y ahora con lo que me pasó, más. Creo que con los años uno se vuelve más inteligente, porque si no, seríaterrible; pero sacando eso, en el corazón estoy igual.