JUAN JOSÉ MILLÁS “La normalidad es uno de los grandes inventos de la modernidad”

–¿Cómo surgió Mi verdadera historia?
Cada cierto tiempo,sobre todo en verano que es una época de  sequía informativa, en los periódicos hay un redactor jefe al que se le ocurre decirle al becario de turno que llame a cinco o seis escritores y le pregunten por qué escriben y que luego, con eso, organice un reportaje. De ahí salen respuestas muy conocidas como la de Gabriel García Márquez que dijo: “escribo para que mis amigos me quieran más”. Hay muchas respuestas muy breves y muy ingeniosas. Y a mí un día se me ocurrió como respuesta a esa pregunta: “yo escribo porque mi padre leía”, con una segunda parte que dice “del mismo modo que si mi padre hubiera sido funcionario de prisiones, yo habría sido preso”. A partir de ahí empecé a darle vueltas a la idea de un adolescente que es hijo de un crítico literario que se pasa la vida leyendo, que además en su casa se está diciendo todo el rato “no hagas ruido que tu padre lee” por lo que la lectura se convierte en algo antipático. Además, a este chico, verlo leer a su padre todo el día, verlo abocado en aquellos libros que para él son indescifrables, lo hace pensar en que le gustaría ser el autor de uno de esos libros porque sería un modo de que su padre le prestara atención. A partir de ahí empecé a pensar en una relación entre un chico que no tiene especial fervor por la lectura ni por la escritura pero que termina escribiendo simplemente para obligarle a su padre a leer lo que ha escrito.
–Pero hay una contradicción entre su intento de agradarle al padre y a la vez la necesidad de rebeldía de todo adolescente…
Efectivamente está esa ambivalencia que se da de los hijos hacia los padres. Por un lado quieren separarse de los padres porque ese es el destino de todo ser humano, pero a la vez produce muchas dificultades romper esos vínculos de amor y de afecto. Y también en sentido contrario se produce una ambivalencia enorme, de los padres
hacia los hijos, porque los hijos adolescentes reeditan nuestra adolescencia, una época muy conflictiva para todos, una época que se caracteriza por un déficit muy grande de identidad, por una gran indeterminación puesto que has dejado de ser una cosa pero no has comenzado a ser otra. Es una etapa muy conflictiva y que en alguna medida metaforiza el resto de la vida, porque toda la vida es complicada. Entonces los padres sienten hacia los hijos adolescentes la misma ambivalencia que los hijos adolescentes hacia los padres. Y en este doble juego que se produce en la ambivalencia del hijo hacia el padre y del padre hacia el hijo, lo cierto es que ambos intentan encontrar un territorio común. El hijo escribiendo para que su padre, que es crítico literario, lo lea. Y por otro lado el padre que ha tenido un hijo pero lo que le hubiera gustado tener es una novela. Entonces el hijo va adquiriendo comportamientos novelescos para que su padre lo quiera. Pero en el momento en el que el padre renuncia a la novela para querer al hijo como es, el hijo ya se ha convertido en una novela y ese es el punto donde se encuentran. Es un desencuentro en forma de encuentro, ese momento en que el padre le dice “mira, déjate de historias sobre huérfanos porque tú no eres huérfano, escribe tu verdadera historia”. Y el libro ese es el resultado de esa orden o de esa sugerencia del padre.
–¿Por qué cree que es mejor escribir sobre la adolescencia desde la madurez que desde la juventud?
Esto lo he pensado después de escribir este libro. Cuando eres adolescente es muy difícil escribir sobre la adolescencia porque la tienes demasiado pegada y no tienes oficio además para eso. Cuando eres un padre de un adolescente también es difícil porque estás deseando que pase esa época. Es decir que la única época en la que la adolescencia se puede ver con cierta tranquilidad es la madurez. Y eso se debe a que entre el adolescente y el maduro hay muchos rasgos en común. Las memorias de madurez de John Gilbert, que son muy interesantes, empiezan diciendo “en la madurez hay misterio y hay confusión”. Y siempre digo que esta frase sería perfecta para iniciar un diario de un adolescente: “en la adolescencia hay misterio y hay confusión”. Es decir que las dos épocas, la adolescencia y la madurez, están marcadas por estos dos asuntos: el misterio y la confusión. De manera que desde ese punto de vista es una etapa ideal para escribir sobre ese asunto sin sentir una angustia que te paralice. Es lo mismo que ocurre en la relación entre los abuelos y los nietos.
–¿En qué sentido?
El abuelo lo ve todo con mucha más distancia. Mientras que en la relación entre el padre y el hijo el sentimiento predominante junto al amor es el miedo, entre el abuelo y el nieto hay amor pero no hay miedo. Y todo eso da lugar a unas posibilidades narrativas infinitas.
–¿Cómo construyó el tema de los cuerpos en los personajes?
He escrito mucho sobre el cuerpo porque es un asunto que me turba y que me apasiona. Hay edades en las que llegas a una meseta, pasan unos años en los que no ocurre nada, estás idéntico a ti mismo, pero la adolescencia se caracteriza porque un día, esto lo sabemos quienes hemos tenido hijos adolescentes, llega tu hijo del colegio, se mete en su cuarto y por primera vez cierra la puerta, lo cual genera una situación muy inquietante para los padres porque tu hijo ha cerrado la puerta y tú no tienes derecho a abrirla porque está buscando una intimidad que tú además debes facilitar. Y al día siguiente abre la puerta y sale una mutación del niño que se encerró el día anterior. Sale una persona con la voz mucho más gruesa, un ser que tiene los brazos más largos. Una mutación en el sentido literal del término. Y eso, que genera una extrañeza enorme en los padres, en el que la está sufriendo se produce en un grado superlativo. Por eso no es raro que a los adolescentes les des La metamorfosis de Kafka y les guste tanto porque se sienten absolutamente identificados con ese señor que un día despierta convertido en un monstruoso insecto. Pues los adolescentes un día despiertan convertidos en un monstruoso insecto. A eso se añade el déficit de identidad de la que hablamos antes. Ya no son niños pero tampoco son adultos, tienen que parecerse a alguien pero generalmente rechazan los modelos más cercanos. En otros tiempos, los modelos a imitar eran los profesores porque se sentía admiración por ellos, hoy no se siente ninguna admiración por los profesores. Entonces, el adolescente es un ser indeterminado en busca desesperada de modelos, en los videojuegos, en el cine, en el mundo de las canciones, y a veces, si son lectores, en el mundo de la novela.
–¿Qué ventajas tiene la literatura en esta búsqueda de identidad?
La literatura en general tiene una ventaja enorme para estas edades, y es que proporciona modelos y experiencias reversibles. Puedes ser un ladrón porque te has identificado con un personaje que roba en una novela, otro día puedes ser capitán de barco, policía, asesino, pero todas esas experiencias son reversibles al contrario de lo que ocurre con las experiencias de la vida, algunas no son reversibles. Por eso la lectura sería tan importante en esos períodos de formación, porque ofrece modelos de comportamiento de los que puedes regresar. Porque, además, cuando uno aprende a leer una novela aprende a leerse también a sí mismo.
–Y en esa búsqueda también aparece el concepto de normalidad de la que se habla mucho en este libro…
El adolescente se caracteriza siempre por un juego de contrarios. Por un lado, le gusta ser original puesto que la originalidad está relacionada con el éxito y todo lo que tienen a su alrededor es una llamada al éxito pero por otro lado les encantaría ser normales para integrarse en un grupo porque el grupo de pertenencia para un adolescente es fundamental. Pero muchas veces las dificultades para integrarse en un grupo provienen de su propia rareza. Entonces por un lado les gusta ser raros como su cantante preferido pero por otro les encantaría ser normales para pasar inadvertidos en el grupo. Y de esa lucha de esos años salen convertidos en raros o en normales. ¿Qué es mejor? No lo sé. Yo creo que la normalidad es uno de los grandes inventos de la modernidad. Si todos fuéramos raros sería un espanto. La normalidad es un gran invento.
–¿Podría pensarse a la televisión como generadora de normalidad?
La televisión es una productora de normalidad. No hay medio más eficaz de lavado de cerebro que la televisión. En España la gente ve un promedio de cuatro horas de
televisión por día. Esto es una barbaridad. Tenemos a disposición cien o doscientos canales y todos hemos pasado por la experiencia de que un sábado a la tarde por no suicidarte te pones a ver televisión y empiezas a pasar los canales, y no te quedas en ninguno porque todos son un espanto, todos son como una masa homogénea, entonces, al final, lo que haces es apuntarte con el control remoto en la cabeza y te pegas el tiro porque ya te has suicidado después de esa experiencia. Cuando se ven cuatro horas diarias de media significa que hay gente que ve siete horas, después de eso una persona no puede pensar y por eso, en cierto modo, vivimos en mundos tan sumisos, y en sociedades sumamente injustas pero muy poco rebeldes. Esto tiene que ver con esta forma de dominio que es la televisión. Pero cuando uno habla de televisión también tiene que hablar de teléfonos móviles y otras pantallas, porque cuando vas en el autobús por la mañana ves gente yendo al trabajo que va viendo idioteces, va viendo Twitter, que no habla de su vida, ni de los problemas de su vida, ni del contrato basura que tiene la empresa a la que se dirige, ni del salario basura que le pagan en esa empresa en la que trabaja doce horas diarias, va viendo basura que le estropea el cerebro y que lo inhabilita para la más mínima capacidad de respuesta hacia un mundo que es absolutamente agresivo e injusto.
–¿Cómo funcionan los libros frente a esta masa homogénea que significa la televisión?
En los libros, a medidaque se hurga, se encuentran muchas  diferencias. Por eso yo creo que leer es uno de los poco actos de rebeldía realmente eficaces a los que tenemos acceso hoy porque el chico que el sábado por la noche se emborracha, se fuma unos porros y de regreso a casa rompe una marquesina del autobús o la cabina de teléfono creyendo que está contribuyendo a la disolución del sistema lo que está haciendo es fortaleciéndolo. Hay un ensayo sobre la juventud de Octavio Paz en el que dice
que el delincuente confirma la ley en el mismo momento de transgredirla. Es decir que ese chico que rompe la cabina de teléfono es absolutamente necesario, si no existiera, se inventaría. Porque podemos vivir sin otras cosas pero no sin delincuentes. Entonces ese chico no es en absoluto peligroso, está colaborando muy eficazmente al mantenimiento del sistema y habría que pagarle por eso. El chico peligroso es aquel que el sábado por la tarde, cuando sus padres le preguntan a dónde va a ir les dice “me voy a quedar en casa leyendo Madame Bovary”. ¿Tú te imaginas la inquietud que puede provocar en sus padres? ¿Por qué? Porque ese chico es una bomba, ese chico es realmente peligroso.
–¿Por qué?
Porque está aprendiendo a pensar.
–¿Qué es el éxito para usted?
El éxito es relativo. El éxito tiene que tener un límite de crecimiento. Como el crecimiento continuo en la economía nos lleva al desastre, y esto lo dicen todos los economistas sensatos, así la ambición permanente por el éxito conduce a la infelicidad. Entonces en estos territorios relacionados con el arte, como la literatura, creo que uno debe poner el acento en el hecho de escribir, ahí está el éxito, en ser capaces de levantarse todos los días y escribir. Si además de eso te  publican, fantástico, si además gustas, muy bien, si además vendes mucho, estupendo, pero sabiendo que si todo eso seda, es por añadidura y no es necesario que suceda, y que lomás probable es que no suceda. Entonces, uno debe ponerseun límite de crecimiento y ese límite de crecimiento en relación  al éxito está en el hecho de que uno disfrute de escribir.