Leonardo Sbaraglia: Elogio a la madurez

Es uno de los actores más activos del cine local y uno de los más reconocidos fuera del país. Empezó en la adolescencia, con La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986) y Clave de sol (la telenovela de “El 13” que se emitió desde 1987). Su carrera impacta por la cantidad, continuidad y la calidad de sus trabajos. En Argentina, lo dirigieron desde Marcelo Piñeyro (en clásicos como Tango feroz, Caballos salvajes, Plata quemada y Cenizas del paraíso), Eduargo Mignogna (Cleopatra), Luis Puenzo (La puta y la ballena), Adrián Caetano (El otro hermano) y Damián Szifrón (para quién protagonizó el tercer e impactante capítulo “El más fuerte” de Relatos salvajes), entre otros. En España, juega de local y es requerido tanto por maestros (Vicente Aranda, en Carmen) como por los grandes directores del presente (entre ellos, Rodrigo Cortés, con quien hizo Concursante y Red lights, protagonizada por Robert De Niro). Este año no es la excepción y Sbaraglia es parte de Otros pecados, la ficción de El 13, TNT y Cablevision, producida por Pol-ka y protagoniza la película Acusada, con Lali Espósito. Es también el año en que cumple el sueño de rodar con Pedro Almódovar.

–Entre sus primeros y recordados trabajos figura Clave de sol. Nunca abandonó la televisión. Sin embargo el teatro y el cine, en especial, lo ocuparon más. ¿Por qué? ¿Qué le atrajo de esos lenguajes?
La tele tiene muchas posibilidades. Ocurre que yo (si pienso en retrospectiva) fui encontrando lugares en los que podía elaborar más lo que hacía. La sensación es que en el teatro y en el cine se crean condiciones de trabajo con más posibilidades y tiempo para desarrollar lo que pretendés. Mi elección tiene que ver más con eso que con una búsqueda de lenguaje. Fui encontrando ese lugar de forma intuitiva o visceral, aunque también es cierto que venía estudiando teatro y me encantaba lo que ocurría en clase. Me gustaban los tiempos, me encantaba investigar, disfrutaba esa dinámica y la quise trasladar al ámbito del trabajo. Si en el trabajo se produce esa dinámica que te permite disfrutar y te deja contento con lo que hacés…, eso es lo ideal, ¿no? En general, los actores estamos enamorados de este trabajo y, aunque, por un lado, se ubica el trabajo en sí (del que uno vive, por supuesto), del otro lado está la elección de dedicarse a la actuación porque te representa, te expresa, te modifica, te saca de tu lugar, te contacta con diferentes realidades, te hace investigar y genera riesgos tanto para el actor como para el espectador, en el mejor de los casos. Si bien es cierto que las condiciones están más dadas en el teatro y cine, tampoco tienen la potestad absoluta. Tampoco es cierto que la tele carezca de esas posibilidades. Yo tuve la suerte de hacer Atreverse (ciclo de Telefe de Alejandro Doria que se vio en 1990 y 1991), El garante (ficción de Sebastián Borensztein, de 1997), En Terapia (que la Televisión Pública emitió de 2012 a 2014, con Norma Aleandro y Diego Peretti), y Epitafios (con Julio Chávez, que ya otro lenguaje, otro nivel de producción y de tiempos; tiempo y dinero hacen posible más preproducción, mejor elaboración de guiones, la producción en sí y una mejor posproducción).
–A propósito de los comienzos, ¿cómo se recuerda?
Como te decía, estudiaba teatro (hacía pocos años o muchos para mí porque empecé muy chico) y tuve la posibilidad de arrancar en La noche de los lápices. Para mí fue una experiencia fuerte, más personal que profesional. Fue una película muy valiosa para un chico de 15 o 16 años, intensa, de un aprendizaje brutal. Luego vino Clave de sol, y ahí al aprendizaje vino como la incorporación del oficio puro y duro, porque para trabajar en una tira diaria hay que aprender a sobrevivir al ritmo o estás frito. Hay que lograr crear algún tipo de realidad o de cosa verdadera en medio de la velocidad. Paradójicamente, a la vez se debe ser cuidadoso porque al ser muy chico no se debe confundir esos elementos del trabajo como las únicas herramientas. Es importante seguir investigando, elaborando, encontrando otras cosas. Aún hoy me pregunto de qué manera puedo incorporar elementos que me modifiquen como actor, incluso te diría que quisiera cambiar la manera de trabajar y lograr convertirme realmente en otro actor. Me propongo trabajar de una manera completamente diferente para llegar a otros resultados. En ese sentido, el actor en general, pero más aquel que trabaja mucho, presenta un mayor contraste a ojos del espectador y al propio quehacer del trabajo. En esos casos, el actor puede ir midiendo la calidad de los resultados, puede ver la calidad, la fineza, la brutalidad, lo vasto y el detalle de su laburo. Ahí uno puede estudiarse a sí mismo porque, en esa prueba y error en la que va encontrando resultados que le gustan más, decide avanzar en cierta dirección. Y, de pronto, alguien extraordinario de esta profesión hace que uno se mueva para otro lado…
–Fue galán y rápido lo consideraron un actor serio. ¿Siente que hay prejuicio en poner en contradicción esos conceptos?
En definitiva, es tan prejuicioso como considerar a las mujeres solo por su apariencia. Los actores tenemos una profesión expresiva y el cuerpo, nuestro instrumento, inevitablemente se tiene en cuenta. Si hay que cumplir un rol, hay patrones culturales, sociales, de imaginario colectivo y muchas veces hay que seguirlos. Es difícil imaginar un Romeo, un Hamlet, un Ricardo III que no tengan ciertas características. Sin embargo, está en uno no quedarse en eso. A mí se me presentó la disyuntiva de seguir haciendo de galán. Decidí no hacerlo pero no por “evitar al galán”. Cuando yo hablaba del aprendizaje, me refería a que sentía que a los 17 o 18 años se tiene mucho que aprender, a esa edad todavía hay que ir a la escuela, ¿no? En esa etapa hay más para aprender que para demostrar. Sentía eso y lo que sigo sintiendo. Consideraba que me faltaban recursos o espalda para desarrollar un oficio como este que exige tantos resultados. Podría haber hecho de galán y, seguramente, me habría ido bien. No digo que si mantenía al galán no hubiera aprendido pero se hubiera desarrollado en mí otro tipo de actor. Yo tenía ganas de desarrollarme desde otro lugar, de aprender otras cosas, de contar con más elementos y entrar en contacto con otras dimensiones del trabajo. En definitiva, creo que tiene que ver con no quedar preso en el lugar en el que te pone un tercero, no quedar atado a la mirada del otro.
–Al futbolista le llega su momento de DT. Al bailarín, de ser coreógrafo. ¿A usted le gustaría incursionar como director?
Sí, me gustaría dirigir. No sé si ahora cuento con las herramientas. Alguien podría observar que habiendo tantos directores buenos para qué meterse, y esto aplica a los escritores, ¿para qué uno va a escribir? En ese sentido, me parece que lo interesante es entrar en contacto con algo personal, porque hay tantas posibilidades como personas. De todas formas, por ahora estoy muy estimulado como actor; por eso me gustaría dejar al director para más adelante.
–Uno siempre se pregunta por la construcción de los personajes. A la inversa, ¿cómo salen los actores de esos personajes, en especial cuando son roles con tanta densidad dramática?
En realidad, es al revés. Es como pensar que esos personajes me acompañan, no es que uno tuvo que cambiar y convertirse en otro. Hoy tengo que hacer un esfuerzo para recordar, como si fueran amigos que no veo hace mucho. Los roles fueron como viajes con esos personajes, me acompañaron, y con ellos hubo un aprendizaje mutuo, en el que uno dejó algo en el personaje y a la inversa lo mismo. Siempre pienso que el personaje alumbra algo, lugares propios que estaban oscuros, como cuevas en las que nadie entró aún. Así es como aparece un elemento o lugar nuevo en el que nunca se había incursionado.
–Hablando de alumbrar lugares no visitados, a los actores les ocurre que pasan de una emoción extrema a otra. ¿Cuánto lo transforma eso?
Ahí se presenta una alternativa para pensar como actuarías en esa situación. Es como un juego,
un ejercicio para ponerte en un lugar que la vida cotidiana no te ofrece. Quizás un escritor lo haría porque está obligado a imaginar realidades completamente diferentes y para el actor también es un trabajo de imaginación. Inevitablemente uno tiene el mismo envase (corporal, el envase de la propia psiquis y de las propias limitaciones), así que, en ocasiones, los personajes ayudan a reconocer esas limitaciones y hasta dónde es posible comprenderlo más allá de todo ejercicio. Por eso, es interesante cuando uno va creciendo como individuo, porque la psiquis va venciendo las barreras o miedos. Al ganar confianza, a fuerza de maduración personal, se logra una mejor construcción de los personajes. Se cuenta con más tridimensionalidad para pensarlos, vivirlos e incorporarlos. En la madurez, hay otra capacidad para asumir riesgos. Yo, a los 15 años, no sabía quién era y ¿qué chico lo sabe? A esa edad, ¿qué tipo de trabajo se puede hacer? Se hace el trabajo que se puede. En cambio, cuando se ha vivido y han pasado cosas, también uno se anima a otras cosas. No quiero decir que yo sepa quién soy (porque todavía tengo mis líos como cualquiera) pero a esta altura ya encontré otra dinámica de la vida.
–Compuso un personaje de riesgo en Acusada, la película con Lali Espósito. ¿Cuál es su observación de la historia?
Para mí, lo más interesante de la película, al margen de la anécdota sobre esta estudiante acusada por el crimen de su mejor amiga, es el mecanismo de la propia familia. Es notable la madurez de Gonzalo Tobal, el director, porque logra un peliculón. Mantiene la dimensión del thriller (en torno al crimen, investigación, juicio y posible condena), y la dimensión familiar, donde este hecho extremo y externo ilumina la propia disfuncionalidad familiar. Es una familia muy parecida a otras que, si bien, tiene un nivel socioeconómico determinado, funciona como metáfora de muchos mecanismos de encierro que ocurren en las familias.
–Ya se difundió que será parte de Dolor y Gloria, la próxima película de Pedro Almodóvar. ¿Qué significa eso para usted?
Es un sueño cumplido. No lo quería contar. Quería mantener el secreto hasta que se hiciera porque, quizás sale mal o el tipo me echa (dice con una sonrisa y ciertos nervios y aclara: “puede ser, porque él es muy personal”). Vamos a ver cómo me va, ¡ya te contaré!
–Es que Almodóvar le mueve el piso a cualquiera, ¿no?
Sí, porque el tipo ¡es una bestia! Es de los mejores directores vivos del mundo. Te puede gustar más o menos pero es un artista, un Picasso. A mí me encanta y he visto en cine muchas de sus primeras películas, como Matador o La ley del deseo. Este nuevo film tiene mucho de esos primeros trabajos. Es una película muy íntima y personal. Para mí es como meterme un poco en su imaginario.