Paul Auster: Memoria, amor y literatura

Afectuoso, tímido, Paul Auster (Newark, 1947) se deja llevar por la conversación. Es el entrevistado perfecto, sin fórmulas, ni respuestas preconcebidas, dispuesto al azar de las palabras. Así como escribe sin plan, creyendo que la prosa es un paisaje a descubrir, también charla librado a la ocurrencia. Se ríe, se interroga, titubea, exclama… aprovecha todas las instancias para dejar salir la palabra. Inmerso en su abrigo, revolea los brazos largos o se inclina levemente cuando se recuerda a sí mismo de joven o de pequeño. Su obra es vasta, escribió poemas, ensayos, novelas como Ciudad de cristal, El palacio de la luna, Leviatán, Mr. Vértigo, Sunset Park, cambiando las coordenadas de la ficción urbana; pero también tiene libros personales de gran carácter y estilo, como La invención de la soledad, luego de la muerte de su padre; sobre su llegada a los 60 años, Diario de invierno, o su zambullida en la infancia, Informe del interior. De este último casi viene a renacer como escritor después de revisitar su niñez. Inmensa saga de casi mil páginas, en su última novela, 4321, Paul Auster cuenta largamente la infancia de su protagonista, Ferguson, y sus cuatro vidas probables. El comienzo es antológico y muy argentino: la llegada del abuelo de Ferguson a los Estados Unidos, con cien rublos cosidos en el forro del saco, salido de Minsk, su ciudad natal, y entrando en el puerto de Nueva York el primer día del siglo XX, rebautizado como Ferguson por el oído deformante del agente de inmigración.
–Usted escribió de niño, leyó mucho de adolescente y comenzó publicando poesía y ensayos, ¿eso significa que la ficción llegó más tarde?
Es bastante complicado, tan complicado que no suelo hablar de ello. A decir verdad, desde los 18 a los 22 años escribí mucha ficción, más de mil páginas, pero nunca estaba satisfecho con el resultado. Nunca lo mostraba, eran anotaciones, intentaba escribir novelas, estaba con dos novelas y media, y me sentía incapaz de escribirlas, era demasiado joven e inexperto, y a pesar de ello, había algo bueno ahí, un buen trabajo. Con el tiempo me estoy dando cuenta de que mucho de lo que aparece en El palacio de la luna o en Ciudad de cristal ya estaba formulado en aquel tiempo. Pero de joven me sentía muy frustrado por mi inhabilidad, evidentemente porque mi ambición era mayor que mi habilidad como escritor, hasta que me dije: basta de ficción. Y me pasé los siguientes siete u ocho años escribiendo y traduciendo poesía, o ensayos. Cuando finalmente me sentí capaz de acceder a la prosa ya estaba llegando a los 30 años, pero antes tuve que escribir La invención de la soledad. Recién entonces pensé que podía probar con la ficción otra vez.
–La invención de la soledad es un punto de partida
importante, un libro del que se nace…
La invención de la soledad es el gran comienzo de mi nueva vida. Es como si hubiera reinventado aquellas novelas. En Ciudad de cristal, por ejemplo, el que camina por las calles es un personaje que creé cuando tenía veinte años, incluso la conversación sobre Humpty Dumpty, en relación al nombre Henry Dark, viene de mis primeras novelas que no se terminaron de escribir.
–O sea que la imaginación ya estaba desde un principio funcionando, lo que tardó en llegar fue la escritura.
Claro, simplemente no sabía cómo hacerlo. También me ocurrió con El palacio de la luna. El profesor barbudo y gordo, por ejemplo, ya lo había inventado antes. Por eso digo, no es fácil determinar los órdenes, cuándo empieza la ficción, o mejor dicho dónde…
–Sin embargo, su obra puramente de ficción comienza a aparecer después de La invención de la soledad, que coincide también con la muerte de su padre.
Sí, además porque venía escribiendo poesía y de golpe me topé con una pared infranqueable. Tras la muerte de mi padre, es como si hubiera necesitado un espacio en blanco. Allí escribí La invención de la soledad, para empezar luego a pensar mi obra de ficción en otra parte. Esa es la verdadera historia de mi llegada a la ficción. O sea, había empezado antes, pero no la pude plasmar, y luego de la muerte de mi padre y del final de la poesía para mí, seguramente me sentí preparado, desde el punto de vista de la experiencia y de la escritura, para comenzar a escribir novelas.
–Cuando llegó a la prosa, ¿sintió que la literatura era una forma de vida, o la posibilidad de otra vida?
¿Acaso hay alguna diferencia?
–¡Es cierto!… Me pregunto si la muerte y el azar pueden ser musas, y qué clase de musas serían para usted.
Ya no hablo tanto de azar, a pesar de que es una palabra que se usó mucho para referir mi literatura. En estos tiempos prefiero decir una palabra más grande y precisa al mismo tiempo: lo inesperado. Me parece que todo el mundo entiende que la vida está llena de eventos inesperados. Y creo que eso es de lo que he tratado de hablar todos estos años. Es lo inesperado que se cuela en el presente, ya sea porque nos rompemos una pierna, un ser amado muere, surge una revolución, hay un tornado…
–Es un corte en la línea.
Exacto, algo no anticipado sucede. ¿Sabíamos que iba a caer el muro en 1989? Fue inesperado,
¿o que le iban a disparar a J. F. Kennedy?
–Pero es muy difícil escribir o describir lo inesperado, suele durar un instante.
Por eso mismo intento hacerlo. En cuanto a las musas, no pienso tanto en términos de inspiración, más bien de compulsión por hacer algo junto con una propuesta interna para llevarlo a cabo. Es una cuestión de dejarlo salir. El que escribe sabe que hay que dejar que algo salga en un momento dado, es como desnudarse, dejar el corazón abierto en la página. Cuando eso sucede realmente, uno ya no está presente, es un momento de ausencia, es el abandono del ego, estás en el trabajo. La obra lo es todo, es todo lo que tienes.
–La obra y las palabras.
Sí, estás bailando y cantando entre las palabras. Y si el ego interfiere, se empiezan a descompasar el paso y la escritura.
–En 4321 hay muchos acontecimientos inesperados, como usted dice, en relación a los sucesos de la historia del siglo XX, Vietnam y el asesinato de Kennedy, entre otros. Pero en la novela, la historia más general es atravesada de distintas maneras por la vida de su protagonista, Ferguson, que además tiene cuatro desarrollos posibles. Antes de escribir esta novela usted publicó dos libros de memorias, Diario de invierno e Informe del interior. ¿Funcionaron como detonadores de una nueva forma de escribir ficción?
Diría que sobre todo la experiencia de Informe del interior, ya que fue la primera vez en mi vida adulta que me puse a revisar episodios olvidados de mi niñez. Quedé muy sorprendido con todo lo que pude recuperar, rastrear, de mi infancia. Hay mucho que olvidé para siempre, pero también logré hacer rescates arqueológicos de vivencias afectivas, me di cuenta de que podía empujarlas, desenterrarlas de lo profundo de mi memoria.
–En este rescate, ¿hay también invención? Me refiero a ficciones sobre aquello que no recuerda exactamente.
¡No! Espero que no, pienso que no. Quizá… Pero al menos tengo la convicción de que conté la verdad de mi pasado. Es lo que creo, y me parece que estos dos libros de memorias prepararon el terreno para largarme a escribir 4321. Sin haber escrito estos libros, no creo que hubiera podido inventar la infancia de Ferguson con tantos detalles.
–La infancia es muy determinante en 4321.
¡Todo trata sobre la infancia en esta novela!
–¿Y el estilo? Porque esta es la más realista de sus novelas, una gran novela americana.
Es cierto que hay un cambio, pero en las anteriores, Invisible y Sunset Park, empecé a probar con frases más largas, ya la prosa era otra.
–Estos libros también tienen a jóvenes como protagonistas.
Sí, y quizá el estilo tenga que ver con los personajes.
–4321 es una suerte de saga, ¿fue concebida así?
Definitivamente, pensé en una saga, pero alterando los tiempos. La diferencia de 4321, en relación a las novelas anteriores, es el armado de la estructura del libro. Era como una pista sobre la que me deslizaba, nuevamente como bailando al escribir.
–¿Disfrutó del proceso de escritura?
¡No lo sé! Estuve como en trance, y en realidad no planifiqué nada. Lo improvisé todo. Cada día llegaba a mi escritorio y me decía: “Bueno, ¿qué irá a pasar hoy?”, y entonces… ¡algo pasaba!
–¿La estructura también apareció sola?
Sí, no la cambié en nada. La escribí en el orden en que aparecen los distintos Ferguson.
–¿De verdad? ¿Los cuatro destinos posibles de Ferguson no fueron planificados?
Nunca puedo escribir un libro por secuencias, porque nunca se sabe lo que va a hacer el libro. Para mí es muy importante respetar las correspondencias que van apareciendo, justamente porque las encontrás mientras las estás haciendo. Para darte un ejemplo, el final se me apareció recién en la página 750.
–Los años 60 son muy importantes en esta novela, ¿corresponden a sus propias vivencias?
En realidad ocupan gran parte del primer Ferguson, tres cuartos de los acontecimientos históricos ocurren en lo que llamo Ferguson 1, aquel que deviene periodista y presta atención a los sucesos; el Ferguson 2 muere demasiado joven como para saber lo que ocurre; al Ferguson 3, que me gusta llamarlo “el muchacho confundido”, no le interesa para nada la política, no quiere ni pensar en ella; y el Feguson 4, que tiene convicciones acerca de muchas cosas, decide ser novelista porque no quiere convertirse en activista, no quiere involucrarse demasiado.
–¿Usted se siente cercano a esta última versión de Ferguson?
No realmente, no soy ninguno de ellos. Ahora bien, ¿cómo viví yo los años 60? Fue una época de gran tormento, creo que en parte yo estaba loco, eran tiempos tan horribles, tan confusos y violentos que a veces pienso que es un milagro que haya salido sano de allí, lo digo de verdad.
–¿Quizás pudo lograrlo mediante la poesía?
Puede ser…retrospectivamente me doy cuenta de cuánta angustia sentía.
–Es inesperado tener 20 años…
¡Sí!
–Por último, y porque quizás sea lo primero: la relación entre la literatura y el amor. Usted estuvo casado con una gran escritora, Lydia Davis, y desde hace muchos años hasta la actualidad con otra, Siri Hustvedt. ¿Las mujeres y la literatura son rivales entre sí?
¡No! Solo me pude enamorar de escritoras, justamente. En mi caso no puede haber rivalidad, son lo mismo. Es increíble, me casé con Lydia, y luego con Siri, que es una genia, pero también en mi juventud me enamoré solo de poetas. Elijo mujeres que amo porque me entusiasma mucho lo que
hacen, lo que escriben, y me gusta compartirlo. Nunca me
sentí atraído por mujeres que no escribiesen. Solamente me enamoro de mujeres que escriben.
–¡Es muy coherente!
Sí, y además me encanta leer lo que ellas escriben y que lean lo que estoy escribiendo. Ser los
primeros lectores de cada uno.
–¿Tienen tiempo para conversar con Siri?
Sí, claro, nos ponemos de acuerdo para escribir en los mismos horarios, así podemos vernos después.
–O sea que es un dos por uno: literatura y amor en
una misma relación.
Es tanto mejor hacerlo juntos que estar solo escribiendo, te lo aseguro. Dependo mucho de su
mirada sobre mi obra.