Rosa Montero: El paso del tiempo, el amor y otras obsesiones

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Rosa Montero baja del ascensor y camina hacia nosotros que la esperábamos enfrente, en una mesa del lujoso bar del Hotel Alvear. Nos saluda y se sienta con una discreción carente a cómo se autodescribe en La carne, su última novela que presenta en El Ateneo Gran Splendid de Buenos Aires, antes de partir hacia La Pedrera, Uruguay, a descansar. Sí, luce jovial: zapatillas abotinadas, jean negro y una chaquetagris con solapas que alcanza a cubrir una aparente minúscula paloma sobre el cuello. “Soy así. Cuando me reúno en el bar con Soledad (la protagonista), desparramo el bolso, la bufanda, el teléfono, libros. Ella se ve invadida: ‘¡Qué caos de mujer! ¡Y lleva tatuajes y va vestida con botas Dr. Martens y ropa de tiendas de malas marcas para quinceañeras!’. Me siento muy identificada: Soy una Peter Pan”, confiesa. Nos cuenta, también, que logra comprender a Soledad: “Odia a las mujeres porque piensa que son más felices que ella. Sobre todo a las escritoras, porque quiere escribir pero no se acerca. Es hipercontroladora, meticulosa, maniática y obsesiva del orden. Es comisaria de exposiciones, elegante”, describe. En La carne, Soledad roza los sesenta. Un día decide contratar a un gigoló para que la acompañe a una función de ópera y así poder celar a un amante que la abandonó. Un imprevisto cambia el rumbo de sus intenciones y marca el inicio de una relación inquietante.
–Es curioso que la edad de Soledad coincida con la suya, así como la de Lucía en La hija del caníbal coincidía con sus cuarenta… Pero Lucía tampoco tenía que ver en nada conmigo. Creo que las personas pueden dividirse entre aquellas que escogen equivocarse por acción o por omisión. Yo siempre he escogido equivocarme por acción, y Lucía escogió equivocarse por omisión. Era una pasiva tremenda que buscaba siempre la culpa en los demás de su propia pasividad.
–¿Qué hay de Rosa Montero en Soledad? Exactamente lo mismo que hay de Soledad en ti y en cualquiera quien lea la novela. Mi obra aspira a una universalidad de temas que abordo desde mi primer libro. Soy una escritora existencialista: hablo del paso del tiempo, de la vejez, de lo que el tiempo nos hace. De qué implica envejecer, de que se envejece desde la cuna, del miedo a la muerte pero también a la vida, a la marginación social, a la locura. Hablo de la plenitud del deseo carnal y del daño que el amor nos puede causar. De la necesidad de ser amado, de qué manera queremos ser amados, del dolor que genera la manera en que no queremos ser amados. Pero en su biografía y personalidad, no me parezco en nada.
–¿Por qué recurre a estos temas? Yo no los escojo, las historias te escogen a ti. Son como sueños que sueñas con ojos abiertos. Cosas que te obsesionan. No escribes para enseñar nada sino para aprender, para intentar dar vuelta esas obsesiones como perder el miedo a la muerte o a vivir con más serenidad. Entenderlas mejor, encontrar un acuerdo con ellas. Como decía Isaiah Berlin, hay autores que son erizos que se enroscan sobre sí mismos y escriben la misma novela, las mismas obsesiones. Y otros autores zorros que van caminando por la estepa en busca de nuevos horizontes. Esa soy yo: intento encontrar una forma más precisa y bella para volver a explicar las obsesiones en busca de nuevos horizontes.
–Soledad dice estar desconsolada tras haber alcanzado los 60, mientras por dentro sigue teniendo 16. ¿Qué cosas tiene ella de una adolescente?
Dice Oscar Wilde, y es habitual, que lo malo no es envejecer sino que no se envejece. Porque el problema es que por dentro Soledad no envejece nunca, va teniendo esa especie de distancia cada vez más grande con su realidad, con el cuerpo… Es algo muy humano, a mí me ocurre: estoy con gente de 30 y me siento igual que ellos, pero con gente de 60 me siento su hija. Llevo la vida exactamente igual que a los veintitantos. Hay un montón de libros que demuestran que los novelistas somos individuos que no hemos madurado. Sigue vivo el niño, y el niño es el que crea. La coyuntura En esencia, Rosa Montero es periodista y para ella “el periodismo es un género literario”. Desde fines de los 70, escribe en exclusiva para el diario El País de España reportajes, artículos literarios, crónicas narrativas y columnas sobre maneras de vivir, como las que años atrás publicaba con su nombre la revista Viva en nuestro país. Escribió libros de cuentos, periodísticos, relatos y quince novelas. La carne, editada mes y medio atrás por Alfaguara, tiene un “ferviente éxito entre los lectores”, afirma Montero.
–¿Aquellos artículos que escribía para Viva permitieron acercarla a la realidad argentina? Sí, pero además he venido a aquí como cuarenta veces. A la ciudad de Buenos Aires siempre, y he estado en muchas otras como por ejemplo en Rosario, Chaco y La Plata. Tengo amigos muy íntimos, me siento muy cercana. Sin embargo, intento no seguir muy de cerca la realidad de aquí, y en verdad la de todo el mundo, porque está muy asquerosa. Da miedo asomarse a los telediarios
–¿Qué valoración hace del movimiento Ni Una Menos? Ya era hora. En España, la muerte de mujeres pasó aser una cuestión de Estado y un problema de primer orden social, desde hace doce o quince años. En lo que va de 2016 llevamos unos cincuenta asesinatos por violencia de género y desde luego, uno solo ya es demasiado. Pero es una media baja dentro de las muertes en el mundo. Desde hace años tenemos leyes nacionales, plan nacional contra la violencia de género, juzgados especiales, policías especiales, casas de acogidas. En los países nórdicos, por ejemplo, nos duplican y triplican en porcentaje. Francia ni siquiera tiene un registro.
–Durante algunas ediciones se desempeñó como jurado del Premio Clarín Novela, ¿esa experiencia le facilitó profundizar en la literatura inédita argentina? Sí, pero no solo argentina, sino mexicana y española también. Creo que hay una literatura de la lengua muy rica, en toda América Latina y España. Creo que la narrativa está en un momento alto, con gente joven, nuevas voces, un eclecticismo rico, sin la existencia de una sola escuela. Por eso mismo tampoco hay una especificidad tan grande, de una literatura nacional.
–¿Qué opina sobre el Nobel a Bob Dylan? Si le damos importancia al Nobel, no creo que el de literatura debiera habérselo llevado Bob Dylan. Quizás habría que haber creado un premio Nobel de las Artes. Dárselo a Dylan, lo que supone que por un buen tiempo no se lo darán a un americano (estadounidense) como Philip Roth o gente así, me parece un insulto literario. El premio Nobel es un ,desastre la mayoría de las veces y el de Dylan, quizás, me parezca mejor que otro a un escritor que me parece un horror. La Academia se debe querer aggiornar, debe pensar que los tienen como unos carcamales. El año pasado ya habían hecho algo transgresor que me pareció fenomenal, al dárselo a la bielorrusa Svetlana Aleksiévich, la primera periodista que lo recibe, escritora magnífica. Pero volviendo, el año pasado rompieron, este año también, quizás el año próximo se lo den a un autor de cómics (risas), que los hay cojonudos, me encantan.
–¿El premio a Aleksiévich le pareció la consagración de la crónica narrativa? Sí, fue importante para darle un lugar académico. De todos modos, es pura convención, eh. No significa que los académicos tengan la razón del mundo, para nada. Lo que es bueno es que ellos pasen por el aro y deban admitir, también, que eso es literatura.
–España se aproxima a salir de una crisis de representación política importante que la mantuvo un año sin presidente, ¿qué opinión le merece? Fue producto del ,oportunismo político y de la falta de pensar la política como ,servicio comunitario, en vez de palanca de poder personal. No perdono en absoluto que la izquierda no acatara el mandato de las primeras elecciones. Si el PSOE, Ciudadanos y Podemos hubieran acordado abstenerse de votar a Rajoy, tendrían a toda la Legislatura en la mano. Porque cada ley se la deberían haber pedido a Podemos. Los malditos Abandonamos el bar del hotel en dirección al ascensor. Montero camina a paso ligero y abre la puerta de la alfombrada suite 805 con sillones de tres cuerpos finamente tapizados, donde se hospeda. Ingresa primero y rápido cierra la puerta del dormitorio. Mientras le hacemos unas fotos, seguimos hablando:
–No solo Rosa Montero es un personaje de la vida real en La carne… Es cierto, también lo es Ana Santos Aramburo,directora en verdad de la Biblioteca Nacional de España. Es amiga mía y no sabía que la estaba convirtiendo en un personaje, así que al terminar el primer borrador se lo mandé y le dije: “Ana, eres personaje y hablas mucho. Dime si tienes algún inconveniente”, pero no tuvo ninguno. También lo son ciertos escritores y sus historias, como Philip K. Dick o Guy De Maupassant, a quienes Soledad pretende incorporar a su exposición en la Biblioteca Nacional como Los Malditos. “Casi todas las historias de sus malditos tenían que ver con la necesidad de amor, con el abismo del desamor, con la rabia y la gloria de la pasión. El amor hacía y deshacía la Historia, movilizaba las voluntades, desordenaba el mundo”, escribe la autora en la novela. “Soledad es una mujer que tuvo muchos amantes pero nunca una relación estable y pensaba que nunca iría a conocer el amor y no sabía cómo iba a reaccionar si lo conocía”, dice. “Muchos hombres y mujeres se han separado y vuelto a casar siete veces y sienten lo mismo que Soledad: la misma herida abrasadora de creer que nunca han sido queridos de la manera en que querían ser queridos. Esa especie de agujero puede ser tan frustrante y generador de una herida tal que convierte a las personas en malas y eso puede producir un efecto en la sociedad. El amor y la falta de amor terminan de mover al mundo”, continúa.
–Coincide, entonces, con el primer párrafo del libro: “La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor”… Totalmente. De hecho el primer párrafo estaba pensado antes que la novela. Es el tempo emocional y llevé escribiéndolo tres años.