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Luigi Zoja: “La paranoia posee una cualidad pseudológica”

Es el autor de Paranoia. La locura que hace la historia (Fondo de Cultura Económica, 2013), una obra fundamental, que obliga a un replanteo necesario respecto a lo que nos enfrentamos. En esta entrevista exclusiva con Quid, Zoja vierte conceptos provocadores y esenciales para comprender algunos aspectos de nuestra vida moderna

Por Christian Kupchik


Si hay una forma clínica dentro de la psicopatología que tiene plena vigencia, no hay dudas de que esa es la paranoia. Aparecida en el discurso psiquiátrico alemán en el siglo XIX, pero retomando su uso griego propio de la Antigüedad (cuyo significado podría muy bien sintetizarse en la idea de un “ir más allá del pensamiento”, la demencia por exceso humano), no sólo se ha visto refrendada a lo largo del siglo XX en la figura de terribles personajes, como Hitler o Stalin, sino que hoy avanza no ya como una patología individual, sino como un síntoma moderno de la anomalía social: cada vez más miedos generalizados, más teorías conspirativas, más delirios persecutorios, parecen dominar el paisaje cotidiano. El italiano Luigi Zoja (1943), formado en el C. G. Jung-Institut de Zúrich luego de haber realizado estudios de economía y sociología, viene trabajando desde hace décadas la temática desde diversas perspectivas (adicción, consumo ilimitado, la Luigi Zoja “La paranoia posee una cualidad pseudológica” ausencia del padre, las proyecciones de odio y paranoia en la política, etc.) y en contrapunto con sus concepciones clásicas.
–Hasta finales del siglo XIX, la paranoia era considerada una patología individual, de orden subjetivo. ¿En qué momento y qué elementos contribuyeron a convertirla en una sociopatía?
Bueno, en verdad yo tengo una perspectiva diferente de la cuestión. La paranoia siempre tuvo una dimensión colectiva, incluso considerada mucho más trágica que la manifestada a título individual. En los últimos siglos, masacres y genocidios como los producidos contra los pueblos nativos en Estados Unidos o el holocausto judío en Europa, contaban con los rasgos típicos que hacen a las dinámicas paranoicas, concretamente, la escisión y proyección de los males al exterior de la psique. Es más, incluso creo que la cuestión política o militar tuvieron menos relevancia que los aspectos engendrados por la paranoia. De hecho, por ejemplo, esas acciones terminaron por dañar a los propios actores que llevaban adelante la agresión: si nos atenemos a los casos citados, en Estados Unidos hubo un conflicto social importante ya que el exterminio de los indios eliminó también a la mano de obra, y en el caso del genocidio judío, varios países se quedaron sin la estructura comercial y financiera que estaba a cargo de este pueblo. Pero claro, las clasificaciones psiquiátricas no existían por entonces. Comienzan, precisamente, en el siglo XIX. Y cada clasificación científica expresa indirectamente los valores –y también los prejuicios, los límites– de su sociedad. La psiquiatría ya nace individualista. De los grandes psiquiatras, solo Karl Jaspers (probablemente porque también fue uno de los mayores filósofos del siglo XX) habla de las psicosis colectivas, pero como acontecimientos del pasado. El “individualismo diagnóstico” (llamémoslo así) con el tiempo se vuelve aún más radical. Los trastornos mentales son clasificados en todo el mundo siguiendo el DSM (Diagnostic Statistical Manual). Si realizamos un test para comprobar si existen elementos paranoicos en las conductas de Hitler o Stalin, el resultado a cada pregunta nos terminará por dar un rotundo sí. No obstante, la conclusión final de este estudio, “Sí, el sujeto es paranoico”, se transformará en un no: y esto porque el DSM aclara que el pensamiento paranoico sólo se expresa como “parte de un delirio individual”. Si es compartido por un grupo, se vuelve en una idea, una creencia colectiva, pero no una enfermedad mental. Para ser concretos: la creencia nazi de que existía un complot mundial de los judíos para dominar el mundo, puede ser considerada una “idea política”. Pero seguramente es también una deformación paranoica.
–En su obra habla de la paranoia como “locura lúcida”. ¿Podría caracterizar este concepto?
El pensamiento paranoico no es expresión de una racionalidad completamente enferma. Por el contrario, posee una gran capacidad para disimularse en la lógica funcional. De hecho, sus diferentes fases pueden incluso estar muy bien argumentadas y pasarían desapercibidas para muchos. Sólo el núcleo central, originario, que en general aparece disimulado, está totalmente errado, como por ejemplo, cuando un sujeto tiene la firme convicción de que todos quienes le rodean estarían participando de una conspiración en su contra, complotando contra él. Es importante remarcar asimismo el hecho de que el paranoico tiene una tendencia a producir sus propia confirmaciones, a aportar las pruebas necesarias que le faltan para demostrar que su fantasía es real. En italiano tenemos un dicho popular que dice que mientras más fuerte se dé la voz de alarma que presume la llegada del lobo, lo único que se consigue es que tarde o temprano un lobo llegue. Hitler y Stalin produjeron sus propias Némesis. En mi libro, una anciana que tiene la firme sospecha de que le van a robar la cafetera, la esconde: luego, cosa normal en la tercera edad, olvida donde la ha escondido. Y cuando un día tiene ganas de un café, no la busca: está absolutamente persuadida de que su cafetera le fue robada. Volviendo a la Edad Media, Hitler encerró a los judíos polacos en guetos primitivos y estrechos. Luego inspeccionó Polonia. Y como lógicamente estaban dadas las condiciones para que se multiplicaran todo tipo de enfermedades, el resultado natural de su examen es la constatación de que los judíos son sucios y difunden enfermedades, lo cual, a la vez, parece justificar el hecho por el que habían sido encerrados, etc., en una suerte de círculo vicioso sin fin.
–Hitler y Stalin, por citar dos personajes de la historia ya mencionados, fueron considerados grandes paranoicos (y la patología apoyaba en parte, tanto en ellos como en otros dictadores, muchos de sus actos criminales). ¿En qué medida puede asociarse la paranoia al poder, y no sólo el totalitario, sino en cualquier esfera?
Precisamente, esto es así por una razón constitutiva de la paranoia. La paranoia posee una cualidad pseudológica, y cuando digo “pseudo” estoy haciendo referencia a que el paranoico al primero que engaña es a sí mismo: la invencibilidad de Alemania sólo era una invención que estaba en la cabeza de Hitler, y que concluyó, como sabemos, con la destrucción de la propia Alemania. Entonces, la paranoia puede parecer lógica. Incluso convincente: hay “paranoicos exitosos” sumamente peligrosos, tanto para sí mismos como para el mundo. La psicología de masas nos dice que la inteligencia de la muchedumbre muestra una tendencia a nivelarse hacia abajo, hacia las formas de pensamiento más simples, lo cual no quiere decir que exprese el nivel de pensamiento de los sujetos que forman ese grupo a título individual.
–¿La necesidad de un control absoluto puede verse como un reflejo o indicio de la sintomatología paranoica? ¿Qué otras características la constituyen y con frecuencia pasan desapercibidas?
En alguna medida, todos buscamos el poder y todos sospechamos. Pero, la cualidad absoluta es paranoica. El paranoico es el sujeto antipsicológico absoluto: no tiene ninguna capacidad de autocrítica, es incapaz de una reflexión introspectiva. Entonces, todo mal siempre proviene del exterior, está en los otros. Destructividad, falta de flexibilidad y de tolerancia, búsqueda de un poder cada vez más absoluto, son sólo algunas de las consecuencias de esta inseguridad existencial. He tratado de compilar una lista de rasgos paranoicos: megalomanía y envidia (que puede traducirse de manera algo simplista como: “los otros son inferiores y malos”); incapacidad autorreflexiva para identificar una amenaza o una anomalía como propia, personal; falta de paciencia para estudiar al “enemigo”; improvisación metodológica para destruirlo; como hemos observado, inversión de las causas; fobias de contaminación (el mal, en todo sentido, es percibido como muy cercano, lo cual en algún sentido es correcto, porque está alojado en el sujeto mismo). Y en el pensamiento colectivo la paranoia se manifiesta a través de las “voces” y las sustituciones fantásticas que suelen alimentar las creencias populares. La idea de que los judíos producían la peste era una construcción fantástica, pero tuvo como consecuencia real la muerte de muchas personas.
–Usted tiene formación junguiana... ¿Qué rol juegan los arquetipos en la génesis paranoica? ¿Puede interpretarse como parte del inconsciente colectivo?
Seguramente. Como hemos dicho, el arquetipo del chivo expiatorio responde a una construcción psíquica, pero puede tener consecuencias trágicas en el plano de lo real. Jung fue el primer antipsiquiatra, la oposición a la psiquiatría tradicional no empieza en los años 60 con Laing o Cooper, sino mucho antes, con él. Para Jung, todas las dinámicas psíquicas comienzan como movimientos naturales. Para mí esto es lo que ocurre con la paranoia: “sospechar” es un hecho psíquico, una necesidad natural. En la naturaleza encontramos un ejemplo concreto de esto: las criaturas no están mancomunadas en una comunidad fraternal. No podemos ser amigos de todos: hay lobos verdaderos. Pero aun aceptando este hecho, hay que distinguir la frontera que conduce a la patología. La paranoia empieza cuando perdemos el control de esta defensa natural: todos se vuelven enemigos, todo es conspiración. Ya sea en el inconsciente personal como en el colectivo, la función de la sospecha en sí misma resulta necesaria: como dijo Woody Allen, hasta los paranoicos también tienen enemigos
–¿La paranoia tiene componentes que podrían considerarse hereditarios?
Es una pregunta de muy difícil respuesta. Por supuesto, de padres paranoicos es de esperar probabilidades mayores que en el promedio de encontrar hijos paranoicos. Pero lo que hay que tener muy en cuenta es que la paranoia, ante todo, implica un “estilo de pensamiento” caracterizado por la desconfianza, no por moléculas que circulan en el interior de nuestro organismo. En este sentido, se puede suponer que sea adquirida en buena medida a partir de una patología familiar, así como se aprende la lengua materna. Se supone que la proporción de componentes “adquiridos” sea, frente a los genéticos, mayor que en otras enfermedades mentales. Los dos, tanto Hitler como Stalin, tuvieron padres alcohólicos que les pegaban a sus madres: violencia, con escisión y proyección del mal sobre la pobre mujer, crean las condiciones necesarias en los hijos para el desarrollo de conductas paranoicas.
–¿En qué medida pueden influir las nuevas tecnologías y, especialmente, los medios de comunicación en el desarrollo de la paranoia como enfermedad social?
Bueno, este es un punto esencial, que he estudiado a fondo y sobre el que me he explayado de manera extensa. Antes del advenimiento de la democracia, y mucho antes aún de las tecnologías mediáticas, la tarea de los reyes absolutos era bastante sencilla: sólo tenían que asegurarse el control, no necesitaban demostrar su legitimidad. Pero la democracia requiere justificaciones, argumentos: los gobiernos son elegidos para cumplir procurando el bien común de la población. La justificación moral requiere más manipulación. Y la justificación paranoica es la más sencilla, y también la más aceptable para los comunes: nosotros somos el bien, todo el mal está en otra parte; los problemas se solucionan con su eliminación. Cuando los medios se vuelven en medios de comunicación masiva, la paranoia se ve favorecida. La comunicación más simple se vende mejor en forma masiva: crear un enemigo común no es tan complicado como parece. La comunicación paranoica (los culpables son los burgueses, el gobierno que sea, los judíos, los inmigrantes...) requiere sólo de un minuto de televisión, una reconstrucción seria de las causas toma apenas una hora. Con eso alcanza para sembrar el miedo y la sospecha. Cada generación mediática vivió grandes progresos tecnológicos, pero que no siempre fueron acompañados por cambios cualitativos en lo que hace a contenidos. La primera en sufrir transformaciones sustanciales fue la prensa escrita. En Inglaterra y Estados Unidos se extendió con un éxito gradual y paulatino lo que conocemos como “prensa amarilla”, popular, chillona, barata y que no requiere demasiada reflexión: el mensaje llega digerido. La segunda generación mediática que tuvo gran influencia a partir de sus transformaciones fue la radio: los nazi-fascistas y los estalinistas pronto exageraron sus simplificaciones y sus gritos, con gran eficacia para las respectivas dictaduras. La tercera se apoyó en las pantallas: a lo largo de mi vida he sido testigo de la cuasi desaparición de la televisión de calidad por la intervención de genios de la simplificación, como Murdoch o Berlusconi. Ahora, por primera vez, Internet ofrece una comunicación en alguna medida bi- y hasta multilateral, no uniforme.

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