Proceso de registro

La importancia de La mirada del otro

 Por Nando Varela Pagliaro


La biografía de Eduardo Sacheri dice que nació en Castelar, que se crió jugando al fútbol con sus amigos del barrio por esas calles cercanas a las vías del Sarmiento y que en su vida muy pronto aparecieron los libros. En su casa se leía mucho y a él lo cautivaba ese rito en el que veía a todos con un libro en la mano. Cuando tenía apenas cuatro años, la encargada de enseñarle a leer fue su hermana mayor. La necesidad de escribir, en cambio, tardó en aparecer. Ya estaba a punto de recibirse de Licenciado en Historia cuando comenzó a escribir cuentos. Lo hacía para responderse algunas preguntas, para ordenar su cabeza, pero jamás pensó que con su escritura iba a poder ganarse la vida. En sus comienzos fue de vital importancia el periodista Alejandro Apo. Desde su programa Todo con afecto en Radio Continental, empezó a leer los primeros cuentos de Sacheri que tenían que ver con el fútbol. Esta difusión radial permitió que le publicaran Esperándolo a Tito. Luego vendrían los cuentos de Te conozco Mendizábal, la adaptación de su novela La pregunta de sus ojos, que dio lugar a El secreto de sus ojos, por la cual ganó el Oscar. El resto ya es historia conocida.
–En la época en que Apo leía sus cuentos por radio, Internet todavía no era lo que es ahora. ¿Piensa que Internet y la existencia de tanta multiplicidad de voces es positivo o negativo para un escritor incipiente?
Creo que hay un gran elemento positivo y un gran elemento negativo, pero no sé cuál pesa más. El gran elemento positivo es la posibilidad de que tus cosas se conozcan. En un soporte electrónico vos podés difundir tus cosas de un modo que en el año 96, que es cuando yo le mandé mis cuentos a Apo, no existía. Antes, la única opción era conseguirte una editorial que te publicara el libro en formato físico y era muy difícil dar ese paso. La buena noticia es que ahora en una página de Internet, tenés modos de mostrar lo que hacés. Pero claro, la misma facilidad multiplica la cantidad de cosas que hay dando vueltas y lo que hacés corre el riego de la invisibilidad. Es una invisibilidad distinta, no la de la no publicación, sino la de perderse en la hiperpublicación y no sé qué pesa más. A lo mejor hoy podés decir me voy a dar el gusto de que esté y no es que va a dormir en un cajón el sueño de los justos, como te podría haber pasado veinte años atrás, pero por otro lado, por encima de ese placer absolutamente legítimo, la posibilidad de construir y conectarte con lectores es muy difícil en el fárrago de las cosas que hay. Y hasta en las librerías es así: cualquier libro dura dos minutos en exposición. Después ya sale otro nuevo y lo tapa, la cantidad de publicaciones es descomunal y no está bueno. No lo digo porque quiero que me publiquen sólo a mí, sino porque tal vez nos estamos perdiendo un montón de cosas bárbaras pero porque no las vemos nunca.
–Lucas, el personaje escritor de Ser feliz era esto dice que cada vez que va una entrevista ya sabe cuáles van a ser las cinco preguntas básicas que le van a hacer, ¿cuáles serían los lugares comunes que nunca faltan en las entrevistas que le hacen?
Siempre sale el tema del fútbol, de El secreto de sus ojos, de la adaptación del libro a la película, sale el tema del Oscar, qué significó y qué cambios me trajo. En el caso del libro, Lucas es muy mal llevado con eso y se siente incómodo, pero yo sé que también es entendible que haya ciertas preguntas que surjan. Por ejemplo esto de querer saber si las historias son reales o ficticias me lo preguntan muy seguido, pero esa es una pregunta de lector y yo me la hago mil veces cuando estoy leyendo. Lo que me causa gracia es qué incómodos que los pongo a los periodistas con ese texto de Lucas.
–Volviendo a hablar de cosas que le pasan a Lucas y entrando tal vez en uno de sus lugares comunes. Lucas es autor de un libro muy exitoso y vive sólo de eso. En un punto con El secreto de sus ojos usted también tuvo un éxito enorme ¿Alguna vez sintió que el libro lo pasaba por encima?
La verdad es que no, porque mi crecimiento como autor publicado fue más gradual de lo que la gente supone. Antes de El secreto de sus ojos ya había publicado tres libros de cuentos en los que había mucho de fútbol y se vendían bien. Ya tenía una carrera editorial más o menos en marcha. Es cierto que a El secreto de sus ojos le fue muy bien, pero no es que yo puedo vivir de los derechos del libro de acá hasta que me muera. Lo que sí me dio todo el fenómeno de El secreto de sus ojos fue muchas oportunidades de laburo. Para Eduardo Sacheri escribir es una necesidad, pero en esa necesidad, en esa pulsión también hay una dosis ambigua de placer y sufrimiento. “Te diría que ambos sentimientos se alternan porque cuando la necesidad se topa contra una pared, lo que hay es sufrimiento, frustración porque las cosas no salen, porque no le encontrás la vuelta, porque sentís que el libro se te escapa y los personajes te huyen. Cuando sentís que entraste en sintonía es la etapa más placentera del asunto. Sentís que el libro fluye, los personajes se sostienen y de algún modo viven. A lo mejor cuando terminaste con un libro, vuelve la parte de sufrimiento que tiene que ver por un lado con abandonarlo, con el duelo de que esos personajes te vayan dejando y por el otro lado, esta cosa tediosa y necesaria al mismo tiempo, que es corregir, un laburo muy importante para que el libro quede bien, pero que es aburridísimo. Llega un punto en el que estás harto de leerte. Todo es previsible, todo es evidente, todo está impostado y sentís que le ves las costuras por todos lados y no ves la hora de que se publique porque ya no querés volver a verlo”, dice Sacheri convencido de sus palabras.
–En ese proceso de escritura, ¿se sienta a escribir una vez que tiene la historia cerrada o la va encontrando a medida que va escribiendo?
En general necesito tener un esquema muy claro de qué es lo que quiero contar, por dónde me voy a meter y por dónde voy a salir. Por supuesto que después hay un montón de modificaciones en el medio, pero soy mucho más de esos escritores ordenaditos. Tomo apuntes, me hago diagramas, casi cuadritos sinópticos como los que usaba cuando estudiaba en la facultad. Una vez que tengo eso, recién me siento a escribir. Cada vez que empieza un libro nuevo, en un primer momento a Sacheri no le pesa la mirada de los otros porque siempre escribe sobre lo que quiere escribir. “El lector de ese libro soy yo. No lo digo en un sentido ampuloso, como si yo fuera mi mejor crítico, sino en el sentido de que yo escribo para contestarme preguntas. Entonces el libro es un intento de respuestas a esas preguntas”. En una segunda etapa, confiesa que la mirada ajena sí empieza a ser cada vez más importante. “Si yo me siento conforme con el libro y siento que dije cosas que a mí me importaron me encanta pensar que a alguien le pueda pasar algo con ese libro. A veces hablo con colegas que me dicen que no les importa si lo que escriben les gusta o no a los lectores. Yo lo respeto, pero no lo comparto. La verdad es que a mí me encanta que un libro mío guste. No me da lo mismo, creo que la mirada de los otros nos construye mucho”. En Ser feliz era esto, Sacheri se puso en la piel de una chica de catorce años para llevar adelante su historia. Alcanzar ese registro dice que fue uno de los desafíos mayores del libro. “Me interesa ser capaz de cambiar, de hacer algo distinto libro a libro. Venía de Papeles en el viento, que es una novela de cuatro cuarentones que se criaron en Castelar y son hinchas de Independiente. Es decir, comparten mucho conmigo. Entonces quería hacer algo distinto, cruzarme a la cabeza de una mujer, y a una mujer de catorce años, me pareció que era un desafío interesante. Yo tengo una hija de esa edad y un montón de alumnos adolescentes, así que ese registro lo tengo cerca de mi oído”.
–Recién nombró a su hija y dijo que mucho de la construcción del lenguaje y los diálogos los tomó de su relación con ella, ¿Cómo recibió ella la lectura del libro?
Le gustó y se sintió sorprendida. Si bien la historia en sí está lejos de nosotros porque por suerte no nos tocaron esas tragedias, el modo de relacionarse de ellos dos, los chistes, las chicanas, las burlas recíprocas con respecto al lenguaje del otro, los desafíos de “leete esto y dejate de joder”, son muy nuestros. Además, ella fue mi primera lectora. Me pareció que era justo que lo leyera, no sólo por todo lo que le pedía prestado, sino para que ella viera si encontraba una chica de catorce años o no en ese libro. El fútbol es otro de los lugares comunes en toda nota que le hacen. Muchas veces, incluso en ámbitos literarios, termina hablando más de fútbol que de literatura. Cuando le pregunto si eso le molesta, me responde: “A mí lo que me suelen molestar son las simplificaciones. Si te gustan mis cuentos de fútbol porque sólo ves fútbol en ellos, yo me lo tengo que bancar porque cada lector hace lo que quiere, pero yo siento que fallamos vos lector y yo autor. Porque mi idea es usar el fútbol para hablar de otras cosas que están atrás del fútbol. Del mismo modo que me encanta cuando alguien viene y me dice “a mí no me gusta nada el fútbol pero tu cuento me encantó por esto, aquello y lo otro” y yo digo “bárbaro, me encanta que te haya pasado eso”. Ahí siento que superamos la complicidad fácil de que nos guste a los dos el fútbol, para ir a algo más allá”.
–Históricamente el fútbol para la derecha era “cosa de negros” y la izquierda en cambio lo veía como el opio de los pueblos, ¿ese pensamiento todavía se mantiene o cambió el lugar que hoy ocupa el fútbol en la sociedad?
Creo que ahora siguen existiendo esas miradas. A lo mejor menos dominantes que otrora. También se ha incorporado otra mirada igual de empobrecedora que es “El fútbol como fiesta popular”, que también es una mirada sesgada y muy acrítica y es como irte al otro extremo. Así como los otros veían que el fútbol es una porquería, la mirada que sostiene que “el fútbol es algo maravilloso, que es una fiesta de la pasión”, también me parece insuficiente. También hay otras miradas que lo ven como algo complejo, una mezcla de elementos socioculturales e históricos profundos y eso me parece bueno. Ahora, en esa mezcla hay de todo. Afloran conductas muy propias de la sociedad en la que se está jugando al fútbol y está bien que veamos lo bueno y lo malo.
–Saliendo del fútbol y entrando en el cine. Al escritor Guillermo Arriaga, le molesta la palabra guionista, él se considera siempre un escritor porque lo que hace es entregar su propio mundo interior ¿Usted cómo se lleva con el oficio? ¿Trabaja con el mismo cuidado un guión que una novela?
Son trabajos diferentes. Coincido en que son dos formas de escritura y que sos escritor en ambos casos, pero cuando escribís un guión estás atento a otras cosas y el producto final también es muy distinto. Como guionista estás muy atento a la estructura, a la dinámica, a la plasticidad de lo que estás haciendo y a la verosimilitud de los diálogos. Cuando describís acciones, no te detenés a conmover al que va a leer el guión, no te detenés a buscar la belleza estética de eso que estás diciendo. En todo caso, ese juego estético se construirá a posteriori con otro montón de agregados artísticos que no son el guión. Cuando escribís una novela o un cuento, tenés un solo recurso que es la palabra y con ese recurso podés hacer lo que se te cante. En un guión, el propio guión es un solo recurso dentro de otro conjunto. Aparte es un laburo que va a tender a lo colectivo, mientras que tal como entendemos en Occidente a la literatura, es un laburo solitario. Hay muy pocos libros escritos por dos autores. Esto de que un laburo sea solitario y otro colectivo, ya de por sí cambia todo. Para mí son laburos muy diferentes, yo me siento más en lo mío cuando escribo una novela o escribo un cuento, y cuando escribo un guión, me siento invitado a un lugar interesante

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