Proceso de registro

Szifrón: Entre la Civilización y la barbarie

Después de ocho años de ausencia, Damián Szifrón (el director de las series Los simuladores y Hermanos y detectives y las películas El fondo del mar y Tiempo de valientes) vuelve a la pantalla grande. Relatos salvajes, su nueva película, es la excusa perfecta para asomarse al universo creativo de uno de los mejores exponentes del cine argentino actual

Por Nadia Zimerman


–¿Me explica esta frase?: “Relatos salvajes es como el whisky; después de muchos años sólo sale una gota, pero es una gota que concentra todo mi trabajo anterior”…
Me refería a que en este período en que no filmé, desde 2006 hasta ahora, hice varios guiones y este fue el último. Hubo mucha preparación para que saliera este “brebaje embriagador” condensado; siento que fui adquiriendo, durante esta etapa, un montón de herramientas de escritura que por ahí no tenía antes.
–¿Cómo surgió la idea?
La verdad es que no hubo una idea  de hacer toda una película, sino que fueron surgiendo pequeños grandes conflictos a los que compacté para que no se convirtieran cada uno en un largometraje… En una noche escribía uno; iba disfrutando de lo que aparecía casi como un espectador, tratando de no intervenir en las imágenes que iban brotando. Vi que había un material de cara al futuro y cuando junté las historias apareció el título: lo salvaje o el borde, la difusa frontera que separa la civilización de la barbarie era el escenario en el que transcurrían todos por alguna razón.
–Hablando de escenarios, mientras escribía, ¿pensó primero en las locaciones o en la historia?
Mientras escribo, suelo dibujar; me hacía una imagen del lugar y empecé a imaginar las historias en oposición: de la noche de lluvia al sol radiante; del desierto, un espacio de western, a la ciudad; de un personaje de clase media a uno de clase alta. Eso tiene bastante que ver con los escenarios y con la aproximación visual.
–¿En qué consiste esa aproximación?
A partir de mis dibujos trabajé con un artista de story-board y con Juan Ferreyra, un dibujante de cómic, para que hiciera los escenarios más significativos de forma conceptual, así daba cuenta del mundo de la película. Lo fui trabajando de la mano del equipo y de los productores, incluidos los Almodóvar.
–¿Qué tal fue la relación con ellos?
Me dieron un apoyo incondicional. Podría no haber sido de esa manera porque pusieron una parte muy grande del presupuesto, y cuando es así uno espera una exigencia mayor. Pero me dijeron “hacé lo que estás imaginando”. Sobre todo Pedro, como productor, valora mucho el espacio del director.
–¿Cómo fue la experiencia en el Festival de Cannes?
Transformadora. Se me abrieron muchísimas puertas. Ahora se vuelven posibles cosas que deseaba, como hacer películas directamente en inglés o escribir guiones para directores que son maestros para mí, como John Carpenter, gente talentosísima a la que hoy no le llegan proyectos… Sería algo increíble escribir una película de terror en inglés y convocar a William Friedkin, el director de El exorcista, para que la dirija… Notas de color también hubo: una noche vino Trapero con Tarantino; nos la pasamos tomando juntos, alcohol (aclara entre sonrisas). Sofía Loren acariciaba la panza de mi mujer embarazada… Igual, soy bastante fóbico con la farándula.
–Volviendo al proceso creativo, mientras escribía ¿de qué materiales se nutría?
Leí La trama celeste, de Bioy Casares, que son cuentos fantásticos con una unidad. Pensé en Cuentos asombrosos o Los sueños, de Kurosawa, pero responden a un tratamiento más onírico. La que vi recién ahora y que mi papá me había mencionado mucho es Los monstruos, de Dino Risi, una película en episodios de los 60, que se reversionó en Los nuevos monstruos, también de esa época. Después de filmar la busqué y encontré en esa película un enojo con la sociedad que une los relatos y tiene mucho que ver con los míos. Si la hubiese visto antes, habría tenido mucha más seguridad a la hora de avanzar, porque es algo que funcionó y fue desopilante. Ahora estoy leyendo cosas de neurociencia. No soy de leer cómics; me atraen los superhéroes, pero por las películas y la tele; me fascinó El increíble Hulk con Lou Ferrigno, que retoma a Dr. Jekyll y Mr. Hyde y, como mis personajes, se “saca” frente a ciertas situaciones. Relatos salvajes… tiene mucho de lo arquetípico: el hombre versus el sistema; la novia defraudada; la venganza de una mujer ofendida; aspectos de la personalidad que se nos activan en determinados momentos. El hombre contra el sistema es un tema clásico del cine y la literatura desde Kafka en adelante; la desesperación que produce este sistema sobre nosotros es una temática que atraviesa toda la película.
–¿Qué parte del proceso del cine disfruta más?
El momento de tener las ideas. Esa primera instancia, lo opuesto de lo que odian muchos escritores que es la “página en blanco” y el estrés que genera. A mí no hay cosa que me genere más placer que la página en blanco. El decir: “bueno, voy a empezar algo nuevo, de cero”. Esa instancia es una gran metáfora de la libertad: podés hacer lo que querés. Las primeras ideas o los primeros diálogos los grabo en un grabadorcito digital que llevo siempre conmigo. Después me gusta mucho la acción física de escribir y dibujar. Tengo, literalmente, un cuaderno liso, hojas en blanco sin renglones; los mejores son los Rivadavia, tengo varios: este, este… (los muestra).
–¿Y la computadora?
Las computadoras traen un montón de limitaciones de las que no somos conscientes: por ejemplo no podés escribir en un cine. Y en tanto estoy viendo algo que evoca tal o cual secuencia, que relaciono con algo que vi a los 10 años, lo quiero escribir. Un anotador es muy práctico para eso, la computadora no: no la podés llevar a la bañera; lo he hecho igual, pero se me ha caído una, y no estaba enchufada ese día pero pude haber cometido la estupidez… (risas). No, no lo habría hecho, pero más allá de electrocutarme, perdí la máquina (más risas). Además es incómodo, porque es una pieza de tecnología, en cambio el papel… Me gusta mucho más la escritura tradicional.
–¿Cómo es esa etapa del guión?
Confío en lo que quiero hacer. No soy torturado en el sentido de pensar “esto no le va a gustar a nadie”. Primero que la historia me la imagino con público, los espectadores están incluidos; soy uno de ellos, crecí al lado de mi papá que fue un gran espectador de cine y compartí mucho sus reacciones frente a la pantalla. Es algo que incorporé.
–Le legó su cinefilia…
Sí. Era comerciante de materiales eléctricos, pero tremendamente cinéfilo. Tenía un origen muy humilde pero cuando le empezó a ir bien, en los 80, durante mi infancia y hasta la adolescencia, como había sido tan humilde cuando logró el poderío económico te diría que ostentaba, pero no riqueza: compraba gran cantidad de cámaras, de fotos, de Súper 8, pantallas que apretabas un botón y bajaban... Nos filmaba muchísimo a mí y a mis hermanas, lo compaginaba en la moviola y lo musicalizaba con temas del cine que amaba. Esa colección de películas familiares y de cámaras la tengo todavía. Empecé con esas cámaras en el verano del 85 –tenía 10 años– a través de un primo mío, que me dijo que un amigo había hecho una película de ficción en su casa. Fue totalmente revelador, la idea de que yo tenía en mi propia casa todas las herramientas para hacer ficción. Nunca se me había cruzado por la cabeza. Y ese mismo verano empecé a hacer cortos (donde actuaban mi mamá y mi abuelo), cuentos, pequeñas aventuras. Y con mi papá íbamos a ver dos, tres películas por día; pasábamos horas en el videoclub. Después, de adolescente, me iba en bici a esperar la camionetita que traía los estrenos de video. Mi vida era ir al cine y volver a ver las mismas películas en video como si no las hubiese visto.
–¿Va a hacer algo con esas filmaciones caseras?
Sí, hay un proyecto, creo que va a ser una serie, para rememorar eventos de la infancia, comprender de dónde surgen las ideas, la relación con la historia de mi familia; algo medio científico, genético, genealógico y artístico también. Por ahora lo llamo Sesiones de pensamiento porque tiene un mecanismo: reservarme ciertos días para escuchar jazz, irme a algún lugar de la naturaleza y con un cuaderno en blanco escribir de forma medio inconsciente. Me sirve mucho esa distancia para no salir del proceso creativo. Los grandes crecimientos de los guiones se produjeron durante los viajes.
–¿Cómo trabaja con los actores?
Marco mucho, porque cuando escribo escucho una “música” y convivo tanto con ella que me voy enamorando, no por vanidad sino porque la siento orgánica, natural, me doy cuenta de qué está bien y qué está mal para determinada energía que conforma una historia.
–¿Y qué historias prepara para el futuro?
Es un gran enigma. Tengo un western norteamericano para filmar acá con actores de allá (transcurre en Colorado). Está La pareja perfecta, una historia de amor que iba a filmar antes de Relatos salvajes y puede llegar a ser la próxima, igual que El extranjero (una de ciencia ficción)… O tal vez alguna nueva…

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