Proceso de registro

Martín Caparrós: El escriba del hambre

 Por Christian Kupchik

 

Desde hace más de tres décadas, Martín Caparrós se convirtió en la expresión pública más cabal de su profesión: es Escritor. No sólo lo es, también lo parece y así es reconocido. No es una tarea sencilla, en estas tierras, justificar una ocupación tan extravagante, de la que sólo unos pocos elegidos logran vivir. 


Desde hace más de tres décadas, Martín Caparrós se convirtió en la expresión pública más cabal de su profesión: es Escritor. No sólo lo es, también lo parece y así es reconocido. No es una tarea sencilla, en estas tierras, justificar una ocupación tan extravagante, de la que sólo unos pocos elegidos logran vivir. Y para demostrar que no se trata simplemente de un rótulo con que llenar algún formulario oficial, Caparrós puede jactarse de una obra enorme que va de la ficción histórica al periodismo, de la novela policial a la crónica, de la investigación al relato del viaje. Nada de lo humano parece resultarle ajeno a este verdadero polígrafo del siglo XXI, capaz de interrogar en sus textos desde el interior a Dios pasando por la historia. Su último opus se ocupa de otro tema nada sencillo: el hambre. ¿Cómo exponer una prosa que se quiera o no es un hecho estético con semejante temática? Caparrós lo explica desde el origen: –Todo empezó con un trabajo para el Fondo de Población de las Naciones Unidas, que me encomendó visitar cada año una decena de países y contar historias de vida de jóvenes vinculados cada año con una problemática diferente (migraciones, cambio climático, paso del campo a la ciudad, etc.). Advertí que detrás de cada uno de los temas que trabajaba, siempre aparecía la cuestión de la comida, que resultaba insuficiente. Entonces comencé a insistir para tomar el hambre como tema, pero como las Naciones Unidas es una organización muy compartimentada, no aceptó que se pudiera realizar desde donde yo trabajaba. Así que al cabo de cinco años, conseguí un apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo que me permitió pagarme los viajes, que era lo más caro de este libro, y comencé a trabajar.
–¿Cuánto tiempo más le llevó la investigación y qué lo motivó a entrar de lleno en la escritura?
Dos años más de recorridos. Lo que me provocó es una sensación indignante, porque entiendo que se trata de un tema de fácil solución y a nadie le interesa encontrar alguna.
–En el libro plantea, acertadamente, que el tema del hambre hoy aparece silenciado ante otras catástrofes naturales o enfermedades que asolan a la humanidad. ¿Significó un desafío intentar superar ese silencio?
Sí, claro, ese es uno de los grandes problemas que plantea el tema. En principio el tema del “hambre” busca imágenes tremendistas, las “hambrunas” que en otra época se mostraban de zonas de África, con niños de vientres hinchados y centenares de miles de personas que morían por no tener nada que comer. Hoy la situación no es esa: el hambre es un proceso que se hizo mucho más lento, mucho menos espectacular. No obstante existen en todo el mundo amplios sectores que comen mucho menos que lo necesario pero suficiente para seguir viviendo, se mueren personas en grandes cantidades pero por enfermedades asociadas a la desnutrición, pero no directamente ligadas al hambre. Entonces, es algo muy difícil de poner en escena, porque no participa de ese contexto de gran drama visual. Y además, es una de esas cosas que nos mal acostumbramos a dar por supuesto: “Y sí, hay hambre en el mundo…”. Los ricos suelen caricaturizar una reacción diciendo: “¿Y qué pretenden? ¿Terminar con el hambre en el mundo?”. Entonces sí, fue un problema doble. Por un lado, cómo enfrentar esa temática que está asordinada, y por otro lado, no quería quedarme con un macabro desfile paisajístico de personajes que vinieran a exponer su drama. Si bien quería conocer sus historias, lo que me interesaba era indagar, conocer sus causas y hacer sentido con ellas. Y eso también fue una complicación, porque los motivos del hambre son múltiples, complejos, confusos… En consecuencia, el resultado fue uno de los libros más laboriosos que me tocó hacer.
–El hambre es una temática delicada, quizá más para tratarla desde la crónica, y en busca también no sólo de un ideal estético. ¿Alguna vez se le presentó algún tipo de dilema ético que lo haya hecho dudar?
Diría que no… A mí me interesa repensar las formas en que se escriben las crónicas. De hecho en El interior incluí fragmentos largos que bien se pueden asumir como prosa poética. Sin embargo en este, no. Precisamente porque dado el tema, me pareció que lo necesario era una prosa muy contenida. Lo narrado ya es en sí algo tremendo, en consecuencia la forma narrativa no puede sobreactuar, por el contrario, tiene que contener, economizar, para no banalizar. Entonces, tomando en cuenta esto, creo que mi sentido ético por un lado tiene que ver con esto, encontrar una escritura que haga justicia retrotrayéndose a lo que se está contando, y por otro pensar que es un tema que vale la pena ser contado. Más allá de lo que a mí me sucede al respecto, tengo la estúpida esperanza de que alguna persona que lo lea, piense o haga algo interesante sobre la cuestión a partir de la lectura. –Un lector se preguntó en El País de Madrid, a propósito de un artículo que usted escribió en torno a la temática, por qué no escribía acerca del hambre en Europa. ¿Existen dos conceptos diferentes del hambre, uno para Occidente y otro para el Tercer Mundo? Bueno, en el libro hay un capítulo dedicado a Estados Unidos. Mi primera intención fue tratar de entender cómo funciona la Bolsa de Valores de Chicago, que es donde cotizan todas las commodities alimentarias, y a partir de allí se fija el precio base del alimento en el mundo. Fui con esa intención y empecé a mirar hacia los costados y en la misma Chicago me encontré con un circuito de inseguridad alimentaria, como lo llaman los estadounidenses, muy extendido. Me encontré con ollas populares, o gente que comía residuos o directamente pasaba hambre, posiblemente de una forma distinta a la de Níger o Bangladesh.  
La diferencia estriba en que esa gente en Estados Unidos aún tiene una red de contención sólida; un pueblo entero de Níger comía lo mismo que seis americanos. Pero eso no quita que esos seis no tengan la misma percepción de no saber qué van a comer al día siguiente. No era mi intención cubrir la cuestión del hambre en cada país, pero Estados Unidos funciona en el libro como ejemplo de la mala situación alimentaria en un país rico.
–Además, se da la paradoja de que la mala situación alimentaria ha provocado en los Estados Unidos otro grave problema: la obesidad…
Exacto. Es un problema notable, porque parte de un malentendido: hay una primera paradoja por la cual en el mundo existe la misma cantidad de desnutridos que de obesos. Entonces, la primera tendencia indicaría que los obesos se comen todo lo que les falta a los desnutridos, cuando en realidad no es para nada así porque son las dos caras de un mismo fenómeno. El desnutrido es el mal alimentado del país pobre, que no tiene dinero suficiente para su consumo de alimentos, en tanto el obeso es el mal alimentado del país rico, porque a pesar de la abundancia sólo tiene acceso a la comida chatarra que arruina su cuerpo y lo transforma en lo que es. Pero claro, ahora la obesidad se ha transformado en el problema del que más se habla, porque representa un gran gasto para las administraciones de los países ricos. Es un problema de ellos, los gordos son un tema de su sociedad, por lo tanto no pueden mirar para otro lado y mandar una bolsa con alimentos de vez en cuando, como si fuera Malí. Tienen que aceptar que hay algo allí que no funciona.
–Nuestro país está conformado por migraciones de europeos que también llegaron escapando del hambre. Sin embargo, ese es un dato que hoy aparece reprimido, como si el hambre fuese un hecho vergonzoso que las sociedades desarrolladas intentan ocultar…
Es cierto, y pensaba mientras comentabas esto que el relato de mis abuelos, que pasaron la Guerra Civil en Madrid, incluía el detalle de que muchos días no tenían para comer más que las cáscaras de las papas. De modo que, como señalás, el recuerdo de ese hambre estaba presente en mi casa, pero desde la abundancia: qué cosa más ridícula, a quién se le ocurre comer cáscaras, nosotros se las tirábamos a las gallinas. Es verdad, existe una negación presuntuosa del hambre de las sociedades en cuanto se enriquecen. Pienso en ese gesto que el protocolo recomienda y que consiste en no vaciar de todo el plato. La gente elegante se obliga a dejar un resto para demostrar que no es un hambriento. Esto llegó a un punto tan monstruoso, que se calcula que en las sociedades ricas de Occidente entre el 35% y el 50% de la comida se tira. –En relación a esto mismo, no deja de sorprender que el capítulo dedicado a la Argentina gire en torno a la basura… Sí, esa es la puesta en escena ya casi excesiva de ese movimiento, gente que corre desesperada hacia lo que otros desecharon. Pero ese capítulo, que precisamente se llama “La basura”, quizá parte de un título engañoso porque parece referir a este primer episodio donde cientos de personas se lanzan a la basura en el CEAMSE, cuando en realidad creo que alude más a otro fenómeno que sigue contando el capítulo y que me llamó la atención particularmente. Y tiene que ver con el hecho de que en la Argentina de las tres o cuatro últimas décadas se fue constituyendo un sector cada vez más marginalizado, cada vez con menos esperanzas de integrarse a la sociedad. No tiene muchas expectativas de conseguir un trabajo regular, o acceso a la educación completa, en fin, de participar de modo activo en la dinámica social. Y esto que pasa en Argentina (aun cuando las cifras aquí son siempre confusas, representa a cinco o seis millones de personas, lo que equivale a un 12% o 15% de la población) se replica casi igual en el resto del mundo. En el mundo hay mil y pico de millones de personas que viven en condiciones de completa marginalidad, y a mí me impresiona mucho esto porque me parece un fallo muy decisivo del sistema. Un buen sistema, sea el que sea y nos guste cual nos guste, debería ser capaz de utilizar todos sus recursos. Al sistema capitalista le está pasando esto con un 20% de sus recursos humanos: ya no sabe cómo explotarlos. Los avances tecnológicos, los cambios en el sistema de la organización del mercado, hacen que un amplio sector de gente quede ahí tirado sin ninguna utilidad, y entonces se cree que eso se soluciona enviando una bolsa de alimentos si es Burkina Faso o una caja con cosas si es Isidro Casanova. Pero se trata del mismo fenómeno por el que se ignora cómo utilizar a una parte de la población. Incluso, algunos fanáticos si pudieran los matarían, porque resultaría mucho más eficiente en la administración de recursos. Para ciertos sectores del poder, esa es la verdadera basura: esa gente que quedó fuera del sistema.
–En la última parte hace un llamado a una rebeldía que no pase ya por una forma institucionalizada “contra algo” sino que encuentre opciones nuevas. ¿Cuál sería de acuerdo a su perspectiva esa forma de resistencia a este estado de cosas?
Sí, la última parte del libro es la que más me importa. En realidad no sé cómo se puede hacer ni tengo ninguna garantía de que oponerse a todo esto y pensar una forma distinta de ver el mundo tenga algún resultado exitoso. Justamente, lo que me interesa es plantear una plataforma de acción que no dependa de la ética del resultado, que sea producto de la necesidad de la acción. Y en ese sentido, le corresponde a cada uno ver qué puede hacer. Para mí, durante estos últimos años la acción fue escribir este libro; ahora que ya está escrito, los próximos meses hablaré todo lo que pueda sobre el tema. Y después veré qué es lo que puedo hacer. Yo creo que hay   a la gran dificultad de no encontrar un camino ya pensado y amojonado, lo que a la vez también es una gran ventaja. Bueno, estamos buscando. Creo que vale la pena buscar porque si no lo hace, uno es peor que si busca.
–¿A qué atribuye la actualidad de la crónica, que hoy parece un género recuperado?
No lo sé, tengo algunas sospechas. Creo que hay una serie de ejercicios de estilo que resultan interesantes, pero no sabría decir a ciencia cierta si se publica, se vende o es leído más que hace unos años. Sí me parece que está más expuesto bajo ciertos focos, y creo que eso tiene que ver –menos en Argentina que en otros países de América Latina– con una renuncia de la novela a contar o recrear (recrear en el sentido fuerte del término) la realidad circundante. La última vez que la novela latinoamericana se propuso esto fue en la época del boom y todas las demás formas del relato cedieron ante esa voluntad. Después hubo una serie de modulaciones que dejaron de lado esa voluntad y ese espacio fue ocupado por otras formas, como la crónica. Siempre existe esa necesidad de creer que uno lee y por tanto entiende un poco más la realidad en la que vive. Creo que la crónica ocupó ese espacio vacío simplemente por puro horror vacui, aunque no sé con cuánta eficacia. –De Ansay hasta El hambre, su obra acumula tal cantidad de títulos de tan diferentes registros que produce vértigo. ¿Cómo la ve en retrospectiva? Es difícil ensayar una respuesta. Antes era bueno para olvidar los libros que escribía, y ahora estoy perfeccionando el arte de olvidar cómo los escribía. No lo sé, creo que todo lo que tengo para decir es que no pierdo las esperanzas de poder escribir algún día un buen libro. Creo que lo único que se aproximaba a esa ambición es La historia, que nadie leyó. Posiblemente hubo un desencuentro… Lo único que puedo ver es la perplejidad con la que fui forjando un estilo, y ahora por momentos no lo soporto. Debería ser más valiente e intentar romper del todo con esto. Cuando tenía 18 años más o menos escribí un poemita donde acusaba a los endecasílabos de ser ese caballo manso que me llevaba a todos lados sin tener un interés particular. Entonces intenté dejar de lado los endecasílabos en los que escribía, sólo para encontrarme con que buena parte de mi prosa está escrita en endecasílabos. Terminé cayendo en la misma trampa que pensé haber eludido a mis 18 años. Pero por lo menos en aquel momento eso marcó una ruptura con lo que venía haciendo. Por lo pronto sigo preso de ciertas maneras que me parece no están del todo mal, que en ocasiones funcionan, que tienen momentos de confusión y a veces rasgos de belleza, que hay cierta eficacia narrativa, pero que me pueden dejar en cualquier parada. Creo que valdría la pena volver a asumir el coraje cívico e intentar un nuevo cambio

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