Gracias a sus memorables participaciones en televisión, Guillermo Francella se hizo querer por una enorme cantidad de público. En cine y teatro tuvo la posibilidad de dejar constancia de su talento para roles inesperados en un cómico y hoy volvió a la pantalla chica de la mano de Juan José Campanella con un producto que define como “único”.
–Habrá tenido muchas propuestas para hacer televisión durante este último tiempo pero hubo que esperar
a un unitario dirigido por Juan José Campanella ¿Preveía volver de esta forma? Sin dudas, El hombre de tu vida fue lo que más me sedujo. Volver a la tele después de muchos años –Casados con hijos fue lo último en 2006–, y de la mano de Juan José, es maravilloso. No se está haciendo tele, sino cine. Creo que faltaba un producto así, de hecho, recuperamos gente que se había ido de la televisión abierta porque estaban completamente saturados de lo que veían y optaron por el cable. Ahora volvieron porque a través de este programa hay una vuelta de rosca, y nos encanta que pase eso. Esto es algo nuevo, distinto, y la gente valora la calidad.
–En “El hombre de tu vida” su personaje va cambiando de pretendiente en cada capítulo, ¿cómo genera empatía con las actrices en tan poco tiempo? Tuve compañeras extraordinarias, porque además de ser buenas actrices, tienen buena onda. En El hombre de tu vida hay una vibra espectacular, un equipo descojonante, divertido, que ama lo que hace. Es un clima genial, la pasamos bomba. Cada una de las actrices que vienen, saben que tienen en las manos algo valioso y le ponen una garra tremenda. Han venido actrices que son excelentes, pero acá pelan algo distinto porque tienen un texto brillante para lucirse. Lógicamente puedo tener más amistad con una que con otra, pero empatía tuve con todas.
–¿A qué cree que se debe el éxito de la tira? Encontró un nicho ideal. Creo que tiene mucho contenido porque habla de la soledad en la adultez, de la relación padre-hijo, de la soledad de la mujer, de cómo les cuesta vincularse a los adultos; sobre todo en esta etapa de tanto chat, Messenger, Facebook. La tira trata de volver a lo de antes, de tener un contacto, de poder hablar, que te escuchen, que te mimen, de poder entender al universo femenino que es tan particular.
Este hombre se desvive por entenderlas y después hay una chantada para desencantarlas y que sigan participando.
Pero él hasta se engancha porque las empieza a entender.
La recepción fue positiva y masiva, lo ve gente de todas las 18 María Eva Iglesias 19 edades, hombres y mujeres, la temática es llamativa, tiene mucha ternura el programa, los personajes son muy queribles; como el cura políticamente incorrecto (Luis Brandoni) que es adorable.
–¿Cree que haber ganado el Premio Oscar con “El secreto de sus ojos”, lo ubicó en otro lugar profesionalmente?
No creo que sea puntualmente por la película, sino que pienso que fue algo que vino de una sucesión de contenidos diferentes y muy interesantes que me tocó transitar durante un tiempo. Y fueron cosas que sucedieron antes de El secreto de sus ojos. Podría decir que comenzó todo con Rudo y Cursi (NR: film dirigido por Alfonso Cuarón y protagonizado por Gael García Bernal y Diego Luna, en el que Francella encarnó el papel de un representante de jugadores de fútbol). Fue una película para la que me eligieron a través de un casting, algo muy atípico porque en Argentina no hacemos audiciones. Pero, además, hace siete años que estoy incursionando en distintos proyectos, como comedias musicales, por ejemplo El joven Frankenstein o Productores. En teatro hice Los reyes de la risa, junto con Alfredo Alcón… Y en cine hice cosas como Los Marziano que es una película en la que hay una óptica diferente. Estoy recibiendo contenidos nuevos, que siempre me gustaron.
–¿Cómo fue el casting para “Rudo y Cursi”? Me llamaron para una audición y me asombró mucho porque es algo que ya no suelo hacer. A esta altura, y al ser conocido, que venga alguien a juzgar mi expresión para ver si sirvo o no para algo me pareció medio raro. Pero me contaron que era una producción del maravilloso trío mexicano que componen Alejandro González Iñarritu, Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón y acepté, además porque me dijeron que era con Gael García Bernal y Diego Luna, y además leí el libro y me fascinó. Finalmente, la decisión en el casting fue unánime de ellos para conmigo, y resultó muy interesante incluso como experiencia meramente personal, porque me gustó que me vuelva a doler la panza por los nervios como al principio de mi carrera.
–¿Cómo fue encarnar el personaje de Pablo Sandoval en “El secreto de sus ojos”? Fue muy movilizante. Juan (Campanella) buscaba una estética puntual para el personaje, quería alguien de una manera determinada, con un look muy particular: la ropa, los anteojos. Después trabajamos mucho en componer la personalidad de Sandoval, porque era un alcohólico, pero no quería caer en el lugar común de esos que se les traba la lengua al hablar, sino que tenía ganas de que sea un adicto al alcohol de los que nunca pierden el estilo por más muertos que estén, que los soplás y se caen al suelo pero ellos mantienen toda una actitud. A mí me gustaba salir de noche, me sentaba en la barra y observaba todo, charlaba con el barman, con amigos; y así he visto a gente muy colocada que no podía ni bajar del taburete, pero no eran borrachos que daban vergüenza, al contrario: ponían un pie en tierra, el otro pie en tierra y decían “hasta mañana”. Yo los miraba encantado, los tipos mantenían la conversación, te miraban a los ojos, pero estaban muertos.
–¿Cree que a partir de este personaje se derrumbó el prejuicio de que un comediante no puede hacer un papel dramático? Hay un preconcepto. Al ser alguien muy conocido a través de la comedia, hay reticencia a la hora de convocar para hacer otra propuesta que no tenga que ver sólo con hacer reír. Más allá de que saben que un buen comediante puede transitar los dos géneros, les cuesta –y más– si uno es muy popular, hay algo que los paraliza para darte un papel dramático. El temor de que tu sola presencia distraiga lo que ellos quieren contar. Afortunadamente esto ya no me ocurre, pero sí me ha pasado, hablaban muy bien de mí pero no me llamaban para trabajar.
–¿Nunca se sintió tentado por la dirección? Me encanta dirigir actores. He dirigido en teatro con La cena de los tontos, junto con Adrián Suar, y me fue muy bien, me gustó mucho hacerlo, fue una muy linda experiencia. Al cine le tengo un poco más de respeto, no es que no lo tenga por el teatro, pero me daría un poco más de temor. Creo que hay que saber contar con una cámara, yo puedo manejar actores, me escuchan, tengo ingerencia, les propongo cosas; pero saber contar con una cámara, no es lo mismo que contar desde una puesta teatral. Creo que tal vez con una historia chiquita, íntima, me animaría, no con una gran película. La verdad es que tengo ganas de hacerlo.
–La dupla Francella-Campanella parece implacable, ¿por qué cree que funcionan? Tal vez porque parece que nos hubiésemos conocido de toda la vida. Pegamos una onda… al tercer día de estar filmando la película ya comíamos juntos, tomábamos café, nos hacíamos devoluciones telefónicas de horas, mails extensos; lo quiero muchísimo, somos amigos. Él habla y me trae recuerdos de un millón de cosas, por eso lo cargo y lo llamo “Enrique, el antiguo” (NR: personaje que encarnaba Francella en Poné a Francella) porque se acuerda de comerciales viejos: cada palabra,
cada gesto, frase. Es un tipo maravilloso, y el respeto y la admiración son mutuos.
–Si pudiera elegir, ¿con qué director le gustaría trabajar? Acá hay muy buenos directores. Me gustan mucho Damián Szifrón, Juan Taratuto, Daniel Burman, Adrián Caetano, Pablo Trapero, Carlos Sorín. Tuve el placer de trabajar con una directora de un gran talento como es Ana Katz, en Los Marziano, por la que en septiembre viajamos a San Sebastián, la película está nominada.
–¿Le queda algún desafío por transitar en tu carrera? Siempre hay algo nuevo que te da ganas de seguir, lo nuevo es lo que me atrae. Sobre todo cuando el proyecto me entusiasma, le pongo garra, me llena de buena vibra y energía. Lo que esté por encarar, una vez elegido y analizado, hace que me sume a la idea con mucha pila y felicidad.