Proceso de registro

María Kodama - “Éramos de otro planeta”

A 25 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges, dialogamos con María Kodama para que nos hable de su relación con el escritor.
Por Pablo Bassi.


María Kodama nos recibe en la fundación internacional que dirige y lleva el nombre de su ex esposo. Está apresurada en su andar y hablar. Comenta que sus días están llenos de actividades y viajes, en particular durante 2011, en el que se cumplen 25 años de la muerte del maestro. Sus primeras palabras hacen eje en la literatura universal y borgeana, en las ciencias, en la pedagogía y en las impresiones que Borges vertía al respecto. Es un ejercicio que practica desde que decidió mantener viva, aún más, la memoria de su compañero. Sabe, sin embargo, que nosotros vinimos a conocer su historia de amor. Sobre la que pocas veces profundizó en público y por la que hasta ha denegado ciertas entrevistas periodísticas. Entre tantas versiones circulantes, sólo sus respuestas constituyen la historia oficial. 

 
–¿Cómo fue su primer encuentro con Borges? A mis cinco años aprendía inglés en mi casa con una señora cuyo sistema de enseñanza era sintetizar en español lo que ella deliberadamente leía en inglés. Un día estaba leyendo César y Cleopatra, de  George Shaw. Luego de un tiempo, me leyó “Dos poemas ingleses”, de Borges. Me dijo que me fije en cómo un hombre puede seducir a una mujer con personalidades absolutamente distintas. César, de un modo, y este hombre, de otro. Y yo quedé fascinada en lo que este otro hombre le ofrecía a una mujer. Porque en ese poema él le dice a ella: “Estoy tratando de sobornarte con mi incertidumbre, con mi fracaso, con el hambre de mi corazón”. A mí me impresionó horrores. No sabía qué era seducir, pero entendía que era mucho más profundo que lo que César le ofrecía a Cleopatra. Eso me marcó, fue el primero de mis enamoramientos, propio de una niña a los cinco años: determinante y fatal.
 
–Es interesante cómo algunas cosas se transmiten sin entenderlas intelectualmente, ¿no? Borges, de algún modo, decía que la belleza se siente como la cercanía del mar o de una mujer... Es así. Hay cosas de las que no necesitás del intelecto para que te lleguen o te toquen. De niña leí “Las ruinas circulares”, que continúa siendo mi cuento preferido. No lo entendí, pero sentí la belleza, esa cosa misteriosa que no podía llegar a develar, pero que cuando creciera iba a entender.
 
–A los doce años conoció por primera vez a Borges en persona… Sí, un amigo de mi padre, fanático de Borges, pidió permiso a mi madre para llevarme a una conferencia que daba ese hombre. Le comentó que si me gustaba la literatura y me gustaba escribir, tenía que conocerlo por lo menos una vez en la vida. Fuimos, cuando ingresé a la sala la observé llena de gente. Mi angustia de entonces era tener que abrir la boca en casa cuando había más de tres invitados. Cuando vi entrar a Borges quedé azorada porque lo vi más tímido que yo. Cuando empezó a hablar con la voz baja que tenía, más bien monótona, y la gente absorbía fascinada sus palabras, me dije: si este hombre habla, de grande voy a poder dar clases. Poder enseñar era mi sueño de entonces. Para mí fue importantísima esa seguridad que transmitió.
 
–Años más tarde hubo un segundo encuentro, casual…Había ido a comprar libros a la calle Florida. Ya era casi miope y me lo llevé por delante (risas). Le pedí disculpas y cuando lo vi le dije que había escuchado una conferencia suya. “Ah ¿sí?, qué bien”, comentó. “Y ¿de qué trabaja?”, preguntó. Le conté que todavía estaba en el secundario y que seguiría estudiando. Entonces me invitó a estudiar juntos anglosajón. Me hacía la interesante, pero no sabía qué era anglosajón. Le pregunté y me dijo “inglés antiguo”. “Ah, Shakespeare”, atiné a decir. “No, más antiguo, del siglo IX”, me respondió. Y me confesó que él tampoco lo había estudiado. Entonces acepté diciéndole que podíamos divertirnos. Ahí empezamos. La historia entre Kodama y Borges parece haber transitado toda la vida adulta de ella, a la par de las relaciones de él con otras mujeres. Recién después de la muerte de la madre del escritor, en 1975, trascendió en público el vínculo que los unía. La  asistencia que ella le prestó, los viajes juntos y la dedicación que el autor le hizo en un poema y un cuento lo revelaron. 
Nuestra entrevistada nos cuenta que nunca quiso ser madre, pero siempre quiso enseñar. Concluye que, para ella, es mejor enseñar que ser mala madre. Nos precisa, además, los chistes que sus amigos le hacían: “¿Por qué salís con ese viejo de los laberintos y de los espejos?” le reprochaban. “Así es cuando escribe, hablando es divino”, lo defendía Kodama.
 
–¿Qué aspectos de la personalidad de Borges la atrajeron, por fuera de los intelectuales? Me encantaba su sensibilidad. 
El hecho de, muchas veces, no necesitar palabras para expresar lo que sentía ante determinadas cosas. Lo que más me fascinaba, que también me sigue fascinando, es esa forma de no tener traición. Es decir, ser totalmente libre, no ser rebaño, pensar y decir lo que quería, aunque eso le costara lo que le costó. Eso, para mí, es un hombre. Eso no tiene precio. Quizás es un valor más importante de lo que puede valorarse de él como creador.
 
–¿En qué momento sintió que estaba enamorada de Borges? Quizás a los cinco años, sin darme cuenta. Es difícil cuando algo está tan mezclado.
 
–¿Cuándo sintió que ese enamoramiento era recíproco? Él comenzó primero con sus declaraciones amorosas.
 
–Imagino que fue antes de que le empezara a dedicar parte de su obra… Eso fue antes, por supuesto. La dedicatoria fue el resultado de una larga relación, compleja, llena de matices, que la gente no puede entender, ni entenderá nunca. Nosotros éramos de otro planeta.
 
–¿Qué le molestaba de Borges? La verdad, nada. Cuando él murió me lo pregunté, pero no encontré algo que me hubiese molestado, que me hubiese dolido. Para mí, era peor esa respuesta.
 
–La diferencia de edad que los separaba, ¿fue un obstáculo en algún aspecto de la relación? No, para nada. Yo siempre les decía a mis amigos que no sentía esa diferencia, porque lo importante es lo que transmite una persona. Eso es lo que hace que un vínculo sea indestructible o que se destruya a los meses de casados. Nunca me transmitió que era una persona muy mayor. Él me decía que, con nosotros, Freud se había perdido el complejo del abuelito y se mataba de risa. Él se lo tomaba todo de esa manera. Es difícil decir lo que te transmite alguien tan especial: es como estar fuera del tiempo, de la historia.
 
–¿Hubo sobreprotección de su parte, por la edad de Borges, por su ceguera? Para nada. La sobreprotección estaba en tratar que las cosas muy locas que hemos hecho, muy locas, fueran lo más seguras para él. La vida es riesgo.
 
–¿Nunca la tuteó? No, ni yo a él. Como a mi padre, que yo lo trataba de usted y por su apellido. Borges quería tutearme pero me decía que no podía si yo lo trataba de usted, porque era ponerme en un plano de inferioridad. Una vez, cuando subimos a un taxi y el chofer me dijo “qué tal, María, ¿cómo te va?”, Borges me preguntó: “¿Pero usted lo conoce?” (risas). El “vos”, para mí, es como antes el “usted”. La forma justamente de la intimidad es el usted. Un día me dijo que si yo estaba empeñada en que nos tratáramos como las viejas parejas criollas, como en el interior, estaba bien.
 
–Explíquenos la dedicatoria que usted le hace a Borges en su lápida… En el anverso está la imagen de seis guerreros con sus espadas rotas luchando. Ésa es la cobertura del primer libro que Borges me regaló, que era sobre literatura anglosajona. Él me decía que esa imagen correspondía a la tradición escandinava, según la cual cuando el Señor moría, todo el ejército se dejaba matar luchando con sus espadas rotas. En el reverso, hay una imagen de una nave vikinga, con la proa hacia el este, como enterraban a sus muertos los vikingos. La dedicatoria reza: “De Ulrica a Javier Otárola” (NR: título de un cuento de Borges y de su personaje principal), que eran algunos de los nombres que nos dábamos en la intimidad, como todas las parejas, como gatito, ratoncito, lo que fuera. Con Borges no podían ser otros nombres (risas).
 
–¿Cómo fue escribir con él? Hemos escrito Antología anglosajona, una traducción. Él quería que yo escribiera el prólogo y yo no quería. Se armaban unas discusiones terribles. Él me dijo que escribiera el prólogo porque era como nuestro certificado de fin de curso. “Usted ha estudiado conmigo, no la he ayudado en nada, usted está totalmente loca”, me decía (risas). Luego vino La alucinación de Gylfi, el estudio del islandés.
 
–¿Mantener la memoria de Borges luego de muerto es una satisfacción o una carga? No fue nunca una carga. Mi trabajo fue que su persona no entrara en el limbo. Algunos editores me contaban que cuando los escritores mueren, ingresan en un período de silencio: no se los nombra. Los editores me hicieron ver que el trabajo que he hecho con Borges lo ha mantenido real. Homenajes, conferencias, simposios son parte de un trabajo permanente que me lleva la vida.
 
 
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