Mi hermano menor, buen lector, conoció hace poco a una chica que salía de vacaciones y que por eso estaba por comprarse varios libros. Él, atento, quiso recomendarle algunas lecturas. La chica lo miró desconfiada y le dijo: “Sí, pero a mí me gusta solamente la literatura independiente”. Cuando me lo contó, nos reímos. ¿Qué habrá querido decir con eso? Y me acordé de una de las tantas boutades de Borges, cuando le preguntaron por el compromiso literario: “Yo tenía entendido que sólo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante”. El de editor es un oficio que suele ser tan fundamental como invisible. Un editor habla a través de su catálogo, es decir, de los libros que decide publicar (y de los tantos otros que jamás entregará a imprenta). Es probable que, por eso mismo, la mayoría de los lectores no reconozca demasiados nombres en esta serie: Edgardo Russo, Adriana Astuti, Sandra Contreras, Damián Tabarovsky, Luis Chitarroni, Miguel Balager, Américo Cristófalo, Leonora Djament. Y sin embargo, a ellos y a unos cuantos más, responsables de los sellos llamados independientes (en oposición a las casas editoriales grandes, de capitales transnacionales) los lectores argentinos les debemos si no todo, mucho de lo mejor que se ha publicado en materia literaria en nuestro país en los últimos quince años. La Bestia Equilátera, editorial nacida a fines de 2006, viene alimentando las librerías locales, pausada pero sostenidamente, de títulos y autores interesantes y pocos difundidos en la Argentina: Muriel Spark, Julian Maclaren-Ross, Arthur Machen, Maurice Renard. En 2010 publicó la que tal vez haya sido la mejor novela extranjera de ese año: Los enamorados, de Alfred Hayes. Y a fines del año pasado, antes de que la temporada estival duerma los catálogos de las casas editoras hasta principios de marzo, lanzó los seis relatos reunidos bajo el título Amor ciego, del escritor inglés V. S. Pritchett (1900-1997).
Salvo por algunas ediciones mexicanas de sus novelas y ensayos, la obra de Pritchett brillaba por su ausencia en la Argentina (sobre todo sus relatos breves, que alcanzan para llenar las mil páginas de sus Collected Stories). Viajero incansable, combatiente en la Segunda Guerra, amigo y consejero de Alfred Hitchcock, este libro abre la posibilidad de que los lectores argentinos tomen contacto con uno de los maestros del cuento del siglo XX.
Con un talento evidente para las descripciones y los diálogos, y la creación del terreno propicio para que se desarrollen las pasiones (los seis cuentos hablan, de diversas maneras, del amor; en los seis aparecen, también, mujeres por las que los hombres pierden la cabeza), el libro abre con el relato que le da nombre al volumen: la inolvidable relación entre el ciego señor Armitage y su asistente, la señora Johnson, cuyo secreto y terror es una infamante marca de nacimiento: “Bajando desde el cuello por sobre el hombro izquierdo hasta el pecho y más allá, dilatándose como una lengua hacia la espalda, había una mancha horrenda, oscura como la sangre, que hacía pensar en un pedazo de hígado en la vidriera de una carnicería o en una isla obscena, de bordes irregulares. Era como si le hubieran arrojado un tarro de pintura encima”.
Es poco probable que aquella chica que conoció mi hermano haya encontrado el libro de Pritchett en su búsqueda de literatura independiente, sea lo que sea que eso signifique. Lo único seguro es que en estas casi trescientas páginas lo único que hay es buena literatura, a secas.