La historia de Attaque 77 se remonta a 1987, cuando Mariano Martínez, cantante, guitarrista y productor artístico, era apenas un adolescente. El front man de uno de los grupos con más fanáticos del país, otorgó pormenores de su nuevo disco acústico, fruto de un show en el Teatro Ópera. Además, ofreció una mirada alejada del estereotipo roquero sobre su relación con la música.
–¿Como surgió la idea de hacer un disco acústico? A lo largo de los años, fue creciendo entre los que formamos parte del grupo, la idea de experimentar con distintos instrumentos, sonidos, ritmos y formas de ejecución. Esto fue a partir de la idea de correr los límites de lo que se supone es nuestro estilo –básicamente punk– y lograr una identidad y un clima algo más personales. Era un paso natural en la evolución del grupo, y una forma de redescubrir las canciones y sus melodías ocultas debajo de esa pared de guitarras distorsionadas que definió nuestro sonido durante todos estos años.
–¿Qué significado tiene para usted la música, y cómo se aplica a este trabajo en particular? Para mí la música es una forma de conectar con mi espiritualidad y, a la vez, mi forma de comunicarme y sentirme libre. Por eso creo que me gusta la idea de encontrarnos en desafíos que en el pasado hubiesen Mariano Martínez sido impensados. Este es un poco el espíritu de este proyecto. Esta experiencia, por otra parte, nos exige como músicos y nos obliga a mejorar como instrumentistas. Me gusta pensarlo como una especie de regalo para los fans del grupo que viven con tanta intensidad cada instancia de nuestra carrera.
–¿Siendo usted el productor artístico del grupo, cómo trabajó en este proyecto en particular? En una primera etapa, trabajé en nuestro estudio en Córdoba, recopilando material de toda nuestra discografía. Hice una preselección de canciones y grabé demos que distribuí entre mis compañeros. Una siguiente etapa fue de ensayos del trío para, finalmente, ensayar con todos los músicos invitados, lo que terminó siendo algo así como una orquesta de rock. Además de trabajar en lo musical, arreglos, sonidos, etc., intenté profundizar en esto de cómo conecta cada uno con la música, para acercarnos a un ánimo grupal de relax y confianza, fundamental para lograr el resultado que quería.
–¿Van a encarar una gira para presentarlo? En principio, este concierto fue grabado en audio, por Álvaro Villagra, quien grabó varios de nuestros discos, y en imagen con ocho cámaras. Ahora estamos trabajando sobre ese material para editarlo en CD y DVD. Seguramente, una vez que se encuentre editado, saldremos a mostrarlo. Nos gusta mucho viajar. Lo nuestro siempre fue estar de gira por todo el país y America Latina.
–¿Cuáles son los instrumentos que se sumaron durante la presentación en el Teatro Ópera? A la formación clásica del grupo (guitarra, bajo y batería) se le sumaron piano y acordeón a cargo de Lucas Ninci, que es nuestro tecladista invitado permanente, y otra guitarra rítmica, percusión, un cuarteto de cuerdas conformado por contrabajo, dos chelos y violín, saxo y la trompeta de Gillespie en dos canciones.
–¿Como fue la recepción del público, acostumbrado a algo diferente? Muy buena. Igualmente, muchos grandes artistas de rock nacional e internacional lo hicieron, por lo cual no era tan descabellado. Imagino que habría incertidumbre por la forma en que lo resolveríamos, pero en el show percibí que las versiones gustaban.
–¿Cómo vive la conexión con el público en lo personal? En el 87, cuando empezamos, yo tenía 16 años. Al año siguiente ya teníamos muchos seguidores y en dos años éramos el grupo de moda de aquel momento. Con 19 años, no podía andar por la calle porque me volvían loco. Todo esto en la cabeza de un adolescente callejero como lo era yo, fue algo difícil de sobrellevar. Con el tiempo fui evolucionando de la locura paranoica de esas épocas, a la gratitud. Últimamente, terminé de entender lo importante que es lo que hacemos para muchas personas y lo importante que es para un artista el reconocimiento del público, a pesar de que no seamos lo que se dice un grupo complaciente. Hoy en día valoro ese intercambio, me gusta creer que trabajo para darle alegría a la gente.
–Cuéntenos acerca de su rol como productor de otros músicos… Algunos me buscan porque quieren lograr un sonido similar al de Attaque 77. A mí me interesan los trabajos que se alejan de nuestro estilo. El disco que más me gustó hacer fue Sachamanca amuicu, del grupo de folclore cordobés Los sacha. Fue un verdadero desafío producir un disco como este. Aprendí muchísimo sobre la música de nuestra tierra ¡y quedó un disco bárbaro! El estudio es un lugar intimidante para muchos músicos, ya que se encuentran cara a cara con sus debilidades y falencias. Siempre me interesó que la experiencia de grabar sea de aprendizaje para que el músico mejore su forma de tocar y su actitud. Soy muy exigente en el estudio y, a la vez, ser productor me sirve para ejercitar la paciencia, algo que me cuesta ejercer por naturaleza.
–Tiene una gran colección de discos, ¿cuándo empezó a ser melómano? Desde chico. Cuando tenía 8 años, era boy scout y me fui de campamento a Miramar. Mi madre me dio algo de dinero para comprarme alguna cosita en alguna incursión al centro de la ciudad. Los demás chicos jugaban videojuegos y compraban golosinas en el kiosco. Yo me privé de todo eso y me compré un disco de Otis Reading que vi de oferta en una disquería. Fue el primer disco que me conseguí. Recuerdo volver del campamento en un camión de acoplado, muerto de frío porque se nos había roto el micro, aferrado a mi disco como un verdadero tesoro. Nunca dejé de comprarme discos y no voy a parar hasta no llenar todas las paredes de mi casa.
–¿Cuándo, cómo y por qué se hizo vegetariano? A los 17 o 18 años. Más que nada por una cuestión ideológica. Nunca me uní a ningún grupo pero iba por todos lados tratando de difundir estas ideas y todo el mundo se burlaba de mí. Me decían “¿Qué comés, pasto?” o “¡La lechuga también es un ser vivo y vos te la comés!” y otras cosas por el estilo. Con el tiempo, me cansé de tratar de convencer a todo el mundo y me empecé a callar la boca. Pero mi corazón siente igual que en aquel entonces.
–Eligió Tanti como lugar para pasar buena parte de su tiempo, ¿por qué? Se fue dando gradualmente. Necesitaba un cambio. A la distancia empecé a disfrutar de cosas de la ciudad que en su momento me daban fobia. La montaña y el río puede decirse que constituyen mi lugar, pero paso mucho tiempo en Buenos Aires y hoy lo disfruto. Compro mis discos, voy a recitales, a ver teatro y me vuelvo. Irme me ayudó a encontrar cierta conexión con mi espiritualidad...
–Toca, además de la guitarra, bajo y batería, ¿es de pasar mucho tiempo con sus instrumentos? Justamente en Tanti tengo el estudio de grabación y mucho tiempo libre para incursionar en instrumentos que no domino tanto. ¡Ahora estoy con el ukelele! Allá estoy siempre componiendo y grabándome. Armo los demos de las canciones nuevas grabando batería, bajo, guitarras, teclados, etc. Esto es el mejor ejercicio para dominar cualquier instrumento y para cantar mejor. Claro, paso días sin hablar con nadie, al punto de haber tenido parejas celosas de esto y amigos preocupados por mi salud mental, cuando en realidad esta es mi forma de mantenerme cuerdo. (Risas)
–¿Cuáles son los artistas por los que se siente influenciado o inspirado actualmente? Los Manseros Santiagueños.