Proceso de registro

Carlos Fuentes - No hay temas banales si hay escritores buenos

 

Días antes de su fallecimiento, el escritor mexicano dialogó con Quid.
A modo de tributo a su obra, transcribimos parte de esa entrevista. 
Por Osvaldo Patri

Carlos Fuentes estuvo en Buenos Aires, alojado en el ostentoso Hotel Alvear donde nos recibió. Conoció de sobra esta ciudad en la que vivió de pequeño, como en tantas otras, como todo hijo de diplomático. Esta circunstancia le permitió conocer de cerca los Estados Unidos de Franklin Roosevelt, el México de Lázaro Cárdenas y el Chile del Frente Popular de fines del 30. Su conciencia política, en este sentido, fue despierta.
A horas de la conferencia que dictaría en la Feria del Libro, en la que se despachó sobre política latinoamericana y literatura, el escritor mexicano abrió las puertas de la Sala Cancillería para hablar de sus nuevos ocho cuentos cortos reunidos en Carolina Grau y de su reciente ensayo La gran novela latinoamericana que coinciden, justamente, con el 50º aniversario de la primera edición de La muerte de Artemio Cruz, novela que habla del poder y las relaciones sociales en la Revolución Mexicana, y que lo erigió entre los mejores de este continente.
Fuentes fue un cronista de su tiempo, investido de autor o librepensador. Polémico, nos dijo haber preferido no conocer a Borges para quedarse con su literatura. Humilde, nos confesó no haber leído al chileno Roberto Bolaño. Audaz, se posicionó a favor de la despenalización del consumo de estupefacientes, en contra de los candidatos presidenciales Osvaldo Patri de su país y simpatizante de la reelección del presidente Barack Obama.
–¿Cómo ha incidido La muerte de Artemio Cruz en la opinión pública mexicana? No puedo decir nada. Cuando uno termina de escribir una novela, esta tiene vida propia, es como tener un hijo. Yo no he vuelto a leerla, y si lo hubiese hecho quizás moriría de susto
–“Carolina Grau” puede leerse como una novela, como relatos cortos independientes atravesados por un mismo personaje… ¿Cuáles son sus grandes temas subterráneos? No hay temas subterráneos, sino uno muy evidente. Carolina Grau es una mujer, la única mujer protagonista de ocho cuentos diferentes, en los que a veces aparece como sirvienta en un restaurante, a veces es una diosa indígena, a veces una mujer de las ciencias. Va adoptando una serie de transfiguraciones. Carolina Grau es siempre Carolina Grau. Es un juego que hago para pasar de la formalidad que existe en la novela o el cuento, o en el cuento-novela o en la novela-cuento. El factor de unión es esta mujer que tiene un poder de meta psicosis o metamorfosis.
–¿Cuál fue el criterio para seleccionar los autores que aborda en La gran novela latinoamericana? No es una enciclopedia, sino un diario personal. Hablo de lo que me interesa y he leído, nunca escribo de lo que no me interesa ni he leído. Hay muchos ausentes: en algunos casos, autores que no me gustan; en otros, autores que no he leído.
–¿Las urgencias de los escritores latinoamericanos actuales son las mismas que la de su generación? Hace menos de un año estuve en el Salón del Libro de París. Me asombró que en la feria, dedicada a México, estuviesen presentes 47 escritores mexicanos. En mi época, éramos cuatro o cinco los conocidos. Aquella generación descendía de poetas, de Pablo Neruda, de Vicente Huidobro y de los primeros novelistas que fundaron la novela moderna, como por ejemplo Alejo Carpentier. Lo que sigue extendiéndose es la cantidad de escritores. Nosotros sentíamos la obligación de contar lo que no se había dicho de la historia de México. La generación actual escribe sobre veinte mil asuntos: sobre su vida familiar, divorcios, niños, pesadillas, ocupaciones.
–¿Temas banales? No hay temas banales si hay escritores buenos.
–¿Cómo juzga el “boom latinoamericano”? Fue muy importante porque estableció una continuidad. El boom no hubiese existido sin los novelistas y cuentistas renovadores: Carpentier, Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar. Ellos, a su vez, no hubiesen existido sin la renovación del lenguaje de Rubén Darío, César Vallejo, Neruda. Hay un fenómeno de desarrollo del lenguaje que se traduce de la poesía a la literatura. Somos herederos de esos poetas y esos novelistas.
–¿Sigue siendo amigo de Gabriel García Márquez? Sí, claro, nos reímos mucho. En 1968, Checoslovaquia decidió que no había habido invasión rusa. “Seguiremos adelante con la primavera de Praga, como si nada, por lo menos culturalmente”, dirían. En octubre, entonces, invitaron a Jean Paul Sarte y Simone de Beauvoir. En noviembre, a Günter Grass. En diciembre, a García Márquez, Cortázar y yo. Hacía un frío escandaloso en Praga, y había un divorcio entre la sociedad y el sistema. Checoslovaquia era industrializada y avanzada; el régimen soviético la retrasaba. Nos había recibido nuestro amigo Milan Kundera, que era secretario de trenes o algo así. Éramos seguidos por agentes con gorros, pero nos reíamos mucho. Para despistar, García Márquez dijo que se iba a ir la sinfónica de Praga. Cortázar que se iba a ir a escuchar jazz. “Y tú, Carlos”, me decían, “tú le vas a hablar a los obreros”.
–¿Cómo era Cortázar? Era muy bueno. La persona más buena que conocí. Bondadoso y a la vez furioso con lo que no quería. Era un amigo y le tuve mucho respeto como escritor y como persona. Atento, inteligente, afectuoso.
¿Cree usted que los nuevos soportes de comunicación e información atentan contra la lectura? Estoy a favor de todos los desarrollos de la información y la comunicación. Muchos conducen a la lectura o crean escritores nuevos. Antes, muchos autores no encontraban editor, pero hoy se editan a sí mismos. Incluso pueden encontrarse obras desaparecidas del mapa. Mi padre leía libros que yo no pude, pero ahora puedo. No es mala la situación que existe, mucha gente se queja porque necesita el objeto físico, pero lo importante es que el libro exista y se lea. Hoy hay más lectores que nunca.
–¿Qué futuro le augura a la novela? Uno ha visto pasar la prensa, la radio, el cine, la televisión y los medios nuevos, pero la novela pervive. ¿Por qué pervive? Debería estar muerta desde hace mucho tiempo. Pervive porque la novela dice lo que no puede decirse de otra manera. Crimen y castigo era una noticia de la prensa. Rojo y negro, también. Pero si se hubiesen quedado como noticias de la prensa, se hubiesen olvidado. En ellas hay un proceso de creación. Un nuevo trabajo creador está llegando a su fin. Carlos Fuentes se encuentra en la etapa final de su próxima novela, Federico en su balcón. Se trata de los diálogos que entabla con Nietzsche sobre una serie de pasajes novelísticos, luego de la redención que Dios le otorgara a modo de segunda oportunidad, tras el célebre “Dios ha muerto”. La muerte suya, asimismo, lo mantuvo ocupado. Nos confiesa con naturalidad, haberse reservado un lugar en el cementerio de Montparnasse de París, junto con su compatriota Porfirio Díaz, Sarte y Beauvoir. “Allí me espera un monumento muy muy lindo”, afirma y sonríe. Mientras tanto, continúa leyendo. Una vez por año retoma El Quijote para mantener viva la lengua, y descubrir que un gran libro se lee siempre por primera vez. “Ahorita” dice estar terminando Mañana o pasado, de Jorge Castañeda, y El living, de Martín Caparrós.

 
 
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