——Se suele decir que el grupo es una suma de talentos distintos. ¿Podría describir lo que aporta cada uno? Sobre todo en cuanto a los diferentes perfiles de artistas que tienen…
Sí, el grupo es una suma de talentos. Cada cual tiene aptitudes y gustos, pero no hay ninguno que aporte sólo una cosa. Simplificando, se podría decir que tenemos dos muy buenos actores —Mundstock y Rabinovich— y tres muy buenos músicos y compositores: Maronna, Núñez y yo [López Puccio]. Pero nada es tan sencillo. Mundstock y yo —para arruinar la simplificación— somos los que más escribimos textos (para las canciones o para las escenas teatrales). Núñez es quien más aporta en el tema instrumentos. Rabinovich es un magnífico improvisador en escena, capaz de enriquecer lo ya escrito. Y los “no actores” muchas veces hacemos de actores.
También en bagaje cultural, en estudios, en conocimientos que pueden enriquecer al producto, somos cinco personalidades bien diferentes. Y por si esto fuera poco, nuestros gustos musicales aunque nunca chocan, difieren. Con trazo grueso podría decirte que Núñez transitó el repertorio clásico para piano, pero que le gusta mucho el jazz; Rabinovich ama sobre todo el folclore (y el jazz y la música clásica); Maronna pasó por varios lugares como compositor e intérprete, desde el rock hasta el dodecafonismo; Marcos es operómano (pero no excluyente) y hasta hizo varios años el programa del Colón por televisión, y yo soy ante todo director de música coral contemporánea. Te imaginás que, con esta paleta, cada cual tiene muy diversas cosas para aportar.
——¿Cómo son los períodos compositivos después de tantos años juntos?
Hemos logrado reducir considerablemente las leves diferencias, los agravios personales y la lucha cuerpo a cuerpo. Pero todavía en épocas de creación se nos hace todo difícil; tanto hacia afuera, hacia el público: que siempre espera más de nosotros, como hacia adentro: cada autor debe enfrentarse con la crítica de los demás integrantes, defender sus proyectos y a veces lograr alianzas para persuadir a todo el grupo de que vale la pena embarcarse en alguna de sus locas ideas. Un caos pero bastante virtuoso, porque al final el resultado lleva la firma, el imprimatur, de todos. Les Luthiers es un verdadero modelo de democracia: siempre tendemos a que las decisiones se tomen por amplia mayoría, y en lo posible por unanimidad. Y para lograr esto hace falta acordar, consensuar, escuchar... esas cosas del pensamiento plural.
——¿Cómo se manejan con la realidad y la política?
Pareciera que Les Luthiers siempre está haciendo equilibrio entre la realidad sociopolítica y la crítica… ¿Hay algún argentino que no haga eso?
——¿Creen que el público argentino se sigue riendo de las mismas cosas? ¿De qué nos reímos?
Yo, del Indec.
——¿De qué cosas es imposible reírse?
De cualquier cosa por la que alguien sufra.
——¿Hay una fórmula para hacer buen humor entre varios?
No hay tal fórmula. Ante todo habría que definir qué es eso de “buen humor” porque seguramente significa cosas diferentes para cada uno. Mi respuesta personal, mis tres “sí”, podrían ser: 1) universalidad; mi “buen humor” debe construirse sobre situaciones humanas —universales— en las que no debe haber una víctima, un burlado y un victimario (a menos que alguien se lo merezca mucho); 2) elegancia en la estructura del chiste; y 3) pulcritud y economía en el lenguaje y en la actuación (esto implica algo así como una relación entre el esfuerzo desplegado y el efecto producido: si un humorista necesita barbotar diez groserías en diez segundos para producir cierta risa pero esa misma risa puede producirse con algunas correctas palabras laboriosamente ordenadas y un mínimo desgaste actoral en los mismos diez segundos, mi elección es clara).
——¿Quién es la persona más graciosa que conoce y por qué?
No creo que yo pueda establecer en grados absolutos cuán graciosa es una persona. Hace falta ponderar esa cualidad refiriéndola al contexto: cultural, artístico, social, etc. Por esto cierta persona me resulta muy graciosa en un contexto y poco en otro. Y ni hablemos de que hay días en los que nada me resulta gracioso: alguien es más o menos gracioso según muchas variables que también tienen que ver con su público. Para divagar sobre el tema con una obviedad: no es lo mismo escuchar un chiste sobre el matrimonio gay en la Argentina de hoy, que en Londres en la época victoriana. Y hablando de la época victoriana… Creo que allí tenemos buenos ancestros: el humor musical de Gilbert y Sullivan, o el siempre imprecisamente referido “humor inglés”, el de (cierto) Bernard Shaw o el Oscar Wilde de La importancia de llamarse Ernesto. De ese caldero surgió, extendiendo la vara, el grupo Monty Python. Ellos estarían entre los que más me divierten. Les Luthiers competiría en su categoría pero, claro, no debo comparar siendo juez y parte.
——¿A usted, Puccio, qué lo pone de buen humor en esos días en los que uno quiere quedarse en la cama tapado hasta la cabeza?
Una buena idea: quedarme en la cama tapado hasta la cabeza. Otra: supongo que, aunque parezca cursi, el amor todo lo puede. Estar enamorado o ser querido por una persona real o imaginaria (algo que siempre ocurre simultáneamente) a cualquiera lo pone de mejor humor. También me pone de mejor humor ver un poco de Monty Python, hasta que la persona en cuestión se calle la boca.