——Algunos hablan de un lenguaje propio y novedoso dentro del programa que llevan adelante con Capusotto…
Si es que existe, surge de las limitaciones y creo que lo que lo hace contemporáneo es la velocidad con la que se informa, sumada al gran temor vanidoso mío y de Diego a aburrir. Ese temor hace que todo el tiempo vayamos a lo que importa. Y las limitaciones de las que hablo son muchas: tengo un solo actor ante cámara con posibilidades escenográficas mínimas. Y son mínimas por propia decisión, para hacer todo lo menos engorroso posible.
——Eso lo transforma en una suerte de hombre orquesta…
Cuanta menos gente hay en un proceso, menor es la neurosis. Con el tiempo fui aprendiendo que si yo soy el que produzco y decido el cuadro, todo se va a ajustar a lo que quiero yo, y eso hace las cosas más expeditivas. No es algo que me cueste, al contrario: me gusta y me lleva menos trabajo que hablar con un equipo numeroso de gente.
——Es decir que la posibilidad de dirigir cine no lo tienta…
No. Estudié cine porque quería ser director y empecé de muy jovencito a trabajar en películas como Esperando la carroza o Los chicos de la guerra y me pareció que el mundo del cine exigía un esfuerzo infame. El trabajo que lleva un guión, salir a buscar un productor, tiempos absurdos como dos años para que algo se encamine. No por nada [Jean Luc] Godard decía que el director de cine en algún momento se transforma en un hombre atrás de un productor. A mí me parece que esa terrible falta de inmediatez me jugaría en contra. Siento que con esas dilaciones, al momento de filmar un guión ya tendría ganas de cambiarlo. En cambio, con la televisión es distinto: hay una inmediatez que se lleva mejor conmigo. Después estudié periodismo, que también tiene una búsqueda narrativa y descriptiva que se emparenta en alguna medida con el cine, pero tiene la inmediatez que me interesa, esta cuestión de la crónica directa, el ir a ver para contar. El periodismo me dio una oportunidad excepcional para asomarme a un montón de lugares a los que si no sos periodista no te podés asomar.
——También dio clases en una escuela de periodismo…
Sí y fue un fracaso total [Risas]. Me aburría. Rápidamente detecté distintos grupos de alumnos: los que iban porque no tenían un carajo que hacer, los que eran brutos pero le ponían onda y unos pocos más informados y con algo de voluntad de hacer cosas. La clase estaba dividida y muchos no me daban bola. Me pareció espantoso lo que hacían y eso que era un taller que había inventado a mi manera. Es decir que aun haciendo algo sobre la base de mis ideas había escollos, quilombos y muy pocas soluciones.
——Y lo humorístico, ¿cuándo surgió?
Aquella intención de ser director de cine en algún momento tuvo que ver con imágenes casi infantiles, siempre referidas a cosas humorísticas. Cuando empecé a estudiar, la referencia más fuerte dentro de lo humorístico (y en general también) fue Buster Keaton. Por supuesto que me gustaban los Hermanos Marx y los Monty Python pero algo así como amor sólo sentí por Keaton. Iba a la Lugones, al Cineclub Núcleo o adonde fuera para ver sus películas. Sin embargo, a fines de los 80, no se me ocurría hacer humor como algo posible. Pero fatalmente, cuando dejé el cine y empecé con el periodismo, apareció un concurso de guiones de humor y escribimos algo con Omar Quiroga. Ganamos sin saber ni siquiera para qué era. Luego supimos que lo organizaba Radio Mitre y era para escribirle guiones a Mario Sapag, con quien sólo duramos una semana, ni siquiera llegamos a hablar con él. El tipo no nos quería conocer. Pero en la radio gustó lo que hacíamos y nos instaron a seguir. Empezamos con el humor político porque nos parecía más vinculado con la militancia y el periodismo, que era lo que queríamos hacer. En efecto, hacíamos muchas producciones periodísticas tipo “El mundo de los cabarets” o “El puerto” y esas cosas que se te ocurren cuando estás copado con la investigación, sin siquiera figurar en los títulos. Solamente aparecíamos en los títulos en lo relacionado con el humor.
——¿Percibe muchos cambios en la forma de hacer humor en aquellos años y en el presente?
Hoy el humor es parte de todo: Chiche Gelblung jode, Luis Majul se hace el gracioso, hay imitadores en programas no humorísticos, etcétera. Entonces el humor perdió sutileza porque todo el mundo puede ejercerlo y además hay que ser muy evidente.
——¿Cree que el humor se banalizó?
No creo que se haya banalizado, creo que todo el mundo se descontracturó. Uno de los primeros en hacer eso fue Mauro Viale, quien antes de su etapa bizarra hacía periodismo político, y era un tipo que tenía ganas de romper las pelotas y lo hacía. Hoy todo el mundo hace reír. También está el reírse de lo que a uno le gusta, que es un gran ejercicio. A mí me encanta Borges pero también me puedo reír o puedo, al menos, ser consciente de que tenía mucho de viejo choto y gorila de mierda que se hacía mucho el pelotudo. A mí entonces me gusta tanto leerlo como reírme de mi gusto por leerlo. Y también el humor tiene algo de empatía en el sentido de decirle al que te ve “Che, ¿no te pasa esto o lo otro?”.
——Una de los aspectos actuales de los que se ríen en su programa es Facebook…
Eso tiene que ver con una idea que podría resumirse en “No puede ser la vida tan vulgar”. Los elementos para que se vulgarice la vida: los niveles de entretenimiento, la adquisición de vivencialidad de emociones que no tenemos, sino que miramos desde afuera, es demasiado grande. Por eso nos reímos de Facebook, que está buenísimo sólo en la medida en que no reemplace el contacto con otros. El celular es otra cosa cada día más incorporada a la vida como indispensable, ya ves gente por la calle que parece que habla sola. No quiero que me dejen como una gallina con la luz prendida para que me crea que es de día, ni quiero que me digan que la vida es maravillosa gracias a que puedo ver a Bruce Willis haciendo hacer lo que yo quiero hacer con un solo clic [Risas].
——Cubriendo tantos frentes en el programa de televisión como la escritura, la grabación y la edición, ¿cuál le gusta más?
Cuando me junto con Diego a pensar ideas —aunque es la instancia más angustiante también en la medida en que no se te ocurra algo— pero cuando se te ocurre es como orgásmica porque hay satisfacción y te reís mucho. Nos tendrías que ver las caras. Desde afuera se ven dos tarados, dos idiotas, científicamente hablando [Risas]. Diego es una persona que se ríe de lo que piensa, yo no. Él, cuando tiene una idea, se la ves asomar por la cara. Cuando tiene alguna idea iluminada se empieza a reír solo. En cambio yo tiro las ideas serio y, si él se ríe, sabemos que es algo que va a funcionar.
——Hay una importante reflexión sobre diversos temas en lo que usted hace, ¿hasta qué punto está calculada?
Si percibís alguna reflexión que escape o exceda al humor es algo que sale antes de cualquier especulación o cálculo, algo que tiene que ver con cómo somos nosotros. No está presente esta cosa de decir “Voy a construir una metáfora”, en todo caso la metáfora surge sola. A mí me es más cómodo escribir sobre cosas que me gustan y buscar contrastes. Me provoca gracia que Borges empiece a hablar de la eternidad y termine vendiendo una hamburguesa. Y esto es porque me interesa el tema del tiempo, y me resulta más cómodo salir desde un lugar como ése para hacer un chiste.
——La fantasía de algunas personas es que usted y Capusotto la pasan genial trabajando…
La fantasía de la gente es que nos cagamos de risa todo el tiempo y no es así. Hay mucha neurosis en lo que hacemos. Yo lo compadezco a Diego porque tiene que poner el cuerpo.
——¿Y qué lo seduce de la forma de hacer humor de él?
Una de las cosas más maravillosas de Diego es que él se autoinmola en su humor. Él hace de pelotudo y jamás se ríe de otro que no sea él, no responde al estereotipo del capocómico argentino que siempre tiene un gil del cual reírse. Hay un libro de Julio Mafud que se llama Sicología de la viveza criolla que es un tema que también toca Jauretche y que, en algún momento, habla de una estructura de soporte del humor necesariamente ligada a la barra. La barra de amigos como objeto social donde hay un vivo que se autoconstruye como humorista, a través de poner en evidencia la estupidez de otro que en general es tomado de punto. Diego no tiene nada que ver con esto, no necesita a ningún pelotudo para hacerse valer como humorista. Esa viveza fundada en reírse de un idiota no está basada en la inteligencia. A mí no me gustan mucho las frases pero hay una que es pertinente y que dice algo así como que un vivo es alguien que sale bien parado de una situación en la que una persona inteligente no cae. Y hay como una idolatría hacia la viveza, cuando en realidad posiblemente sea un conjunto de mediocridades ordenadas de modo tal que parezca que ahí hay algún brillo. Este libro que te decía coloca a la viveza en un lugar de construcción aspiracional, es la aspiración del mediocre.
——¿Alguna vez ejerció la autocensura?
No recuerdo que la hayamos ejercido con Diego, ni en PCYSV ni en Todo por dos pesos. Quizás algo en cuanto a la guarangada, pero con otras cosas, no. Hay una pregunta clásica: “¿Harían chistes con los desaparecidos?”. Lógicamente no lo haríamos porque no nos surge y no nos da risa, no por autocensura. Por otro lado, la autocensura es algo constante en la vida de cada uno. La forma es un modo de la censura, si querés, y ahí entra a jugar algo aún más personal. Yo leo la revista Barcelona y me divierte porque son más zarpados de lo que yo puedo ser. No importa por qué se zarpan más, no importa si es por la experiencia, la formación cultural, el soporte, no interesa, lo cierto es que yo no lo puedo hacer pero me divierte. Tampoco sé cómo se hace un programa de 31 puntos de rating, no sé como se hace.
——Algunos hablan de un lenguaje propio y novedoso dentro del programa que llevan adelante con Capusotto…
Si es que existe, surge de las limitaciones y creo que lo que lo hace contemporáneo es la velocidad con la que se informa, sumada al gran temor vanidoso mío y de Diego a aburrir. Ese temor hace que todo el tiempo vayamos a lo que importa. Y las limitaciones de las que hablo son muchas: tengo un solo actor ante cámara con posibilidades escenográficas mínimas. Y son mínimas por propia decisión, para hacer todo lo menos engorroso posible.
——Eso lo transforma en una suerte de hombre orquesta…
Cuanta menos gente hay en un proceso, menor es la neurosis. Con el tiempo fui aprendiendo que si yo soy el que produzco y decido el cuadro, todo se va a ajustar a lo que quiero yo, y eso hace las cosas más expeditivas. No es algo que me cueste, al contrario: me gusta y me lleva menos trabajo que hablar con un equipo numeroso de gente.
——Es decir que la posibilidad de dirigir cine no lo tienta…
No. Estudié cine porque quería ser director y empecé de muy jovencito a trabajar en películas como Esperando la carroza o Los chicos de la guerra y me pareció que el mundo del cine exigía un esfuerzo infame. El trabajo que lleva un guión, salir a buscar un productor, tiempos absurdos como dos años para que algo se encamine. No por nada [Jean Luc] Godard decía que el director de cine en algún momento se transforma en un hombre atrás de un productor. A mí me parece que esa terrible falta de inmediatez me jugaría en contra. Siento que con esas dilaciones, al momento de filmar un guión ya tendría ganas de cambiarlo. En cambio, con la televisión es distinto: hay una inmediatez que se lleva mejor conmigo. Después estudié periodismo, que también tiene una búsqueda narrativa y descriptiva que se emparenta en alguna medida con el cine, pero tiene la inmediatez que me interesa, esta cuestión de la crónica directa, el ir a ver para contar. El periodismo me dio una oportunidad excepcional para asomarme a un montón de lugares a los que si no sos periodista no te podés asomar.
——También dio clases en una escuela de periodismo…
Sí y fue un fracaso total [Risas]. Me aburría. Rápidamente detecté distintos grupos de alumnos: los que iban porque no tenían un carajo que hacer, los que eran brutos pero le ponían onda y unos pocos más informados y con algo de voluntad de hacer cosas. La clase estaba dividida y muchos no me daban bola. Me pareció espantoso lo que hacían y eso que era un taller que había inventado a mi manera. Es decir que aun haciendo algo sobre la base de mis ideas había escollos, quilombos y muy pocas soluciones.
——Y lo humorístico, ¿cuándo surgió?
Aquella intención de ser director de cine en algún momento tuvo que ver con imágenes casi infantiles, siempre referidas a cosas humorísticas. Cuando empecé a estudiar, la referencia más fuerte dentro de lo humorístico (y en general también) fue Buster Keaton. Por supuesto que me gustaban los Hermanos Marx y los Monty Python pero algo así como amor sólo sentí por Keaton. Iba a la Lugones, al Cineclub Núcleo o adonde fuera para ver sus películas. Sin embargo, a fines de los 80, no se me ocurría hacer humor como algo posible. Pero fatalmente, cuando dejé el cine y empecé con el periodismo, apareció un concurso de guiones de humor y escribimos algo con Omar Quiroga. Ganamos sin saber ni siquiera para qué era. Luego supimos que lo organizaba Radio Mitre y era para escribirle guiones a Mario Sapag, con quien sólo duramos una semana, ni siquiera llegamos a hablar con él. El tipo no nos quería conocer. Pero en la radio gustó lo que hacíamos y nos instaron a seguir. Empezamos con el humor político porque nos parecía más vinculado con la militancia y el periodismo, que era lo que queríamos hacer. En efecto, hacíamos muchas producciones periodísticas tipo “El mundo de los cabarets” o “El puerto” y esas cosas que se te ocurren cuando estás copado con la investigación, sin siquiera figurar en los títulos. Solamente aparecíamos en los títulos en lo relacionado con el humor.
——¿Percibe muchos cambios en la forma de hacer humor en aquellos años y en el presente?
Hoy el humor es parte de todo: Chiche Gelblung jode, Luis Majul se hace el gracioso, hay imitadores en programas no humorísticos, etcétera. Entonces el humor perdió sutileza porque todo el mundo puede ejercerlo y además hay que ser muy evidente.
——¿Cree que el humor se banalizó?
No creo que se haya banalizado, creo que todo el mundo se descontracturó. Uno de los primeros en hacer eso fue Mauro Viale, quien antes de su etapa bizarra hacía periodismo político, y era un tipo que tenía ganas de romper las pelotas y lo hacía. Hoy todo el mundo hace reír. También está el reírse de lo que a uno le gusta, que es un gran ejercicio. A mí me encanta Borges pero también me puedo reír o puedo, al menos, ser consciente de que tenía mucho de viejo choto y gorila de mierda que se hacía mucho el pelotudo. A mí entonces me gusta tanto leerlo como reírme de mi gusto por leerlo. Y también el humor tiene algo de empatía en el sentido de decirle al que te ve “Che, ¿no te pasa esto o lo otro?”.
——Una de los aspectos actuales de los que se ríen en su programa es Facebook…
Eso tiene que ver con una idea que podría resumirse en “No puede ser la vida tan vulgar”. Los elementos para que se vulgarice la vida: los niveles de entretenimiento, la adquisición de vivencialidad de emociones que no tenemos, sino que miramos desde afuera, es demasiado grande. Por eso nos reímos de Facebook, que está buenísimo sólo en la medida en que no reemplace el contacto con otros. El celular es otra cosa cada día más incorporada a la vida como indispensable, ya ves gente por la calle que parece que habla sola. No quiero que me dejen como una gallina con la luz prendida para que me crea que es de día, ni quiero que me digan que la vida es maravillosa gracias a que puedo ver a Bruce Willis haciendo hacer lo que yo quiero hacer con un solo clic [Risas].
——Cubriendo tantos frentes en el programa de televisión como la escritura, la grabación y la edición, ¿cuál le gusta más?
Cuando me junto con Diego a pensar ideas —aunque es la instancia más angustiante también en la medida en que no se te ocurra algo— pero cuando se te ocurre es como orgásmica porque hay satisfacción y te reís mucho. Nos tendrías que ver las caras. Desde afuera se ven dos tarados, dos idiotas, científicamente hablando [Risas]. Diego es una persona que se ríe de lo que piensa, yo no. Él, cuando tiene una idea, se la ves asomar por la cara. Cuando tiene alguna idea iluminada se empieza a reír solo. En cambio yo tiro las ideas serio y, si él se ríe, sabemos que es algo que va a funcionar.
——Hay una importante reflexión sobre diversos temas en lo que usted hace, ¿hasta qué punto está calculada?
Si percibís alguna reflexión que escape o exceda al humor es algo que sale antes de cualquier especulación o cálculo, algo que tiene que ver con cómo somos nosotros. No está presente esta cosa de decir “Voy a construir una metáfora”, en todo caso la metáfora surge sola. A mí me es más cómodo escribir sobre cosas que me gustan y buscar contrastes. Me provoca gracia que Borges empiece a hablar de la eternidad y termine vendiendo una hamburguesa. Y esto es porque me interesa el tema del tiempo, y me resulta más cómodo salir desde un lugar como ése para hacer un chiste.
——La fantasía de algunas personas es que usted y Capusotto la pasan genial trabajando…
La fantasía de la gente es que nos cagamos de risa todo el tiempo y no es así. Hay mucha neurosis en lo que hacemos. Yo lo compadezco a Diego porque tiene que poner el cuerpo.
——¿Y qué lo seduce de la forma de hacer humor de él?
Una de las cosas más maravillosas de Diego es que él se autoinmola en su humor. Él hace de pelotudo y jamás se ríe de otro que no sea él, no responde al estereotipo del capocómico argentino que siempre tiene un gil del cual reírse. Hay un libro de Julio Mafud que se llama Sicología de la viveza criolla que es un tema que también toca Jauretche y que, en algún momento, habla de una estructura de soporte del humor necesariamente ligada a la barra. La barra de amigos como objeto social donde hay un vivo que se autoconstruye como humorista, a través de poner en evidencia la estupidez de otro que en general es tomado de punto. Diego no tiene nada que ver con esto, no necesita a ningún pelotudo para hacerse valer como humorista. Esa viveza fundada en reírse de un idiota no está basada en la inteligencia. A mí no me gustan mucho las frases pero hay una que es pertinente y que dice algo así como que un vivo es alguien que sale bien parado de una situación en la que una persona inteligente no cae. Y hay como una idolatría hacia la viveza, cuando en realidad posiblemente sea un conjunto de mediocridades ordenadas de modo tal que parezca que ahí hay algún brillo. Este libro que te decía coloca a la viveza en un lugar de construcción aspiracional, es la aspiración del mediocre.
——¿Alguna vez ejerció la autocensura?
No recuerdo que la hayamos ejercido con Diego, ni en PCYSV ni en Todo por dos pesos. Quizás algo en cuanto a la guarangada, pero con otras cosas, no. Hay una pregunta clásica: “¿Harían chistes con los desaparecidos?”. Lógicamente no lo haríamos porque no nos surge y no nos da risa, no por autocensura. Por otro lado, la autocensura es algo constante en la vida de cada uno. La forma es un modo de la censura, si querés, y ahí entra a jugar algo aún más personal. Yo leo la revista Barcelona y me divierte porque son más zarpados de lo que yo puedo ser. No importa por qué se zarpan más, no importa si es por la experiencia, la formación cultural, el soporte, no interesa, lo cierto es que yo no lo puedo hacer pero me divierte. Tampoco sé cómo se hace un programa de 31 puntos de rating, no sé como se hace.