——Si hiciera un recorrido de todos los personajes que encarnó ¿hay alguna cualidad que reconoce como propia
en cada uno de ellos?
No sé si son cualidades que encuentro en mí, sino más bien momentos que coinciden en mi vida. Cuando hice La malasangre, el personaje que interpreté era un ser humillado permanentemente por el poder, y a pesar de ello conserva su dignidad y nobleza, una gran perseverancia en sus valores. En aquel momento yo tenía una crisis interna con respecto a mi carrera, pensaba que lo que hacía en televisión estaba disociado de lo que hacía en teatro... era como una especie de locura. Al haber pasado por el Conservatorio tenía un ideal maravilloso de lo que significaba la realidad actoral, pero eso estaba muy lejos de lo que en realidad es. Sentía cierta hostilidad que no sabía bien de qué se trataba de acuerdo a cómo sentía que tenían que ser las cosas. Por supuesto son siempre juegos de subjetividad. Parecería que el juego está armado y hay algunas ecuaciones en las que tenés que entrar para que funcione. Sentía que como actor tenía que etiquetarme con algún lugar, si estaba en una novela tenía que ser un galán, si estaba en un papel de teatro clásico, entonces era un actor serio... a algunos nos cuesta más tiempo determinar cuál es la personalidad actoral. En mi caso, yo no tomé ninguna decisión al respecto, simplemente me sigo moviendo, y no la quiero tomar tampoco.
——¿Y hoy cómo se las arregla para que no lo etiqueten como galán o “actor serio”?
A partir de La malasangre esto calzó de alguna manera. Surgió Montecristo y entre uno y otro había muchos puntos en común. Se complementaban. El espectador que veía Montecristo también podía ver La malasangre, fue la primera vez que sucedió. Venía de hacer Soy Gitano que fue mi primera experiencia de éxito y lo lógico hubiera sido hacer lo mismo en el teatro pero elegí interpretar a Don Chicho en el Cervantes, dirigido por Leonor Manso, y el público que iba por Soy Gitano no entendía muy bien qué pasaba, se encontraba con otra cosa, y a mí me gustaba eso, pero todavía era una búsqueda. Siento que eso está empatado. Con Montecristo el público era más amplio, entonces se encontraba con alguien que podía interpretar otra cosa, porque al fin y al cabo soy un actor. Cada personaje que hice siempre tuvo que ver con lo que estaba viviendo en ese momento y cada personaje me obliga a entrar en una dimensión no sólo profesional y expresiva sino también en un mundo que a uno lo enriquece como ser humano.
——¿Cuál fue el personaje más difícil de abordar?
Cuando hice Rey Lear, dirigido por Rubén Schumacher, Elgar, el personaje que yo interpreté es una gran víctima y prácticamente no tenía acción, fue la primera vez que me tocó un personaje así. Shakespeare lo utiliza para hablar de los tópicos de su época, los mandatos, etc., y como lo hace él esos tópicos resultan universales. Mi personaje arrancaba con una ingenuidad pasmosa y terminaba siendo rey no por mérito propio sino porque era el único sobreviviente. Pero después de todo ese recorrido que hacía, termina viendo el horror de esos hijos con esos padres, un poco de la nada al todo. Yo siento la vida así, uno va perdiendo esa ingenuidad para descubrir nuevos conocimientos que a veces no son agradables y esa sorpresa hace que uno sea más realista, menos adolescente, por más que haya todo un aparato para que uno se mantenga en la adolescencia. No podemos hacernos los boludos, porque si mirás un poco mejor, se ve la realidad y esa ilusión de la adolescencia se acaba. Debe ser uno de los pocos personajes que tienen un recorrido tan largo. Ese personaje fue difícil porque era una situación de austeridad porque Schumacher dirige de esa manera. Elgar dice lo que piensa pero no lo siente, sólo verbaliza. Segismundo [personaje de La vida es sueño] también hace un recorrido semejante pero lo hace desde una torre, sin ningún contacto humano, y para mí es lo que me dijo Breitas para encararlo, comienza desde una ingenuidad total, uno de los pocos personajes que hace un recorrido impresionante, de bestia a rey, de crueldad, de sorpresa, zigzagueante, un thriller filosófico, de mucha acción, de mucha violencia. Por eso Calixto [Bieto] me indicó que lo trabajara como si fuera un preso contemporáneo. Con ese personaje aprendí muchísimo también, donde vas preparándote, abriendo tus recursos para
todos lados, y cada noche algo más se destrababa en mí, “ah, esto es así”, muy estimulante, muy hermoso.
——¿Qué personaje le gustaría encarnar?
Yo siento mucha atracción por los personajes clásicos pero últimamente, en los últimos años pienso mucho en Ignatius Reilly, el protagonista de La conjura de los necios [novela publicada póstumamente y escrita por John Kennedy Toole], y en Michel, el protagonista de Plataforma [novela escrita por Michel Houellebecq], los héroes de hoy, no es fácil ser héroe... yo la dejé a los seis años la capita de Batman. Pero es un camino muy doloroso, muy solitario también. No es lo que cuenta Hollywood, ellos cuentan historias demoledoras de acción o a superproducciones, lo atractivo es cuando vos ves las historias más interesantes como Magnolia, que están más cerca de la realidad. Pero como personaje prefiero más el lado sucio, tipo “maldito policía” a encarnar a Poncharello de Chips. Pero creo que todos tenemos que luchar con eso, no repetirnos ni a nosotros mismos. Veo que el vínculo con el afuera cada vez es más escueto, es como una góndola, y bueno, si vos entrás a este supermercado, si ves esa caja brillante, elegís por el sabor o la parafernalia que se ha armado. El llamado sentido común es tan obvio, tan avasallador y tan estúpido... Pero no quiero pertenecer a las minorías, en el sentido de lo mediático, compramos todos. La contracultura, un fenómeno de los 90 ahora también está dentro de ese supermercado, el discurso la absorbió. Absorbe todo. El único de aquel momento que viene zafando y por eso lo admiro y lo respeto es Capusotto, es el único.
——Incursionó en el cine...
Sí, con Luis Ortega [ver pág. 57] trabajé en la adaptación del cuento de Yukio Mishima, Muerte en el estío. Yo tengo muy poca experiencia en el cine y es muy diferente a todo lo demás. Me encantó trabajar con él, con Julieta [Ortega] y [Alejandro] Urdapilleta. Fue muy interesante porque tiene un mundo impredecible, una mirada muy personal y es muy creativo. Fue un honor.
——¿Después de Segismundo?
Ahora empiezo a ensayar una obra que se estrena en junio dirigida por Javier Daulte, Una lluvia constante con Rodrigo de la Serna interpretaremos a dos policías, son los únicos personajes de la obra. Estoy entusiasmado porque es trabajar con dos personas a las que admiro y porque se trata de una puesta en escena intimista.
——¿Se considera un hombre de suerte?
Mi éxito está conectado con mi deseo. Con Calixto llamé yo y les pedí una audición. No creo en eso de no ir a buscar lo que querés porque se te caen los anillos o porque te debilita en una negociación. Mi estilo es ir y buscar lo que quiero.
——Recién una mujer pasó y le dijo “Te caés de lindo”...
Supongo que la mirada del otro tiene mucho peso ¿Cómo se arregla con eso? Yo no creo en nada. Para que algo me parezca verdadero estoy un rato largo, por eso, entonces, lo vivo como un juego. En este trabajo uno está muy expuesto a la mirada del otro, al juicio del otro, ése es el punto. Con terapia de por medio, por supuesto, pude entender que todos hacemos eso, en cinco minutos etiquetamos al otro y armamos una especie de arquetipo: “Bueno, esta persona tiene estas características” y nunca la vemos. Es como un collage, el tema es que es un juego de subjetividades, la mía y la del otro, y allí encontré una puerta que es la improvisación, algo que está pero en un mundo que no se sabe si es ficticio o real, y está ese juego mientras nos cruzamos, y termina ese juego cuando nos dejamos de cruzar. Como recibo ese piropo de la mujer, también recibo cosas negativas... obviamente las cosas “lindas” son más fáciles de digerir. Una vez, cuando hacía tres semanas que estaba en televisión, un pibe me pegó una piña, yo era más chico, pero esa piña a mí me dijo muchas cosas con respecto a la subjetividad de cada persona. Por eso también me hace mal leer las críticas luego del estreno, o a veces no llegás a la madurez del personaje pero te exponés igual todas las noches y aunque uno va metiéndose más a lo largo de las diferentes representaciones, son juicios que a veces no ayudan. Con el tiempo las leo y abonan ese lugar de inseguridad. No siempre la firma se la ponés en el estreno, el público puede llevar la obra para otro lugar.
——¿Qué significa ser actor hoy?
Hoy la palabra actor se ha transformado en algo que poco tiene que ver con el trabajo de actor. Se la quiere hacer pasar por monarquía. Esto es un invento estadounidense, como ellos no tenían monarquía se inventaron al rey Pitt con la consorte Jollie y sus herederos, y eso hace que sea un paradigma a seguir y si la vas fotocopiando, fotocopiando, fotocopiando, termina por ser algo a lo que se ven los hilos. Al ver las sogas descubrís lo que a uno no le gusta mostrar: la ignorancia, los miedos, lo miserable, la inseguridad... porque en los actores hay una zona de mucha necesidad de afecto o inseguridad, más allá de expresar y comunicar, cuanta más fama buscás, más solo estás. Es muy importante reconocer la soledad, si vienen y te dicen “vos sos esto”, de a poquito vas dejando que la subjetividad del otro te vaya moldeando, te vas yendo a un lugar poco saludable. Como no quiero eso para mí, trato de moverme, de no quedarme fijo ni en un personaje ni en una idea específica de lo que quiero. Por eso al principio te decía esto de que no tengo personalidad actoral y tampoco la quiero.
——¿Qué relación tenía con los libros en la infancia?
Mi abuela nos contaba historias, vivía en el campo y asocio mucho el campo con la lectura.
——¿Libros importantes en su vida?
Demian, de Herman Hesse en la adolescencia y luego, muchos años después, a los treinta y pico, en un momento personal muy duro para mí, Ampliación del campo de batalla [Michel Houellebecq].
——¿Qué hay en su biblioteca?
Tengo muchos libros de sociología, filosofía, me gusta ese plan, los ensayos, algunas novelas, técnicas interpretativas. Cuando me casé con Paola [la actriz Paola Krum] mi biblioteca se llenó de novelas. Ella se crió en una casa con muchos libros, su papá era un lector importante, ella lee muchísimo, por Paola conocí a un montón de escritores y comencé a leer novelas.
——¿Le lee a su hija?
Por ahora es lo que se va dando y si estamos con un libro, se lo leo la primera noche pero los días sucesivos se engancha con la mosquita, otro día es el charco de agua, es como armarle cuentos todo el tiempo... Con ella conecto más con la naturaleza, cómo van creciendo las plantas... tal vez porque fui jardinero, así que me copa ese mundo silencioso.
——¿Cómo es eso?
Arreglaba los jardines en Adrogué para juntar plata para viajar. A los catorce y luego durante toda mi adolescencia nos íbamos con amigos a todos lados. Esa cosa lumpen de acampar y comer lo que haya... al día siguiente se armaba una sociedad, uno era el ingeniero, el otro era el osado que se atrevía a ir por lugares que los demás no se animaban... con mis amigos se modificaba lo urbano para dar lugar a que se despierten otras cosas. Por las noches nos quedábamos en silencio mirando el cielo... esos viajes me formaron mucho, eso y haber vivido en Adrogué, donde la clase media está muy mezclada con la clase baja y eso te libera de prejuicios, encontrás otras realidades, podés entender cuánto tienen que ver las decisiones que tomás en la vida y las herramientas que tenés. Y también fue bueno porque podés tomar caminos abiertos, movido por la curiosidad.
——¿Qué le gusta del viaje?
Me gusta irme bien lejos, sobre todo a países distintos culturalmente. Estuve en Kuala Lumpur, Vietnam (y no el Vietnam de ahora, armado para turistas), India, Camboya... Esos primeros días en esos países son los mejores, es como resetear lo que sos vos, lo que está puesto en vos de la sociedad... qué te pertenece y qué está impuesto, dónde está tu argentinidad, quién sos verdaderamente...