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David Lebón: Con una ayudita de mis amigos

LEBONYENNY
LEBONYENNY

“Soy un hombre que ha transitado mucho este camino y lo conozco bien”, suelta David Lebón (Buenos Aires, 1952) y
suena a declaración de principios. Su trayectoria es envidiable: tocó en Pappo’s Blues, Pescado Rabioso, La Pesada del Rock and Roll, Color Humano, Polifemo y Serú Girán, grupos emblemáticos del rock argentino. Arrancó a principios de los 70, cuando volvió a Buenos Aires después de vivir su infancia en Estados Unidos y haber visto en vivo a los Beatles. Ese show en el Shea Stadium (1965) torcería su destino para siempre.
Desde 1973 inició una carrera solista que recorrió de forma intermitente, en paralelo a la actividad de sus bandas, y que, a partir de la separación de Serú Girán en 1982, se dedicó full time. Algunos de sus álbumes se convirtieron en clásicos (El tiempo es veloz), otros mostraron una faceta más moderna (7×7) y también tuvo emotivos registros en vivo, como el CD doble que sacó con Pedro Aznar en el teatro ND Ateneo.
Con sus idas y vueltas, el “Ruso” nunca bajó los brazos y continuó engrosando su cancionero de blues, letras espirituales y exquisitos solos de guitarra. A los 67 años sigue vigente. Su último lanzamiento es un recorrido por sus temas más difundidos, acompañado por invitados de lujo, tal como alguna vez hizo su amigo Pappo o su admirada
Mercedes Sosa. Una celebración en la que convocó a figuras como Fito Páez (“El tiempo es veloz”), Andrés Calamaro
(“Parado en el medio de la vida”) y Ricardo Mollo (“Mundo agradable”), sumado a otra camada más joven (Eruca
Sativa, Lisandro Aristimuño, Emmanuel Horvilleur) y algunas participaciones internacionales (Julieta Venegas,
Carlos Vives, Leiva) que le dieron un tinte más global. La primera presentación en el teatro Gran Rex se agotó y tuvo
que agregar una segunda función para el 9 de noviembre. “Estoy en un momento bárbaro, hacía mucho que no me pasaba algo así”, confiesa, emocionado.

−¿Cómo balanceó el repertorio entre tantas canciones e invitados?

Tuve un equipo increíble alrededor, que trabaja con mucho amor y mucha paz. Me ayudaron a elegir mi esposa
Patricia, mi productor (Gabriel Pedernera, baterista de Eruca Sativa) y la gente de Sony Music. La selección fue
muy variada, tratando de no caer en lo obvio, y gustó mucho. Nunca tuve tanta gente hablándome por las redes sociales. Es impresionante, a este disco lo vivo como un regalo.

−En los videos de la grabación se nota un clima de mucho cariño entre todos los músicos. ¿Cómo lo vivió?

Fue todo muy fresco, nadie estaba nervioso. ¡El único nervioso era yo! Pero no me pongo loco, los nervios son una responsabilidad por los oyentes; quiero que salga todo bien siempre, porque hay discos que grabé y quedaron en el camino, como uno que hice antes de Serú ‘92, que lo produje en Estados Unidos y quedó en la nada.

−Una nueva generación de fans está descubriendo toda su obra con este disco. ¿Qué cree que encuentran en usted?

Este disco les encanta. Si escuchás las primeras versiones, soy un chico. “Dos edificios dorados” (1973), por ejemplo, la
canto originalmente con falsete. Y acá escuchás la versión con Eruca Sativa y se te cae la mandíbula. Y ni hablar los aportes de Coti, Andrés Calamaro, Fito Páez, Mollo… Y todo con un sonido que es el que tenía que tener. Eso se lo debo a Gabriel.

−¿Cómo se dio el reencuentro con Polifemo, su grupo de los años 70, con el que volvió a grabar “Suéltate, rock’n’roll”?

Hacía treinta años que no nos veíamos y arrancamos el tema como lo dejamos la última vez. Nos morimos de risa, porque después de tanto tiempo nos lo acordábamos a la perfección. Lo grabamos de una, sin repasarlo. Había un
feeling bárbaro. Si vos regás una planta, la cuidás y le hablás, esa planta tiene vida y crece. El mundo está hecho con esa energía que te conecta y este disco se armó así. No tengo cómo agradecerle a la banda.

−¿Tiene un segundo volumen en vista?

Sí, me gustaría invitar a monstruos como Eric Clapton o Mick Taylor, algún músico de blues de afuera, si es posible, y que haya partes mías en castellano y partes suyas en inglés. Por ahora son solo planes.

−¿Y argentinos?

Obviamente, en el próximo disco le tocaría a Charly, que no estuvo en este. Lo que pasa es que no quiero juntar a Serú Girán. En agosto me invitó a tocar en el Luna Park con Pedro Aznar y le dije que no porque cada vez que nos reunimos somos Serú Girán sin Oscar Moro. Y yo quisiera que la historia termine como terminó, como un poema, con esa mano en la tapa del último disco (Serú ‘92) diciendo basta. No busco regresos porque el grupo terminó en un lugar increíble, con un disco muy lindo. Volver a armarlo sin Moro, darme vuelta y no verlo ahí conmigo, no sería lo mismo. Haciendo el paralelismo con los Beatles, es como si no estuviera Ringo Starr.

−¿Cómo se lleva con el mote de “leyenda”?

Hace mucho que estoy en esto y, en un principio, me gustaba, pero después me dejó de gustar. Ahora lo tomo como algo normal, como un boxeador viejo al que le siguen diciendo “campeón”. Soy un músico más, como muchos que hay y que va a haber en este país. Eruca Sativa me partieron la cabeza cuando los conocí, espero que aparezcan más grupos como ellos. Hace falta ensayo, armonía, esfuerzo. No es tan fácil como uno cree. No es ropita, ser lindo y tocar.

−¿Hoy podría surgir un nuevo Pescado Rabioso o un nuevo Serú?

No va a haber otro Pescado porque es otra música y otra época. Tipos como yo estamos esperando un recambio. Hace poco escuché a Ed Sheeran, que parece un pibito nerd de la escuela, y es mortal. Acá van a aparecer nuevos talentos, como Lisandro Aristimuño, sin ir más lejos, que cuando lo escuché cantar, me volví loco. Yo no salgo mucho, viví toda mi vida de la música y, cuando llego a casa, lo que menos tengo ganas es de agarrar la guitarra. Quiero disfrutar de mi familia, de mi casa, de mis nietos. Eso sí: el escenario siempre va a estar en primer lugar.

−Algunos músicos de su generación piensan que lo mejor ya pasó y que no hay nada nuevo bajo el sol, pero usted es más del “Mañana es mejor”, como decía Luis Alberto Spinetta…

Claro. Yo voy para adelante con los jóvenes y vamos hacia donde haya que ir.

−¿Ve cierta involución en la industria musical actual, con la vuelta del vinilo y los temas sueltos a modo de singles?

Me parece bien, está bueno frenar un poco. ¿Viste cuando dicen que la retirada es la mejor estrategia para la guerra? Yo siento que en Estados Unidos, donde me crié de chiquito, se vivió todo muy rápido y se apuraron mucho los
procesos. Hoy, a mis 67 años, no me siento viejo. Cuando era chico, a esta edad eras un abuelo retirado ya. La vida útil del músico se expandió, todavía tenemos mucho para dar como artistas. ¡Y mucho por aprender!

−Siempre dice que hace canciones para poder tocar solos de guitarra. ¿Qué le pasa por la cabeza en esos momentos de zapada?

Me encanta porque no tengo que pensar: cierro los ojos y sale. Todos tenemos adentro nuestro a alguien que sabe más que nosotros. Y lo buscamos, lo buscamos y nunca lo perdemos. Cuando te vas a dormir, ¿quién respira por vos? Yo siento que Dios está adentro de cada uno de nosotros. Y cuando tenemos mucho amor y se nos cae una lágrima, sale del corazón y no de la cabeza. Con los solos de guitarra pasa lo mismo.

−¿Qué conexión tiene hoy con Spinetta y Pappo?

Con el que más contacto tengo constantemente es con Luis. No me preguntes por qué, pero pasa, siento su corazón. A veces cuando canto siento que está volando por ahí arriba y se escapa para ver un poquitito del show. Él para mí fue lo que Lennon fue para otros. Cuando lo conocí fue algo increíble; era y es un letrista y un músico de la puta madre. No paro de extrañarlo.