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John Katzenbach: El regreso del Dr. Starks

John Katzenbach (1950, Princeton, Nueva Jersey) acaba de publicar Jaque al psicoanalista, la secuela del libro que lo hizo mundialmente famoso, El psicoanalista, un thriller con el que vendió más de diez millones de copias en todo el mundo. Mucho tiempo pasó desde que el Dr. Frederick Starks, protagonista en ambas novelas, se enfrentara a una familia de psicópatas obsesionada con él. Compuesta por Virgil, la hermana actriz, y Merlin, el hermano abogado, la familia del asesino Rumplestiltskin (el oscurísimo Sr. R) reaparece en la vida de Ricky y lo obliga a jugar un peligroso juego de persecución cuyas pistas se entregan en videos que sugieren una intimidad bajo amenaza. Katzenbach sube la apuesta del thriller psicológico con otra buena dosis de paranoia, manipulación, crímenes y cuentas pendientes.
–En la ficción, para el Dr. Starks pasaron cinco años, mientras que para usted, entre una novela y otra, fueron dieciséis. ¿Por qué tardó tanto en escribir esta segunda parte?
Es que yo no quería saber más nada con Frederick Starks. Pero, en una conversación con un amigo, él me preguntó cómo seguía la vida de mi personaje, qué pasaba después de ese final. Y, en sucesivas charlas, continuó preguntándome sobre Ricky. Así que la historia empezó a cobrar forma en mi cabeza. El problema era que yo tenía ganas de escribir otros libros antes. Fue después de todo el tiempo que me tomó escribir esos libros que volví a pensar seriamente en Ricky.
–Buena parte de la trama de Jaque al psicoanalista gira en torno al ajedrez. En un momento, Ricky analiza el juego de esta manera: “No se trata del jaque mate, sino del rey siendo atrapado y sentenciado, una verdadera psicopatología”. ¿Qué le interesaba del ajedrez como metáfora?
Lo primero que debo decir es que no soy un gran jugador de ajedrez. Me interesa el ajedrez y los juegos de estrategia porque son como microcosmos tanto de la guerra como de la psicología de una batalla. Y de eso trata el libro. Es decir, en la superficie transcurre un thriller, pero en un nivel más profundo la narración trabaja sobre vínculos y relaciones. Cómo se construyen, cómo mutan, cómo se vuelven destructivas.
–En el primer video enviado por el Sr. R, el enemigo íntimo de Ricky, aparece Paddington Bear (célebre personaje de ficción infantil creado por el escritor inglés Michael Bond en 1958). ¿Cree que este oso de peluche entra en la trama como un McGuffin hitchcockiano?
Absolutamente. No quiero revelar demasiado por qué está puesto ahí, para evitar spoilers. Lo que sí puedo decir al respecto es que cualquier recurso, técnica o método resultan válidos para el escritor a la hora de generar en el lector una creencia o intuición de que está frente a una pista, sea falsa o decisiva, para la resolución de la trama. Bueno, se me ocurrió que la figura del osito Paddington era lo suficientemente sugestiva como para lograr ese objetivo.
–Supongo que también ayudan a conseguir eso las muchas referencias culturales contenidas en el libro: Alicia en el país de las maravillas, la Biblia, Cyrano de Bergerac, Por quién doblan las campanas (de Ernest Hemingway) y La muerte y la doncella (tanto la composición de Schubert como la obra de teatro de Ariel Dorfman).
Exacto. Cuando incluyo una referencia cultural, sea un libro o una canción popular, lo que busco es manipular a los lectores. Vienen leyendo un thriller y de repente aparece Shakespeare o la Biblia. De alguna forma, esto provoca un pequeño desvío inesperado en la trama. Al mismo tiempo, ofrece a los lectores una posible pista (de nuevo, falsa o no) dentro del camino por el que yo los quiero llevar. Dicho así, esto suena muy científico y calculado. Pero la mayoría de las veces, las referencias culturales surgen solas mientras uno escribe y, en general, decide incluirlas por motivos que no están del todo claros hasta que termina de escribir lo que sea que esté escribiendo.
–En algunos pasajes de la novela, para ganar ritmo o intensidad, usted sustantiva de una forma seca y contundente. Cito solo uno de esos pasajes, hay varios: “Rabia. Motivación. Plan. Obsesión”. ¿Qué importancia tiene el estilo en su escritura?
Para mí es muy importante que el estilo sea funcional a la trama y a los personajes. En otras palabras, el estilo debe servir para que los lectores reconozcan inmediatamente el momento en el que Ricky está pensando cuál será su siguiente paso. Lo mismo con el asesino y su familia. El estilo tiene que adecuarse a los personajes, dar cuenta de cómo razonan, cómo sienten, cuáles son las elucubraciones que determinan sus comportamientos.
–Y en un punto el narrador dice que Ricky “empezó a pensar como una actriz, un abogado, un asesino”. ¿Cómo trabaja el verosímil de su personaje, que atraviesa situaciones extremas para un psicoanalista?
Oh, por esto amo las entrevistas en los países hispanohablantes. Porque me preguntan por la psicología de los personajes, cosa que nadie hace en Estados Unidos (risas). En el caso de Ricky, él comienza a ponerse en los zapatos de los otros. Que, por otra parte, es lo mismo que sucede con los psicoanalistas cuando se produce la transferencia con sus pacientes. Ricky está obligado a pensar como pensarían los otros para de alguna manera explicarse a sí mismo la situación límite en la que está enredado y poder salir de ella. Y pensar como un asesino, aunque lo haga gradualmente, implica un cambio total de mentalidad.
–El final en la iglesia es muy poderoso. ¿Lo tenía en mente cuando se sentó a escribir la novela?
Absolutamente. Creo que el truco de ese final está en que encontré un balance, digamos, porque ahí ocurren muchas cosas a la vez. Busqué que cada elemento en esa escena tuviera la distancia justa entre las acciones. Voy a serle sincero: amé escribir esa escena.
–Sí, eso se nota al leerla.
Es que…, bueno, no quiero adelantar nada a quienes aún no la leyeron. Pero yo en esta novela me propuse narrar, con toda su oscura complejidad, el pozo, por llamarlo de algún modo, en el que Ricky va cayendo y del que intentará salir. Era muy importante para mí que el conflicto estuviera a la altura del primer libro. Aunque, al mismo tiempo, debía ser diferente. No quería escribir el mismo libro. Pero el enfrentamiento del personaje con sus enemigos, en esta segunda parte, tenía que alcanzar una densidad igual o superior a la de la primera. Y la escena de la iglesia me ayudó a conseguirla.
–¿Cuánto tiempo trabajó en esta segunda parte?
Extrañamente, todas mis novelas me toman entre trece y quince meses. Cada vez que me siento a escribir digo “bueno, esta vez va a ser más fácil”. Pero no lo es (risas).
–¿Habrá una tercera?
Al principio, cuando me senté a escribir esta secuela pensé que era el final de la serie de El psicoanalista. Pero si me preguntaban cuatro años atrás si iba a escribir una segunda parte del libro, hubiera respondido que no. Así que prefiero no predecir qué haré en el futuro.