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Matilde Asensi: “Soy una contadora de historias”

Corriendo por las escaleras, así llegó a sus oficios. Matilde Asensi (Alicante, 1962) cuenta que su familia vivía en un edificio de su ciudad natal: en un piso, sus abuelos; en otro, sus padres y el último, su tío. En cada una de esas casas había una biblioteca y ella iba de una a la otra, en búsqueda de más y más fascinaciones. Así se convirtió en lectora. Más tarde, estudió periodismo y empezó a trabajar en los informativos de Radio Nacional de España. Pero ella no quería redactar síntesis de noticias, sino historias. “Cuando me regalaron El nombre de la rosa, empecé a leerlo y no dormí, no desayuné ni almorcé hasta terminar a la tarde siguiente. Fue como un campanazo”, recuerda. Y decidió relatar aventuras. Como el periodismo no le dejaba tiempo libre para la ficción, fue corriendo por otras escaleras. Renunció a la radio y, en 1991, empezó a trabajar como administrativa en un hospital. Cuando salía del trabajo, volvía corriendo a su casa para escribir. Después de ocho años de forjar párrafos, publicó El salón del ámbar, su primera novela, que en la primera semana vendió 10.000 ejemplares. Nadie se asombró más que la autora. Con Iacobus y El último Catón, sus siguientes libros, llegaron los premios y las vidrieras internacionales. Matilde Asensi se transformó en una usina de best sellers.

–¿Qué le genera tener más de 20 millones de lectores?

Me impresiona mucho, es como tener un país. ¿A quién no le impactaría? Pero lo que más me gusta y me emociona es pensar: “Ahora mismo, en este mismo instante, hay alguien leyéndome en alguna parte del mundo”. Eso es fantástico.

–¿Tiene algún miedo como escritora?

Defraudar a mis lectores, que lean un libro mío y no lo disfruten. Porque escribo para ellos. Soy una contadora de historias: primero las invento y luego las cuento de la mejor manera que sé.

–¿Por qué quiso contar aventuras?

Porque me gustan. Son las historias que me gustaría leer si no las escribiera.

–¿Cuál fue el mayor riesgo que asumió como autora?

Empezar a escribir sin saber si lo que escribía le iba a gustar a  alguien y si alguna editorial estaría interesada. Dediqué años de mi vida a trabajar duro sin saber si funcionaría.

–Desde la primera novela a hoy, ¿qué habilidades ganó?

Supongo que escribo mejor. Como el buen vino, un oficio se aprende y se mejora con los años. Mi profesión de periodista me aportó muchísimo (todo, en realidad) en cuanto a contenidos, pero nada en cuanto a técnica de escritura.

–¿Hay algo que le cuesta esfuerzo de la escritura?

Es un proceso apasionante en su fase creativa, cuando descubres algo que dispara todas las campanas de tu cabeza y comienzas a investigar. La historia empieza a asomar el rostro y va creciendo poco a poco, a base de momentos “¡Eureka!”. Toda esta parte es intensa y llena de luz. La parte difícil de mi oficio es la de permanecer meses, sino años, sentada escribiendo. Estoy hablando a nivel físico, no creativo. Escribir es pura belleza pero la inmovilidad se cobra un precio muy alto.

–Hace un tiempo admitió: “Hay días en los que las palabras están duras como el hierro. Y hay otros, en los que todo lo que escribes tiene música”. ¿A qué recurre en los momentos en que las palabras no se dejan moldear?

No recurro a nada y tampoco a nadie. Tengo tanta suerte que no sé qué es un bache creativo. Si no me gusta lo que escribo, lo vuelvo a escribir. Esto sí me pasa muchas veces: reescribir, arreglar o pulir un texto forma parte de un quehacer cotidiano. Cada día comienzo corrigiendo lo escrito el día anterior. Apenas acabo un capítulo, vuelvo a corregirlo todo. Cuando llevo un buen trecho del libro, lo repaso otra vez. Cuando termino de escribirlo, antes de entregarlo, hago una corrección global final y, por último, lo leo en voz alta.

–Una vez que los publica, ¿suele leer sus libros?

No vuelvo a leerlos hasta que pasan algunos años. Entonces, me sorprendo y pienso: “¡Caramba, no está mal!”.

–Como lectora, ¿qué es lo que más le atrae de Sakura, su última novela?

En este momento, de Sakura me gusta casi todo, pero especialmente lo relativo a los colores, el dibujo y la pintura.

–¿Qué lugar ocupa el arte en su vida?

Cuando era muy joven, leyendo a Marguerite Yourcenar, descubrí una frase que hice mía al momento y que ha sido mi guía desde entonces: “Haz de tu vida una obra de arte”. La belleza es alimento para la mente y felicidad para el corazón.

–¿El éxito le dio felicidad?

He luchado muy duro para saber ser feliz cada día de mi vida con las pequeñas cosas que componen la existencia. Me hace feliz despertarme, que salga el sol, que haya paz, disfrutar de un buen libro, ver buenas series en televisión o irme a dormir con la conciencia tranquila y sabiendo que he vivido otro precioso día. Eso es la felicidad para mí y no depende de ningún éxito.

–¿Cuáles son las grandes satisfacciones que le brindó la escritura?

Mi mayor orgullo es ese “país” de lectores del que te hablaba. ¿Cómo pude yo conseguir algo así? Me sorprende. Como lectora, me apunto a lo que dijo mi muy admirado Borges: “Estoy más orgulloso de lo que he leído que de lo que he escrito”.