fbpx

Oscar Martínez: En constante equilibrio

Oscar Martínez

Si bien a mediados de 2014, cuando se estrenó Relatos salvajes, de Damián Szifrón, ya era una leyenda entre los actores nacionales, Oscar Martínez (Buenos Aires, 1949) sentía que tenía como cuenta pendiente lograr continuidad en el cine. En el quinto relato, llamado “La propuesta”, interpretaba a Mauricio, un hombre de fortuna que intenta salvar a su hijo de la cárcel, por haber atropellado a una mujer y huido, a través de una “propuesta económica” a su jardinero hasta que el acuerdo se complica por una sucesión de sobornos que involucran a su abogado y al fiscal de la causa. El impacto de la película fue mayúsculo: récord de público en la Argentina, extraordinarias críticas, una recorrida por los festivales del mundo, premios y hasta una nominación a los Oscar en la categoría Mejor Película Extranjera. Ese fenómeno fue la gota que faltaba en el vaso de Martínez para ganar la regularidad cinematográfica que anhelaba. Se encadenaron los títulos, hasta que con El ciudadano ilustre, de Gastón Duprat y Mariano Cohn, logró consagrarse en el Festival de Cine de Venecia y se convirtió en el primer actor de nuestro continente en levantar la ansiada Copa Volpi y en el segundo de habla hispana, tras Javier Bardem (antes la habían obtenido artistas como Gérard Depardieu, Marcello Mastroianni, Sean Penn, Philip Seymour Hoffman y Jack Lemmon, entre otros).

–La adolescencia suele ser un período de incertidumbre pero en su caso la vocación se manifestó temprano. ¿Cómo resultó ese factor ordenador prematuro?

La vocación temprana es una bendición. En los años de la adolescencia, que suelen ser tiempos tumultuosos y de cambios, a mí la vocación me permitió ordenarme. Fue fantástico que ocurriera así. De hecho, recuerdo que saqué entradas durante unas vacaciones en Mar del Plata para ir a ver a dos monstruos sagrados: Emilio Bianco y Osvaldo Miranda. Yo tenía 14 años y mi hermana 9 y esa función fue como un rayo para mí. Fue una revelación verlos en el escenario, ¡notar que se divertían tanto! A la vuelta, empecé estudiar.

–En esos tiempos, el trabajo era considerado algo físico y no placentero. ¿Sus padres acompañaron esa elección o le plantearon resistencias?

Aceptaron a regañadientes. No ofrecieron resistencia pero yo dejé el colegio y para mi padre, un hombre simple, fue raro. Hoy, en cambio, un joven que plantea en su casa que va a estudiar actuación encuentra menos resistencia. En ese momento, la actuación no era considerada una carrera y los padres se preguntaban “¿De qué va a vivir?”. De todas formas, como yo a los 21 años ya trabajaba como actor resultó más fácil para ellos. Por entonces, fui convocado para hacer Cosa juzgada (el ciclo de unitarios protagonizado por Norma Aleandro, Emilio Alfaro, Carlos Carella, Juan Carlos Gené, Federico Luppi, Bárbara Mujica y Marilina Ross, entre otros, que se emitió en Canal 13 entre 1969 y 1971, dirigido por David Stivel). Fue un trabajo consagratorio para mí y pronto me llamó Fernando Ayala para dos películas consecutivas (en 1971, La gran ruta, y en 1972, El profesor tirabombas), de manera que mis padres muy pronto me vieron convertido en un actor profesional. Con los años, lo entendieron, me miraron con orgullo, fueron testigos de mis premios, de las salas llenas, del reconocimiento. Supieron que había acertado.

–Así arrancó todo para usted respecto de la vocación pero… ¿Cuál fue el personaje que, en el desarrollo de su carrera, marcó su madurez actoral?

Ay, me cuesta determinar eso. Muy temprano me medí con gente venerada, ya sea tanto con actores como directores y, aunque la experiencia de vida es la que te va templando, forjando a lo largo del camino, sí hubo un punto de inflexión. Yo ya había hecho El profesor tirabombas, protagonizada por Luis Sandrini, que era un gigante, era un hombre de una popularidad extraordinaria. Sandrini llegaba a todos los públicos, tocaba a los más humildes y a los otros, era un artista muy querido y pienso que Alfredo Alcón, por ejemplo, era conocido pero no popular como Sandrini. Sin embargo, siento que el punto de inflexión me lo aportó La tregua, de Sergio Renán. Allí, en 1974, eran todos consagrados y yo el único joven. Además, fue la primera película argentina nominada por la Academia de Hollywood.

–El teatro, en especial, pero también la televisión ocuparon gran parte de su vida actoral. Tras Relatos salvajes ganó continuidad en la pantalla grande. ¿Qué le atrajo de ese soporte?

A mí me faltaba esa regularidad. Era una asignatura pendiente. Hasta esa película me convocaban para hacer cine pero esporádicamente. Justo antes del llamado de Damián había hecho El nido vacío (de Daniel Burman, en 2008) y gané como mejor actor en el Festival de San Sebastián pero pasaron ocho años hasta ser convocado para mi papel en ese relato. Por eso, la película de Szifrón fue un hito que me puso en la vidriera, en el foco, me hizo ser tenido en cuenta de otra manera. Y yo esperaba que, alguna vez, me “sucediera el cine”, donde se hace un trabajo muy laborioso, con mucha repetición, un trabajo en el que cuentan los artilugios técnicos. De hecho, a mí me faltaban algunos de esos trucos para lograr disfrutarlo pero ocurrió. Cuando me llegó Relatos salvajes yo estaba haciendo en teatro mi segunda versión de Amadeus, dirigido por Javier Daulte y con Rodrigo de la Serna. Primero fui Mozart y años después Salieri; entonces, se me abrió la puerta del cine.

–Su columna vertebral es la actuación pero también dirige. Actuación y dirección podrían entenderse como dos caras de una actividad presencial. Pero usted le hizo espacio al autor, una actividad de puertas adentro, sin límites temporales o geográficos…

Yo sabía que alguna vez iba a escribir. Primero era un gusto para mí, no eran textos para estrenar, y cuando llegó Ella en mi cabeza fue un éxito descomunal, tanto acá como en el exterior. Es cierto eso que mencionás en la pregunta de la condición “no presencial”, porque al escribir uno está en la función pero de otra forma. De hecho, en ese momento pensé que me iba a correr del actor, de poner el cuerpo por más tiempo pero la vida me llevó por otro lado… Lo cierto es que la conjunción de un actor, director y autor ofrece un hándicap, una gran ventaja a la hora de contar realidades imaginarias. Y esa condición, aunque germinal, siempre estuvo en mí, porque aun como compañero ayudaba a mis colegas a encontrar matices para sus personajes. Reunir esas facetas amplía la conciencia de los tiempos escénicos y pienso en los grandes monstruos de la dramaturgia, como William Shakespeare o Arthur Miller que lo entendían todo pero, en el caso de Molière, él era también actor. Ocurre que el actor es instrumento e instrumentista al mismo tiempo, por eso es difícil dirigir, porque no hay un instrumento sino una persona. En definitiva, las horas de vuelo escénico ayudan mucho para escribir y dirigir entendiendo la composición del actor.

–A propósito de actores, están quienes tienen un rango de personajes muy definido. Usted, en cambio, es uno de los que hace roles muy diferentes.

Sí, es algo que yo procuro. Si pensamos a los actores en términos de instrumentos de una orquesta, están aquellos que podrían ser piano (dúctiles, completos, versátiles) y otros que podrían representar a un triángulo: es decir, son totalmente útiles en una obra, en un registro puntual, pero son instrumentos menos dúctiles. Dentro de esa tipología, pienso que hay algunos nombres que son fuertemente magnéticos, como Alcón (por quién siento un respeto absoluto) pero tenía una personalidad tan grande que era Alcón haciendo de Hamlet, de Ricardo III… La gente quería verlo a él. Son personalidades muy magnéticas, muy seductoras. A mí, en cambio, me complace que se noten las elecciones, me gusta hacer personajes muy distintos entre sí y distintos a mí. Me interesa que el personaje preceda al hombre. En ese sentido, me fascina Meryl Streep, porque siempre encuentro en ella algo nuevo, distinto, otro registro.

–Recibió muchos premios pero la Copa Volpi, del Festival de Venecia, ¿qué significó para usted?

Los premios que he recibido en el exterior tienen un significado especial. No es que no me importe el premio local pero cuando te reconocen afuera solo se juega “ese trabajo”. Ahí no hay portación de cara, ni de historia, ni cartel… Ocurre que yo siempre creí que los premios importan si tienen consenso, sin son genuinos, porque a veces pueden ser el resultado de un error, por ejemplo. Para mí tuvo mucho significado ganar el Ace de Oro a los 47 años. Yo me consideraba un poco joven porque había muchos grandes en la sala donde se realizaba la entrega. Al día siguiente me llamaron de todo el país y entonces recién ahí tomé conciencia de que era genuino, de que había consenso. Volviendo a Venecia, cuando me entregaron la Copa Volpi, también me dieron una lista de los ganadores de años anteriores y allí estaban los nombres de Marcello Mastroianni, Jack Lemmon, Philip Seymour Hoffman, Javier Bardem, etc. ¡No podía creer que mi nombre había quedado en esa lista! Fue emocionante pero ya está. Los premios son la conclusión del reconocimiento pero te exigen, te responsabilizan. Ahora, siento que tengo que estar a la altura de haberlo ganado y tengo un compromiso conmigo mismo. El arte pide excelencia y hay que corroborarlo. No podés creértela, porque te caés del trapecio. Creo que se debe tener confianza en uno mismo pero no idiotizarse, ya que uno trabaja para el reconocimiento pero hay casos de personas que tienen éxito y se aburguesan. Para mí, el éxito te hace trabajar mucho.

–Quiénes fueron sus espejos, esos artistas que nunca se cayeron del trapecio?

Me encanta Daniel Day-Lewis. Veneré a Mastroianni y una anécdota que me ocurrió al ganar la Copa Volpi me conmovió especialmente. Allí me encontré con su hija Chiara y ella me dijo que le recordaba a su padre y fue el mejor elogio. Pero para completar la respuesta, menciono a Gene Hackman, Donald Sutherland, Nino Manfredi, Vittorio Gassman, Gian Maria Volonté, más Max Von Sydow o Erland Josephson, y Jack Lemmon, un actor exquisito, superlativo.