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Ricardo Canaletti: Cuando la muerte visita el palacio

No eran abogados, ni siquiera estudiantes de Derecho. Eran pescadores, verduleras de manos coloradas, campesinos, tenderos, borrachines de bar. Pero cada vez que había un juicio en el pueblo, llegaban en oleada hasta los tribunales. Se sentaban a conocer los detalles, a estremecerse con la astucia del criminal, a conmoverse con el dolor de la víctima. Por la tarde, los viejos –que también habían asistido al juicio por la mañana– iban a la plaza a contarles a los chiquilines del pueblo (que no podían entrar a la audiencia) las alternativas de ese día. Uno de esos nenes que escuchaban fascinados era el padre de Ricardo Canaletti (Buenos Aires, 1955), periodista, abogado y referente indiscutido del periodismo policial en Argentina. Desde hace algunos años, también, autor de la saga “Crímenes sorprendentes” que ya lleva dos volúmenes y acaba de estrenar el tercero: Crímenes sorprendentes de la clase alta argentina. “El pueblito de mi papá se llamaba Trani. Queda cerca de Bari. Y la diversión en Trani era esa: ir a los juicios. Iban los vecinos a escuchar la retórica de esos abogados que tenían una verba que era impresionante. Entonces, el pueblo se reunía para deleitarse escuchando al abogado exponer la historia. Era Cinema Paradiso o Amarcord, que mi viejo también me explicó qué significa. Es “yo recuerdo”, en dialecto. Y Fellini, en esa película, se acuerda de su infancia. Esto tiene que ver con la memoria, por algo los griegos tenían esa condena. Porque es peor acordarte siempre de lo que hiciste que permitirte el lujo de olvidar”, arranca Canaletti. Y sienta una posición o, mejor dicho, un modo de contar, porque todo en la conversación con él será así: lleno de detalles, de minianécdotas incrustadas en una historia mayor. De su padre, dice, heredó esa pasión por narrar. Por recrear mundos enteros (y ya pasados) y volver a encenderlos y a entenderlos. Para eso cuenta desde el clima de época hasta los modos de vestir, habla de las creencias y de los prejuicios de cada sociedad que hemos sido. Pero, en este libro en particular, pone el ojo en una de las zonas más opacas del friso: la alta sociedad. Y para hacerlo revisa diarios antiguos, reconstruye escenarios y paisajes hoy perdidos. Se demora en todo eso que en la televisión se le escapa. Y lo disfruta. Y se le nota.

–¿Por qué regresa a la gráfica cuando se podría haber quedado haciendo televisión? ¿Por qué este gusto por volver a escribir?

¡Tal vez me debería haber quedado siempre en la gráfica! (Risas). Yo lo que sé hacer y lo que aprendí es a escribir. Soy de una época en la que para entrar en un diario había que saber escribir y era la primera pregunta que se hacía: “¿Sabés escribir, pibe?”. “Claro”, respondí yo. Venía de Tribunales, por lo cual tenía una forma de escribir muy estructurada, con mucho cliché, pero además era una escritura muy específica porque manejaba un lenguaje técnico. Y en el periodismo uno se dirige a todo tipo de público. Entonces, lo primero que me dijeron fue eso: que el periodista tenía que saber escribir. A principios de los 80, al menos, no tenía que saber hablar ni actuar. No tenía que saber nada pero sí, con la pluma, atrapar a la gente. Porque este es un trabajo intelectual. Tanto quien escribe como quien lee hacen un trabajo intelectual y se comunican.

–¿Qué edad tenía?

No, yo ya era un gallo viejo… Tenía 32 años. Tenía una vida hecha y, como alguna vez me dijo alguien, tuve dos vidas. Una fue hasta ese momento y en esa me fue todo mal. Sí, me fue todo mal. En muchos aspectos, lo que emprendía no iba. Y después tuve un renacer que fue a partir del periodismo. El periodismo me dio vida, me dio posibilidades y me permitió sacar a relucir algunas cosas que ni yo sabía que tenía.

–¿Era lector de policiales? ¿Leía a Edgar Allan Poe?

Yo leía de todo y sí, a Poe lo leí. Es más, yo tuve la suerte de tener la obra completa de Poe traducida por Julio Cortázar. Y es una maravilla, porque están los poemas y los cuentos, con una biografía que hace Cortázar mismo. Sí, era lector entonces pero no me desvivía. Me gustaba leer pero mucha divulgación científica, astronomía, antropología, algo de sociología…

–Algunas cosas que, de hecho, confluyen a la hora de investigar un crimen.

Claro, y por eso también incluyo tantos recuadros en cada cuento: recuadrito acá, recuadrito allá (carcajada). Buscaba similitudes y además buscaba contextos, porque hay historias que no se entienden si uno no las pone en su contexto. Algo que después se convirtió en una práctica, porque no puedo contar una historia si yo no le cuento al lector –mientras le voy diciendo lo que pasa en la historia– lo que ocurría en un determinado momento histórico. La manera de pensar de la época que, obviamente, no es la nuestra. Cada tiempo tiene su cultura y su manera de ver las cosas.

–¿Y tiene también sus crímenes? ¿Su manera especial de matar?

No, creo que no. Quizá antes, cuando no había armas de fuego. Porque, la pucha, cuando uno tiene un cuchillo en la mano, lo siente. Y hay que tener un temple muy especial para usarlo. Porque la espada te da cierta distancia pero el puñal no. Hay una técnica que se usa mucho en la cárcel cuando uno tiene un arma blanca corta. Pero bueno, tampoco quiero enseñar cómo se hace (risas).

–Perdón, ¿una técnica para qué?

Para asegurarse la muerte. Porque no es que con una puñalada se termina; a veces sí, a veces no. En la película Alatriste se muestra esa manera: el soldado, ya despojado de su armamento y para sobrevivir, con un cuchillito arremete a repetición contra el cuerpo del otro. Taca, taca, taca. Y para eso hay que tener una presencia de ánimo muy especial. Como decía, era otra época. Y cuando decían “Sentirás el frío del acero de mi espada” o cosas por el estilo uno ve que efectivamente es así.

–Pérez Reverte dice más: que “no es español el asco a la sangre”.

No solo no es español sino que no era de esa época tenerle asco a la sangre. Pero igual está muy bien dicho eso.

–Usted lleva escritos varios libros sobre crímenes. ¿Qué criterio usa para elegir cuáles contar?

A mí siempre me pareció que al público, a la gente, le gusta que le cuenten historias. Y las buenas historias siempre lo son, no importa cuándo hayan sucedido. Lo que siempre me pregunto es cómo contar una historia de hace mucho sin que la gente se me escape. Y para eso a mí la historia me tiene que gustar. No me importa la época, voy a tratar de que el público se meta en la historia y se meta en esa época. Porque, en definitiva, las historias humanas son casi siempre las mismas.

–¿Por qué a una historia tan visitada como la de Camila O’Gorman entró nada menos que a través del personaje de su abuela, madame Perichon? ¿Qué le gustó, ahí?

¡La abuela! (Risas). No se me ocurría ninguna manera original de contar el fusilamiento de Camila. Que, en realidad, fue un crimen decidido por una persona con la suma del poder público y a quien no le gustaba esa forma de vivir la vida. Y ahí hay que meterse en la época, porque esa manera de vivir la vida no era la aceptada. En definitiva, no le encontraba la vuelta para presentarle al público algo que, en principio, no supiera de qué se trataba. Al final lo hice, pero tras contar un largo recorrido que tiene que ver con su abuela. Yo había conocido detalles de la vida de Ana Perichon cuando escribí sobre el escape de Beresford en el libro anterior, Crímenes sorprendentes de la historia argentina II (Sudamericana). Para este libro indagué más sobre La Perichona y me atrapó su personalidad y el hecho de que estuvo en la vanguardia en muchos aspectos que hoy se dirían “feministas”. Fue la amante de Liniers. ¡Epa! Fue la a-man-te de Liniers! Murió a los 72 años. ¿Y ahí se acabó todo? Me pregunté cómo cerrar esa historia. Y ahí entró en escena Camila, que en realidad en esta historia de su abuela es, apenas, un recuadro. Pero se me ocurrió pensar en la sangre derramada y en la idea de que, tal vez, la memoria de Ana Perichon sufrió viendo la sangre derramada de su nieta. La memoria, porque ella ya había muerto antes. Qué destino, ¿no?

–Usted aborda también el episodio en el que Raúl Barón Biza desfigura con ácido a su segunda mujer. Pero la primera, Myriam Stefford, también murió de un modo extraño…

Es que no debió haber volado nunca ese avión. No estaban en condiciones ni ella ni el avión. Ella quería cubrir volando no sé si doce provincias o más. Era un hecho inédito. Si uno lo traslada, fue como su carrera de artista: un invento de Barón Biza. Porque Barón Biza, cabe recordar, era uno de los argentinos que iban a París a tirar manteca al techo. Entonces, me dije, empecemos con él, pese a que su víctima, Clotilde Sabattini, tiene su propia historia y fue una mujer muy importante. Una mujer clave para la educación argentina, una adelantada, una mujer que –siendo radical– fue consultada hasta por Evita. Pero también tenía ese marido tan especial. Entonces, pensé: ¿qué hacía Barón Biza de joven? ¿Cómo empezó a gastar su fortuna? ¿Cómo conoció a Myriam? Y ella, que se deja llevar…

–Bueno, si a uno le proponen casamiento en la basílica de San Marco en Venecia, ¿quién no se deja llevar? (Risas) Claro, ¿quién no se deja llevar?

Pero más allá de eso, cuando uno ve que la carrera de Myriam fue un invento de Barón Biza, entiende que ella le gustó. Y punto. Entonces empecé con él y viendo cómo fue, con el tiempo, difundiendo sus ideas, algunas de las cuales eran insostenibles no en su época sino en cualquier época. Pero, además, vivió en un tiempo en el cual decir esas cosas en voz alta ya era motivo para que te catalogaran de degenerado o de pornógrafo. Nadie se hubiera imaginado ni atrevido a escribir un prólogo dirigido al Papa diciendo que era el peor ser sobre la tierra. Él lo escribió y se lo mandó, además. Es decir que me atrajo su personalidad. Pero después de ver ese recorrido, es como si el final hubiera estado cantado porque ¿qué otra cosa, qué otra transgresión le quedaba?

–¿Por qué atacó a su mujer con ácido en vez de matarla?

Nunca lo pude entender. Nunca pude entender por qué quiso desfigurar a su mujer, a esa chica de 17 años que –cuando él tenía 35 y con una diferencia de edad que ya en ese momento era un escándalo– era además la hija de un dilecto amigo y correligionario, Amadeo Sabattini, el líder radical. Él la seduce, ella lo reivindica, tienen tres hijos… Y yo no sé si encontré las palabras adecuadas para entender por qué él la quiso desfigurar. Porque le hizo el peor daño posible y para ella casi fue peor que la muerte, porque después se pasó la vida buscando a un médico que le recompusiera el rostro. El rostro es la identidad, es uno mismo. Y no lo soportó. No sé, es una historia que vos la leés y te deja así, pensando: ¡Pucha!

–¿Continuará la serie de “Crímenes sorprendentes”?

Sí, y en particular los de la clase alta. Quedaron muchas historias por contar que son muy atractivas por el silencio que encierran, porque nunca se conocieron. Las andanzas de la clase alta no se saben porque ellos se encargaron de que nunca se supieran. Ningún juez, fiscal ni policía se iba a atrever a llamar a un periodista amigo para decirle: “¿Sabés lo que pasa con fulana tal?”. Porque los jueces y los fiscales vienen de esa clase. Los resortes del Estado –entre ellos la justicia– están en manos de la clase poderosa. No estaba ahí el hijo del verdulero, ni el hijo del carpintero. Incluso la violencia de género y el abuso sexual. Yo recuerdo que cuando estaba en Clarín recibí dos telegramas de familias distintas, de diferentes provincias y de clase alta. De una mujer y de un hombre que me contaban sus sufrimientos a propósito de agresiones sexuales en un caso y de maltrato, en el otro, a manos de dos padres en ambos casos, que eran figuras conocidas. Me decían: “¿Qué puedo hacer?”. Y no los pude ayudar porque uno era solo periodista en una época en donde no había oficina de violencia contra nada. Yo no los pude ayudar porque no estaba ni estoy preparado para eso. Pero lo que puedo hacer es contar. Y eso es lo que hago.