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Ronnie Arias: Ser una promesa

Ronnie Arias (Buenos Aires, 1962) sale de La 100 –donde conduce el programa Sarasa junto a Alejandra Salas– y, saluda a sus compañeros, nos saluda, y saluda a los vecinos que lo paran en la calle. Se saca fotos con ellos, les hace chistes. No se siente una estrella, siente que se agrandó el barrio, ese barrio que retrata en Fama. Cómo ser una estrella pop (Planeta).
–Cuando uno ve la tapa de este libro puede imaginarse que una estrella nos va a dar la receta mágica para poder ser como él.
Sí, las cosas que uno tiene que hacer para…
–Claro, exactamente. Y cuando uno lo abre sucede lo contrario. Lo que nos dice el libro es que una estrella es una persona como cualquiera.
Como un ser humano común. Bueno, esa era un poco la idea. Yo quería contar todas estas historias pero a la vez quería hacer como un compendio de la historia desde la década del 60 hasta el 90, que es hasta donde llega el libro. Entonces si te fijás, todas estas pequeñas historias tienen un anclaje en el contexto histórico pero contado desde la perspectiva de un personaje que genera empatía. Para que la gente vea, por ejemplo, que ante las peores adversidades se puede salir adelante.
–La estética también se plantea como algo que parece una cosa y es otra. La tapa del libro parece la tapa de una revista.
Exacto. Está planteado como los fanzines punks de fines de los 70. Pero como el libro termina en la década del 90 hice un estudio de cómo fue durante todos esos años. Así que por un lado tiene la velocidad de Internet y por el otro tiene esa estética de fines de los 70, principios de los 80.
–¿Cómo fue el proceso? ¿Cómo recopiló toda la información de la parte histórica?
Investigación periodística. Pura y exclusivamente investigación periodística. Sabía los años que quería retratar y la investigación la hice en base a eso. Y después, esa investigación la fui intercalando con los relatos de la experiencia propia. O sea cuento lo que me pasaba a mí con todo eso que estaba sucediendo en esa época.
–Claro, y así se terminan generando relatos como el de una historia de amor en el Servicio Militar Obligatorio.
Sí, que además, si te ponés a pensar, es la única historia de amor que hay en el libro. Si bien hablo de tres novios en el libro, la historia de amor es esa. Son cosas que en realidad pasan todo el tiempo pero yo lo narro en forma de meme. Contar una historia de amor en el medio de la colimba en plena Guerra de Malvinas, me parecía que era algo que hacía falta. También me parecía que sí o sí tenía que hablar del sida. Porque hablaba de las drogas, hablaba de sexo y si no hablaba del sida no estaba siendo fiel a la época que quería retratar.
–En este sentido surge la pregunta acerca de si hay elementos subordinados a otros. ¿Las experiencias personales se cuentan para poder retratar un momento histórico o el momento histórico está retratado para poder contar estos relatos?
Conté las historias que me permitía retratar esa época en particular. Tenía un montón de historias y sigo teniendo un montón, que las guardo para la segunda parte. Pero lo que se hizo fue una selección en función de un todo. Si el libro fuese un electrocardiograma los relatos marcan los altos y los bajos. Entonces primero buscaba la historia, por ejemplo el debut en la tele, ATC, y a todo eso le agregaba el entorno histórico. Pero me encanta que surja esta pregunta porque está pensado así: primero escribí las historias y después empecé a armar el contexto.
–En relación a esa época retratada no hay un juicio de valor. No hay un tono nostálgico respecto de esos tiempos pero tampoco se plantea como una mala época a pesar de todas las adversidades por las que pasa este personaje que cuenta las historias.
Es que no me quería regodear ni en el drama, ni en la tragedia, ni en la pobreza. Quería contar cosas muy crudas, como el velorio de mi viejo, pero que fuera como una película italiana. Quería que todo fuese tragicómico. Yo no me regodeo en esas situaciones. Si te fijás, todas las historias terminan mal: se llevan el cajón, la plata se pudre, la guerra es un desastre, pero el personaje nunca pierde la esperanza.
–De hecho el lector en ningún momento siente lástiman por ese sujeto.
Jamás. Porque todo termina mal, hasta cuando llega el éxito en la radio, pero todo eso en realidad lleva a pensar que no hay finales felices ni fantásticos. Entonces lo que yo traté de hacer fue contar mis malos momentos con humor, y que si estoy acá es porque algo de todo eso salió bien.
–Sí, además esos finales le hacen poner el foco al lector en otro lado. Ver la felicidad en detalles propios de la historia más que en un resultado.
Claro, en el desarrollo de la historia. Sí, esa idea de correr el foco. Como en la historia del encuentro con Guillermo Francella, que no vamos a decir qué pasa.
–¿Qué lo llevó a escribir este libro?
Yo quería hacer un libro…
–¿Desde cuándo y por qué?
Desde siempre. Quería un libro que tuviera mucho color. Que puedas abrirlo acá y decir “de qué habla”, que puedas abrirlo acá y decir “pará, ¿acá qué está haciendo?”. Que tuviera un montón de data pero que respondiera a esa frase de Borges: “el arte que entreteje naderías”. Nada de lo que está en este libro importa, pero todo es historia. Yo quería hacer un libro así, que estuviera lleno de trivialidades.
–Además de todo eso en cuanto al contenido, es casi un libro objeto, desde lo estético sobre todo.
Sí. Lo que nos peleamos… Porque éramos tres personas decidiendo cómo se iba a ver. Yo hice todo lo que quise. Todos los collages están hechos a mano. Todo cortado y pegado, nada hecho digitalmente. Lo único que le falta es tapa dura pero todo el mundo me dice que si es como una revista está bien así.
–En un momento del libro se dice que la creatividad está necesariamente ligada a la libertad. ¿En su carrera tuvo que sacrificar parte de esa libertad para poder hacer algo o siempre se sintió plenamente libre?
En el 98% de los casos. Porque hasta cuando escribía televisión siempre dejaba entrever lo que yo quería decir. Tuve productoras que me obligaban a trabajar de una determinada manera pero yo siempre hice eso de la huelga japonesa: cuando no me dejás hacer algo, yo hago lo que vos querés por tres, y a la larga me vas a terminar dejando hacer lo que yo quiero. Cuando hice La Liga, que fue un programa muy difícil, trabajaba siete por veinticuatro. Todas las notas que no querían hacer los demás periodistas me las agarraba yo porque, salieran o no al aire, a mí me iban a servir, y así terminé siendo el conductor del programa. Yo creo que uno tiene que transar, más en este laburo, donde uno le habla a todo el mundo y no todo el mundo va a pensar como uno. Pero lo que uno nunca tiene que dejar son los ideales. Uno siempre tiene que decir lo que quiere decir. Se puede decir de muchas maneras diferentes, agrediendo, sin agredir, humillando, sin humillar, con humor, sin humor. Uno tiene que ir probando. Va a haber un momento en el que pueda decir todo lo que quiera.
–La creatividad está entonces, muchas veces, en el método con el que ejercemos esa libertad. Claro. En practicar esa libertad. En algún momento vamos a tener que
pedir perdón, y en muchos otros no, lo van a agradecer.
–Hablando de la televisión, en uno de los relatos dice que Juan Castro fue el primer homosexual en salir del closet en los medios, y usted el segundo…
Y Fernando Peña el tercero. En realidad, éramos los primeros homosexuales haciendo de homosexuales.
–¿Cómo ve la época actual en relación a temas como la sexualidad, teniendo en cuenta aquella época?
Me hace muy feliz. A veces pienso lo duro que fue para todos nosotros y me encanta que una piba pueda andar por la calle queriendo ser pibe, y un pibe queriendo ser piba, y que los padres puedan entender que no siempre es una etapa sino que es una elección de vida. Creo que esta es una época maravillosa para ejercer las libertades personales y que estamos pasando un momento muy dramático en el país, de una crisis siniestra, pero creo que humanamente se nos está permitiendo ser lo que queremos ser. Y eso tiene que ver con que el mundo se está adaptando a las minorías. Porque todos en algún punto somos una minoría, ser hijo único puede ser una minoría. En mi opinión, el mundo se está dando cuenta de que hay gente que quiere vivir de otra manera y yo celebro eso. Y lo que me gustaría es que se supiera que hubo gente que abrió ese camino. Y no hablo de mí, eh, hablo de Sandra Mihanovich y Celeste Carballo, de Marilina Ross. A veces nos olvidamos que en los 80 fueron las mujeres, las primeras. Así como fueron las madres, las abuelas, fueron las lesbianas. Pero igual creo que hay que seguir rompiendo algunos paradigmas, porque lo que en la época del libro pasaba con los homosexuales hoy pasa con las travestis por ejemplo.
–¿Cuál es su relación con el éxito?
No lo sé. Yo todavía soy una promesa. Creo que todavía no me llegó mi momento, que a lo mejor no llegue nunca o llegue con la literatura. Yo siento que se agrandó el barrio, y que los vecinos que saludaba ahora están desparramados por espacios más amplios.