ALMUDENA GRANDES, La memoria tiene que ver con el presente y con el futuro

Si bien Almudena Grandes considera que la literatura tiene más que ver con el cómo que con el qué, el qué es lo que la convierte en una escritora disidente.
–Los pacientes… no es la novela típica sobre el franquismo.
Los españoles pisamos a diario un filón de personajes, de villanos, de héroes, de historias que no se han contado. Esto de alguna manera es el sueño dorado de un novelista. Este es el motivo por el que yo escribí esta serie. Y estas seis historias que yo conseguí encajar aquí me permitían contar veinticinco años de la historia del franquismo, desde una perspectiva muy poco frecuente, que es la perspectiva de los resistentes, de la gente que no se rindió. Por eso la serie se llama Episodios de una guerra interminable porque mis protagonistas son personas para las que hasta que no acaba la dictadura, la guerra ha seguido existiendo. Yo creo que en general los resistentes antifranquistas están muy abandonados en la literatura, es un punto de vista que casi no se ha usado para contar los hechos de la posguerra.
–¿Por qué?
Porque en la transición lo que se hizo en España fue muy parecido a lo que ocurre en una escena de Mary Poppins: un día sale la niñera con los niños y está lloviendo, entonces se encuentra a su amigo que pinta unos paisajes en el suelo con unas tizas de colores, les dice a los niños “démonos la mano, cerremos los ojos y saltemos” y saltan a un mundo maravilloso de dibujos animados. Sin tanto tecnicolor lo cierto es que en la transición se les dijo a los españoles que la clave para progresar era olvidar. Y se hizo algo parecido, una raya en el suelo, saltar al otro lado y empezar de nuevo. Empezar de nuevo luego de una dictadura que durante cuarenta años ha moldeado las conciencias, el pensamiento y el espíritu de todo un país es una cosa que no pasa en realidad. Si para que llegara la democracia solo había que esperar el momento de saltar con los ojos cerrados por qué tantos miles de españoles se habían jugado la vida durante 37 años. Yo creo que la democracia española tiene una deuda muy grande que saldar con los resistentes de la dictadura. Y esta serie que escribo, para mí es un privilegio porque me permite satisfacer varios impulsos a la vez. El impulso literario de explotar un filón pero también un impulso político y moral que es el de enfrentar al lector español a una realidad que desconoce, y enseñarle quién vivió en su país, hombres y mujeres que corrieron un montón de riesgos y que se jugaron la vida por nosotros y para que nosotros tengamos derechos, libertades y vivamos en una democracia. Estas novelas para mí son una forma de agradecerles a los resistentes su esfuerzo, que es algo que la democracia española tampoco ha hecho nunca.
–¿Por eso usted dice que esta serie es un ajuste de cuentas con el presente más que con el pasado?
Sí. A mí me interesa ajustar cuentas con el presente. La gente a veces piensa que la memoria es un ejercicio nostálgico, que tiene que ver con el pasado. Yo creo que la memoria tiene que ver con el presente y con el futuro. Para saber a dónde queremos llegar, lo fundamental es saber de dónde venimos. Para comprender cómo es España ahora como pueblo hay que saber también de dónde venimos. Y la memoria es fundamental para eso. España es un país muy anormal que tiene una relación muy rara con su pasado, que ha sepultado la memoria de una forma un tanto irresponsable y que eso tiene consecuencias sobre el presente.
–¿Cuáles fueron las dificultades para escribir una novela de las dimensiones de Los pacientes del Doctor García?
El problema principal tenía que ver con la red Stauffer. El hecho real del que se trata esta novela es la existencia de una red de evasión de criminales de guerra y de antiguos dirigentes nazis que partía de Madrid y terminaba aquí, en Buenos Aires, y que duró diez años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el año 55 en el que acaba la segunda presidencia de Perón. Entonces, a diferencia de otros argumentos y de otras novelas mías, aquí nos hallamos ante una clandestinidad absoluta porque el Partido Comunista de España, el Partido Socialista Obrero Español, todos esos partidos eran clandestinos en el interior y hay una parte de la documentación que se habrá perdido por lo que el franquismo destruyó. Pero tenían archivos en el extranjero y antes o después estuvieron a disposición de los investigadores. En cambio la red Stauffer fue una red herméticamente clandestina, ella jamás hizo público en absoluto su misión. La única fuente directa que hay sobre Clara es una entrevista que le hizo un periodista inglés que se coló en su casa en el año 48 haciéndose pasar por alemán. El franquismo no reconoció nunca sus vínculos con la red, de tal manera que me quedaba Argentina, la investigación que se ha podido hacer aquí, y muy poco más. Entonces ha sido muy difícil, muy trabajoso perseguir la realidad, los datos objetivos, en un terreno tan desértico en teoría como es esta red.
–¿Cómo funciona Clara Stauffer dentro de este proyecto literario?
Clara fue el principio de todo. Fue la que me empujó a escribir esta novela porque fue un personaje que me fascinó. Se apoderó completamente de mí. Yo encontré la primera noticia sobre Clara Stauffer en un libro sobre Franco y los nazis, en una época, el año 2006, donde yo leía lo que fuera sobre el tema. Encontré un libro de un periodista español que se llama Javier Juárez, La guarida del lobo. Y en las páginas de ese libro encontré a Clara Stauffer. Lo que más me impresionó de ella fue su dirección, Galileo 14, porque es una calle del barrio de Argüelles muy popular y muy cerca de mi casa. Yo había pasado por delante de esa casa montones de veces. Y me impresionó mucho que algo como una red de evasión de nazis hubiera funcionado desde ahí. Luego empecé a buscar información sobre la propia Clara y lo que encontré me fascinó. Porque Clara es un personaje arrollador.
–Y muy contradictorio…
Claro. Es contradictoria por muchas cosas. Lo primero que hizo cuando llegó al poder fue privar a todas las mujeres españolas de las condiciones que la habían convertido a ella en lo que era. Era una mujer difícil de definir y sobre todo era una mala con luces, y eso era bueno para mí, porque yo creo que los malos para dar miedo de verdad tienen que tener luces y Clara las traía de fábrica, no se las tuve que poner yo.
–Amparo, como personaje femenino ficticio, ¿podría pensarse como una contraposición a Clara?
Al principio Amparo era un personaje que a mí me interesaba solo porque en un momento determinado de la novela va a abrir una puerta. Pero luego la historia de ella me interesó mucho más. Y me gustó también cómo Amparo comparte un poco la condición de Stauffer pero de otra manera porque ella no está arriba, no está en el poder. Pero es representativa de muchas mujeres que se hicieron a sí mismas gracias a la República, a la libertad republicana, la modernidad de las mujeres, ella es una mujer muy moderna, parece una mujer libre, y cuando los suyos van a la guerra, el botín de los suyos es su libertad.
–¿Qué significa la identidad en esta historia?
La identidad es el precio de la supervivencia. Siempre he dicho que mis personajes favoritos son los supervivientes porque no hay ninguna hazaña más admirable que sobrevivir. Todas las novelas de esta serie son sobre supervivientes pero aquí más. Esta es la historia de dos amigos que a lo largo de su vida luchan contra un fracaso que llegará pero no acabará con ellos, y en esa lucha incesante por una esperanza que nunca se consuma, pierden todo lo que tienen y lo más grave que se puede perder es la identidad, y Guillermo García Medina (el protagonista) la pierde por completo. No solamente pierde su nombre, pierde su trabajo, pierde su vocación, sus propiedades, y se pierde a sí mismo de alguna forma. Como si su verdadera historia fuera un abrigo, dice él, que puede guardar en un armario y probárselo solo cuando nadie lo mira. Entonces la identidad es un tema fundamental en la novela.
–Usted dice que cuando pase todo, la literatura va a contarlo todo. ¿Qué va a contar la literatura sobre nosotros?
La novela es un espejo de la realidad. Lo que pasa es que la literatura para crear una mirada propia necesita que los procesos históricos se sedimenten, que las historias se acaben. Por eso la literatura necesita tiempo. Yo tengo la impresión de que la época que estamos viviendo es una época muy terrible y muy fea, a veces no somos conscientes de lo fea que es, y eso producirá una gran literatura. Porque miro a mi alrededor y tengo la sensación de que los viejos fantasmas que creíamos que habíamos matado y que nunca volverían, han vuelto con una especie de cobertura distinta, con una cáscara 3.0. Ha resucitado el fascismo, el racismo, los nacionalismos. Parece que no nos damos cuenta, porque si el fascismo es Trump lo llamamos “empresarios neoliberales”. CuandonMarine Le Pen llora en la tele cuando dice “yo no quiero que los argelinos se ahoguen en el estrecho”, es una forma edulcorada y 3.0 de propugnar el exterminio, porque no querer no basta cuando hay una realidad que no se puede eludir. Estamos viviendo de una forma dolorosa y sangrienta un rearme machista que también se cubre con una cáscara distinta. Ahora parece que hay cosas que pretenden hacernos creer que son progresistas y que son buenas para las mujeres, por ejemplo tenemos que estar muy contentas de que Apple permita que sus trabajadoras congelen sus óvulos para que puedan ser madres a los cuarenta años cuando las van a echar para contratar a unas de veinte a las que les van a pagar una miseria y no van a poder elegir cuándo van a ser madres. Estamos viviendo en una situación muy complicada en la que todo lo que creíamos haber derrotado vuelve otra vez. Pero la literatura va a necesitar un poco más de tiempo para contar esto.