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Ana María Shua: “La realidad siempre supera la ficción”

Una madre que manda a su hijo a la batalla y le pide que vuelva “con el escudo o sobre él”, y un hijo que desobedece. Un Barón Rojo. Un escocés que entra al campo de batalla tocando la gaita. Un proyecto tan delirante como construir un avión de hielo. Una mujer que dice combatir en nombre de Dios solo para tener un pretexto para ir al frente y matar prójimos tranquila. Animales que luchan sin ganas y soldados que pelean sin nada parecido al patriotismo. En La guerra, el nuevo libro de Ana María Shua (Buenos Aires, 1951), no hay Napoleón ni Sun Tzu que alcance para entender lo que realmente hacen y pierden los hombres cuando se declaran enemigos y entran en lucha. Un tema tan frecuentado como ignoto, tal vez porque al fin y al cabo solemos –como especie, se entiende– marchar a la guerra sin siquiera saber de qué se trata realmente. Y eso (no saber) funcionó en este caso como punto de arranque. “Hay algo que a mí me parece fascinante y que es inexplicable porque como bien dice Sun Tzu, ‘la finalidad de la guerra no es matar; es vencer al enemigo’”, comienza Shua, con la voz suave de siempre. “Y sin embargo, con todos los avances tecnológicos que ha tenido la Humanidad, no ha encontrado ninguna otra forma de vencer a sus enemigos que no sea matarlos. La guerra es muy esencial en la Humanidad. Está presente desde épocas antiquísimas, desde la Prehistoria, en todos los pueblos y en todas las culturas. Es algo que todos los seres humanos compartimos. Y además en la guerra juegan tantos elementos y de una manera tan interesante que, por razones técnicas, me pareció que era un tema muy adecuado también para el microrrelato”.

–Pero de hecho la extensión varía. Los hay breves como un tweet y algunos bastante más extensos. ¿De qué dependió esa diferencia?

En todos mis libros de microrrelatos hay algunos más cortos y otros más largos, tal vez porque yo no creo en la frase ingeniosa como sinónimo de microrrelato. Hay uno maravilloso de Juan José Arreola que se llama “Un cuento de horror” y dice: “La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”. Para mí eso es mágico y maravilloso, pero hay otro tipo de juego que es una especie de, como dije, “frase ingeniosa” que empieza y termina ahí y que no llega a ser del todo literatura. Yo desconfío un poco de la brevedad extrema. La brevedad extrema vale cuando uno logra algo como lo de Arreola pero no siempre. En trescientas palabras hay más de un cuento de Jorge Luis Borges que son microrrelatos y son una maravilla.

–¿Se trata siempre de ideas germinales que se abren y cierran en ese texto breve o hay alguna que la haya dejado con antojo de seguir y volverla cuento, por caso?

No, en absoluto. Para mí, cada una de estas historias empieza y termina, y es así. No me va a servir para un cuento, no me va a servir para una novela. Es otro tipo de idea. Nacen ya con esta forma puesta y en este caso además trabajé mucho con elementos de la realidad. Es decir, me basé mucho en anécdotas, en pequeñas historias de la guerra absolutamente reales y a partir de esa realidad organicé y armé mi juego. Hice crecer mi microrrelato pero casi siempre partiendo de una realidad concreta.

–¿Y cómo fue el proceso de investigación? Porque uno siempre tiene la impresión de estar viendo la parte de la guerra que no se contó por no haber sido considerada un gran acontecimiento.

Fue una búsqueda al azar. Investigué como se investiga ahora, es decir, de Google a los libros y de los libros a Google, y buena parte sin salir de la computadora porque los libros están ahí. Entonces se dio ese ida y vuelta y una historia me fue llevando a la otra en una búsqueda muy arbitraria. Y sí, encontré muchas de esas historias sobre las que se conoce poco y que son muy locas, porque ya la historia real es una cosa que no se puede creer.

–Como la de esos que iban a la guerra en elefantes y que llevaban un “dispositivo” para controlarlos…

Sí, sí, así es: los que montaban elefantes llevaban un martillo y un cincel para clavarlo en la columna vertebral del elefante si este se enloquecía y dejaba de obedecer órdenes. Porque, en la guerra, los elefantes eran un arma de doble filo, sobre todo si el enemigo lograba aterrorizarlos. Y tenían muchos sistemas para eso. Por ejemplo, mandaban animales convertidos en teas vivientes: perros, gatos, monos, lo que fuere. Una cosa espantosa, porque los animales iban prendidos fuego y gritando de la manera más horrorosa, por lo que los elefantes se asustaban, daban la vuelta y terminaban atropellando al ejército amigo. Entonces, para esa situación de locura, quienes los montaban llevaban el cincel y el martillo para desactivarlos. Pero eso, dentro de todo, entra dentro de cierta lógica. –

¿Por qué lo dice?

Porque hubo otras cuestiones que eran completamente disparatadas. Por ejemplo el experimento que hizo Estados Unidos (durante la Segunda Guerra Mundial probó de todo en materia de armas) de mandar, desde los aviones, murciélagos con bombas incendiarias sobre las ciudades japonesas. Llevaron adelante el experimento en un desierto, le asignaron dos millones de dólares al ensayo pero el resultado fue catastrófico. Una locura total. Y eso por no hablar de las fantasías nazis. Quienes, entre otras cosas, llegaron a desarrollar y elaborar un plan para poner un espejo cóncavo en la estratósfera con el fin de reflejar los rayos del sol y destruir cualquier ciudad de la tierra.

–Es increíble el dinero y la energía que se ha invertido en financiar proyectos no solo absurdos sino crueles, como ese de “el guerrero perfecto”.

Sí, ese fue un emperador del Sacro Imperio que tenía la teoría de que, privando a los bebés de afecto desde su nacimiento, podría crear el guerrero perfecto. Pero, por otro lado, tenía la teoría de que esos bebés, si nadie les hablaba, iban a hablar en el “idioma original de la Humanidad” que él calculaba sería el hebreo. Pero, ¿qué pasó? Que los bebes, totalmente privados de afecto, cambiados y alimentados mecánicamente, sin que nadie les hablara ni los tomara en brazos ni los acunara, directamente se morían. Se morían de lo que muchos años después se llamó “marasmo”, se morían de tristeza y de abandono.

–A propósito de eso, una cuestión notable de este libro es que aun cuando trate sobre la guerra y sobre episodios tan terribles como este del “guerrero perfecto”, el humor está rondando siempre…

Es que yo siempre trabajé con el humor, es así, no lo puedo evitar. Siempre me preguntan cómo hago para escribir con humor y la verdad es que no lo sé. Lo que sí sé es cómo hago para escribir sin humor porque eso sí me requiere una especie de esfuerzo adicional. El humor es una parte de mi personalidad y aparece en todo lo que escribo, a veces como humor negro. Será como los famosos “chistes de velorio”: el humor como una necesidad a la hora de enfrentar las cosas más terribles. Para mí, el humor es como una puerta que se abre de pronto en un lugar adonde uno pensaba que había una pared. Es esa posibilidad de salir del otro lado y de ver las cosas desde otro ángulo.

–¿Y las mujeres en la guerra? Más allá de las espartanas y las amazonas, se entiende.

Hasta hace veinte o treinta años las mujeres no han peleado como parte de un ejército, más que en circunstancias muy particulares. Y eso es algo en lo que pienso mucho. Todos los elementos que se usan en la guerra (armas, mochilas, uniformes, todo) han sido pensados para el cuerpo de un varón. Pero ahora que las mujeres están entrando también ahí sería posible imaginar una industria de la guerra dedicada también a ellas. Sería horroroso. Pensemos que en Lisístrata, de Aristófanes, hay una huelga sexual de mujeres para protestar contra la guerra. Data de la época de Pericles y hoy, tantos siglos después, las mujeres estamos luchando para que nos acepten como soldados. Y no dejo de preguntarme si eso es un progreso.

–Más allá de la investigación, ¿también apeló al enorme anecdotario de guerra que a la mayoría de nosotros nos han legado nuestros abuelos y abuelas?

Sí, también. Yo quise que el libro fuera lo más variado posible así que trabajé con refranes y también trabajé con historias personales. Por ejemplo, en el tema de la Guerra Civil española, que es un tema tan delicado y tan presente hasta hoy en esa sociedad, yo no quería de ninguna manera meterme en cuestiones políticas y entonces lo que encontré fue a un señor que nació durante esa guerra y que me contó un par de cosas de su mamá, muy personales y muy sentidas, que me pareció que eran, en sí mismas, una pequeña y terrible historia. Ahí no hubo humor sino angustia pura. De todos modos, a la hora de investigar me encontré con muchísimas historias de las cuales algunas me interpelaban y otras no. ¿De qué dependía eso? No lo sé. Algunas eran historias tan fascinantes y asombrosas que no me permitían construir nada arriba de eso. Porque a veces, como dice el dicho, “la realidad supera la ficción”. Pero, si lo pensamos mejor, la realidad siempre supera a la ficción porque no tiene límites, no necesita organizarse de ninguna manera, no necesita tener ni un principio ni un final. Y por eso la supera siempre. Frente a eso, lo único que puede hacer la ficción es tomar algunos pedacitos de esa realidad y construir una maquinita que se pone en movimiento cada vez que un lector comienza a leer.