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Benjamín Vicuña: Desde ambos lados de la Cordillera al mundo

Aunque las etiquetas o rótulos son moneda corriente, Benjamín Vicuña (Santiago de Chile, 1978) está lejos de ser un actor al que le quepan los encasillamientos. Participó en puestas francamente provocadores como Eva Perón, basada en textos de Copi, y en otras clásicas como La Gaviota de Antón Chejov, sin eludir roles en telenovelas populares. Pero, además, es un activo productor y gestor cultural: junto a su amigo, el también actor Gonzalo Valenzuela, fundó en Santiago el Centro Mori, organización que hoy suma cinco salas teatrales. Siempre en movimiento, reparte sus días laborables y personales entre su ciudad natal, Buenos Aires y el otro lado del Atlántico. Padre de familia numerosa y embajador de UNICEF, se encuentra transitando un fructífero período en el que protagoniza Terapia amorosa en teatro, encabeza la tira de época Argentina, tierra de amor y venganza por El 13, integra la cuarta temporada de la serie española Vis a Vis y acaba de completar la filmación de la serie El arte de callar (coproducción argentino-chilena que se verá en 2020 por Fox y TVN).

–Usted es un actor muy requerido y, al mismo tiempo, una persona de extraordinaria popularidad. La fama, ¿ayuda o contamina a la hora de la interpretación?

En mi caso, creo que la fama es una consecuencia de mi trabajo, de mi vocación, que es ser actor. Muchas veces ayuda a poder comunicarle al público sobre mi trabajo, ya sea en películas o series, a través de las historias que quiero contar. Otras veces,por supuesto que contamina, sobre todo cuando son cosas que no tienen que ver con lo laboral.

–Para el actor el reconocimiento es importante. ¿Lo siente así?

Ese reconocimiento existe y es clave, más aún en teatro donde el contacto del actor con público es instantáneo y directo.

–La memoria colectiva sobre los artistas, en general, hace enfoque en los éxitos pero no siempre ocurren. ¿Contribuyeron en algo los “no” que ha recibido en su carrera?

Claro que los “no” son muchos; los fracasos, también. Allí es donde uno aprende, donde uno va forjando su carácter y su resistencia. Y, efectivamente, son muchos más los “no” que los “sí”, tanto cuando son el resultado de una elección propia como también aquellos que se producen por otros motivos.

–En esta etapa está componiendo varios personajes… ¿Cómo es la convivencia interior? ¿Cómo se cambia de una historia a otra tan simultáneamente?

Uy, sí. Es una locura, es complejo, difícil. Uno debe tener un cierto grado de distanciamiento. En mi caso, ayuda mucho que ahora mis trabajos sean de diferentes registros, diferentes expresiones. En teatro estoy haciendo una comedia y, a la vez, en televisión estoy haciendo un personaje… que es un villano. Cuesta sacarse a los personajes de encima, pero es un ejercicio que me gusta, que me apasiona y que me desafía también como actor.

–A la hora de componer, ¿qué tipo de actor es? ¿Va por el camino de la investigación, del trabajo de campo?

Depende. Soy un actor bastante dúctil y bastante obediente con el punto de vista del director. Creo que el actor está al servicio de la puesta en escena o, en este caso, de la mirada que tenga el director sobre la historia. Si el director me pide que compongamos (ya sea porque requiere de algún tipo de acercamiento a un personaje real, porque requiere una composición para desmarcarme de mí o porque necesita ponerme máscaras) estoy a disposición. En cambio, otros directores quizás necesitan algo más intimista, algo más profundo, entonces optan por sacar máscaras y desnudar como actor. Esa es una decisión que se va tomando con el director y con el proyecto en particular. Pero me gustan los dos caminos y creo que no son excluyentes como carrera.

–A veces, personajes y actores no tienen nada en común. Sin embargo, muchos actores dicen que el personaje ilumina rasgos ocultos del plano racional del actor.

Sin duda, el mayor capital que tenemos nosotros como actores es nuestra experiencia, nuestra vida, nuestra biografía. Es ahí donde uno muchas veces, más allá de la observación de la realidad, busca material para explotar y para trabajar. Por eso mismo estoy convencido de que el actor, con los años, va acumulando ese capital y se transforma en un mejor actor.

–La ya adulta Liv Ullmann decía que su objetivo para actuar era sacarse definitivamente su propia máscara para lograr una interpretación más veraz. Usted acaba de cumplir 40 años… ¿En qué punto de madurez profesional y personal se encuentra?

Me encuentro en un momento de madurez, de tranquilidad con mi oficio, de satisfacción. Es un momento de agradecimiento por las oportunidades maravillosas que tuve y que sigo teniendo. Es un tiempo de una visión bastante optimista del futuro en relación a que, como te decía en mi respuesta anterior, soy un convencido de que el actor va mejorando, va creciendo y aprendiendo cada día más.

–La fama genera un espejismo sobre una felicidad inalterable. Le atravesó un dolor indescriptible y, como persona pública, fue una referencia para otros. ¿Siente que pudo contribuir a despejar esa fantasía del famoso como alguien ajeno al dolor?

No, no me puedo hacer cargo de las expectativas ni los espejismos de la gente. Mi dolor lo transité con las herramientas que pude y sí creo que efectivamente muchas personas, por mi carácter de actor conocido en Chile y Argentina, lo vivieron conmigo y sentí un gran abrazo solidario y de mucho respeto en su momento.

–Sin endiosar el sufrimiento ¿le parece que esta sociedad tiende a censurar la tristeza, como si no fuéramos capaces de aceptar esos aspectos?

Efectivamente, nos cuesta asimilar en el día a día que alguien pueda decirnos que no se encuentra bien, que no está en su mejor etapa, en esta racha exitista impuesta, pero son pequeños hábitos que están instalados y sigo creyendo que tiene que ver con el fuero interno. No sé si “censurada” es la palabra, pero muchas veces la pena, el dolor y la tristeza tienen que desarrollarse en un plano íntimo y privado. De alguna manera para desenvolverse en la vida uno necesita ciertas caretas, necesita montar un personaje en un plano donde no están permitidas la conversación o la reflexión, donde no hay tiempo para eso. Desde ese punto de vista, sí es una sociedad que le da la espalda al dolor.

–Además de su trabajo como actor, desde hace años se diversificó en otros aspectos del universo artístico. ¿Qué lugar ocupa esa otra faceta en su presente?

Es una faceta importante como gestor cultural, con cinco salas de teatro en Chile, promoviendo, programando y fomentando el teatro. Es una actividad que me fascina, ya sea como productor del documental The Journey of the Others o la serie El arte de callar (que también protagonizo). Es algo que me termina de completar, que me motiva y me gusta.

–El cine latinoamericano ganó enorme consideración en el mundo y el de Chile, en particular, está atravesando una etapa muy fructífera. ¿Cuáles son los elementos que operaron para lograr ese nivel de excelencia?

Nada nace de la noche a la mañana. Estos son cambios producidos por generaciones que fueron aprendiendo, trabajando y desarrollando un nuevo cine. Hoy claramente Sebastián Lelio, Pablo Larraín y Matías Bize son tremendos exponentes que nos están dejando muy bien fuera de nuestras fronteras, avalando un cine de calidad, de autor, creativo, poético, muy potente. Creo que tiene que ver con una herencia y también con su trabajo.

–Por último, tiene una familia numerosa. ¿Cómo vive la paternidad actual, con hombres tan involucrados y distintos a los de nuestra infancia?

Creo que dentro de mis roles es el rol más importante y definitivo. Es lo que trasciende en el tiempo. Efectivamente, los padres de hoy tenemos un rol activo, participativo y me lo tomo muy en serio. Es el rol que más amo.