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Edgardo Cozarinsky: Chismes de biblioteca

Edgardo Cozarinsky es incesante en su escritura. Lo que queda de la experiencia pasa al papel. Cozarinsky traspone, reinventa y lo traslada a la página, como si la vida cobrara forma y sentido por escrito. Hay algo de eso. Sublimar aquello que viene en estado bruto, experiencias que, enlazadas, se postulan como itinerario vital. De allí que sus novelas engañen por lo autobiográfico. La que más: Maniobras nocturnas. De su memoria se nutre, pero para desentenderse de las referencias reales y tomar tan sólo la intensidad de lo vivido que le otorga un carácter sensible y peregrino a su escritura. “Lo mío no es una forma de elaboración, no hay algo sistemático con respecto a la memoria, ni tampoco una necesidad analítica.” Se diferencia de Elías Canetti con respecto a la escritura autobiográfica. “Canetti es un intelectual, en mi caso la escritura está a flor de piel, es una experiencia de percepción y sensibilidad.”

El comienzo de su novela El rufíán moldavo revela un origen: “los cuentos no se inventan, se heredan (…) Es peligroso inventar cuentos. Si resultan buenos terminan por hacerse realidad, después de un tiempo se transmiten, y entonces ya no importa si fueron inventados, porque siempre habrá alguien que después los haya vivido.”
Cozarinsky empezó casi traviesamente, por esas ganas de comentar lo visto y escuchado. Escribió excelentes críticas de cine y libros en Panorama y Primera Plana, cuando trabajaba con Tomas Eloy Martínez. Su apetito cultural siempre fue variado y de mixturas. Fundamentalmente, el cine y la literatura, en distintos formatos y vertientes. A pesar de su tránsito por las fronteras, no habría que calificar a Cozarinsky de experimental. Gusta del candor y cierto clasicismo. Devorador de Proust y puntilloso lector de Henry James, su estilo no se emparenta con ellos; más bien se aproxima a Joseph Roth o W. G. Sebald. Su precoz cercanía con Borges, Bioy y Silvina, también fue una influencia vital.

En los años setenta, antes de partir a París, compartió el premio de ensayo del diario La Nación con Pepe Bianco, titulado, Sobre algo indefendible. Lo indefendible es lo que circula impunemente: el chisme. Este breve texto, reinaugura su actual libro Nuevo museo del chisme, publicado por La Bestia Equilátera, una edición ampliada de su clásico Museo del chisme (2005, Emecé). El libro es un paseo por lo que la realidad produce como exceso. O, en palabras de Borges, un compendio de “noticias particulares humanas” (así define al chisme el autor de “El Aleph”, en 1935, en relación a ciertos pasajes de Marcel Proust).

La propuesta de Cozarinsky parte de una especie de conflicto: “el chisme y la novela se han encontrado con tanta frecuencia en la indignación de las mentes serias y las almas nobles que no parece injustificado estudiar cuáles pueden ser los rasgos compartidos que hicieron posible esa coincidencia.” Propone un recorrido tan apropiado como divertido por las acepciones de la palabra chisme, en distintas lenguas y fuentes etimológicas: “En inglés, la palabra gossip, chisme, designa en una acepción arcaica a cualquier mujer, y también a la charlatana y transmisora de novedades. En francés la palabra potin, que viene de olla, pot, está visibilísima, y deriva de potine, un calentador portátil que las mujeres llevaban a sus reuniones de invierno.” Y culmina con una especie de paradoja pícara, con respecto a la doble etimología germánica que encontró en la Enciclopedia Universal Ilustrada de Espasa Calpe. La primera es “navaja” y la segunda “partes genitales de la mujer”. Y no se queda allí; Cozarinsky bucea en el latín schisma y el griego sxisma, que significa discordia, hendidura, muy parecido a cisma, de donde también proviene “esquizofrenia”.

Luego del ensayo, que funciona como trampolín introductorio, vienen los chismes propia o impropiamente dichos. Uno de los más feroces: “La hijita de Luis XV jugaba con una sirvienta. De pronto le tomó la mano y la observó, incrédula. ‘¿Cómo? ¿Tienes cinco dedos, igual que yo?’”. O uno que revela cómo escribía Joyce: “Joyce le dicta a Beckett su work in progresss, que será Finnegan’s Wake. En algún momento llaman a la puerta, Beckett no lo oye y Joyce dice: ‘Come in’. Al final de la jornada de trabajo, el secretario lee en voz alta el dictado del día. Al llegar a ‘come in’, Joyce se sobresalta: ‘¿Y eso?’. ‘Usted lo dijo’. Tras un momento de reflexión, el autor decide: ‘Dejémoslo…’”.
La flamante edición trae cola. La segunda parte se titula: “De las reservas del museo”. Más de una docena de nuevos “chismes” que Cozarinsky cazó al vuelo de sus lecturas.

Idas y vueltas

¿El cine o la literatura? Cozarinsky realizó varias películas, algunas mezcla de documental con ficción, varias premiadas, como La guerre d’un seul homme: una confrontación entre los diarios de Jünger durante la ocupación alemana en Francia y los noticieros franceses de propaganda del mismo período; Guerreros y cautivas, filmado en La Patagonia, Le violón de Rothschild o, más recientemente, Ronda nocturna y Apuntes para una biografía imaginaria. “En un principio, fue el cine. O más bien, en París fue el cine. Pero cuando me enfermé en 1999 y estuve muy grave internado en un hospital, pensando que había llegado la hora, me puse a escribir sin parar. Estuve varias semanas internado y escribía igual, lleno de cables, casi inmovilizado. Allí comencé los primeros cuentos de La novia de Odessa. Una vez que empecé, se abrieron las compuertas de todo lo que tenía por escribir.”

Mezcla de vida anterior e invención, la obra de Cozarinsky transita por una frontera. “Yo juego con eso, hay muchos inicios de novelas que remiten a mi vida y después disparan hacia otra parte. Pocos episodios corresponden a algo que ocurrió verdaderamente. Me costaría diferenciar en mis textos lo que pasó de lo que inventé, aparece todo mezclado.” Hay una frase de Alain Badiou que parece acoplarse al mundo escrito de Edgardo Cozarinsky. “No es lo mismo carencia de marca que marca de carencia”. Más vale estar marcado por algo, aunque sea por lo que nos faltó, que no tener registro de marca alguna. Desde la carencia, el pozo de la escritura es inagotable. Cozarinsky prefiere hablar de “deudas impagas” o de “lo no resuelto”. Pero aclara (más con asombro que como una advertencia): “Yo nunca me psicoanalicé, y quizá por eso puedo escribir a partir de escenas, impresiones, sin tratar de explicar. No pienso mucho al escribir, me dejo llevar”.

Esta deriva se combina con una búsqueda de hábitos. Al autor de Vudú urbano (la novela que lo hizo escritor), le gusta caminar por sitios que conoce, así como descubrir submundos en la ciudad. “Lo máximo que descubrí últimamente fueron los baños del antiguo barrio judío en el centro histórico de Siracusa.” En Buenos Aires sabe donde estar. Al menos por las mañanas. Casi todos los días toma su segundo desayuno en el bar Santé, un recodo en Barrio Norte, donde imprimen selectas remeras con los mejores compositores de jazz. Allí despierta realmente.
¿La mejor hora para escribir? “La que mate el tiempo. O sea, sin parar. Muchas veces por las noches, porque no me gusta quedarme en la cama cuando estoy con insomnio. Es una pérdida de tiempo que no tengo tanto. Por eso me levanto y escribo. Es lo mejor.” ¿Y al viajar? “Escribo pero no sobre los viajes. Me traslado con lo que estaba escribiendo y lo prosigo más allá de lo nuevo que aparezca ante mí.”

Si bien Cozarinsky ya eligió Buenos Aires para vivir, luego de lidiar con miedos y esperanzas, convive con sus fantasmas itinerantes. Lo relaciona con el cuento de uno de los escritores predilectos: “Hay un cuento de Henry James, ‘The Jolly Corner’, donde el narrador, después de haber vivido como James muchos años en Inglaterra, vuelve a Estados Unidos y nota que hay una presencia, como un fantasma que acecha, que se escapa, que lo ve; es el que hubiese sido él, de haberse quedado toda la vida allí, como si nunca se hubiera ido. Ese cuento siempre me impresionó, y en un momento se convirtió en mi propia realidad. Tuve miedo al volver a Buenos Aires, pensaba que no sabía con quién me iba a encontrar.” En su personal novela Maniobras nocturnas, el personaje afirma: “Volví para buscar a alguien que, lo sabía ya antes de partir, no iba a encontrar.” Buen indicio para la página en blanco que le permite seguir escribiendo novelas personales hechas de aquí y de allá.