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Eduardo Sacheri: del amor en voz baja

De un tiempo azaguanado y lento, hecho de horarios para todo: para levantarse, para desayunar, para ir a misa y volver a preparar el almuerzo. De aquellos días en los que todo (desde los largos de las polleras hasta lo marcado o no del escote) estaba sujeto a reglas durísimas. De eso días en los que hasta los romances seguían un caminito preciso, hecho de flores y tés y salidas “familiares” en donde lo que podría haber pasado no pasaba porque no podía, porque no tenía que pasar hasta después del matrimonio por iglesia y por civil. De ese tiempo preso, irrespirable, salieron también amores especiales y adaptados a las duras condiciones del ambiente. Romances axolotl, capaces de confundirse con una piedra o con una planta según conviniese para no levantar sospechas pero –y sobre todo– para mantener la postal familiar que también se desea y se necesita. Ambientada a mediados del siglo pasado, en los días previos al derrocamiento de Juan Domingo Perón, Lo mucho que te amé, la nueva novela de Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967) no va ya por la épica barrial y del fútbol como en Esperándolo a Tito ni por la historia de reencuentro de Ser feliz era esto ni, menos aún, por la gesta pueblerina de La noche de la Usina, que acaba de llegar al cine como La odisea de los giles. Como si cerrara la puerta de calle y la cancel, y se decidiera quedarse a mirar en el comedor de una típica familia argentina de los años 50, el autor se enfoca en el romance secreto de Manuel y Ofelia –que son cuñados– para retratar no solo un tiempo preciso sino también una tragedia de entrecasa: la del amor inesperado e imposible. Porque, ¿qué se hace cuando se ama a quien no se puede amar? ¿Qué sucede cuando hay dos y más amores en pugna?

–¿Cómo definiría esta novela? Desde mi perspectiva, es una novela de amor, de los dilemas del amor. Lo que pasa es que también –como suelo intentar en mis novelas– me gusta darles a mis personajes un telón de fondo que tiene que ver con la realidad en la que viven. Para mí, es una novela de amor pero los personajes, claro, no están sueltos en el aire. Y no solo por la cuestión política, que es la más evidente, sino porque la moral de su tiempo y los roles de su tiempo también están marcados en los personajes. Hoy sin duda hay corsés morales que nos dicen qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, pero no son los mismos de entonces.

–Aquellos eran LOS corsés morales… Y me parece que aquellos eran más fuertes, más definidos. Me parece también que el rol de la familia tenía otro peso y por eso también la idea de presentar una familia sólida, pesada, tan estructurante para cada uno de sus miembros. Y por eso también la elección de una protagonista y no un protagonista. Me da la sensación, precisamente, de que las mujeres cargaban con una cuota de sanción moral y de vigilancia mayor. 

–Usted le dedica el libro a varias mujeres de su familia y las voces de las mujeres de esa época están en su novela. ¿Cuánto de su historia personal hay ahí?Yo creo que mucho. No en el sentido de la historia puntual. Creo, o que yo sepa. ¡Andá a saber si ahora no me entero! (risas). Pero al momento de dedicar la novela no dudé, porque en mi niñez todas esas mujeres fueron claves en la formación de mi sensibilidad. Y en mi aproximación al mundo de lo doméstico. Fueron ellas las que de algún modo lo conformaron. Por otra parte, la elección de ese tiempo preciso (los 50 y 60) también tiene que ver con buscar el núcleo de ese conjunto de mujeres. ¿Y por qué “el núcleo”? Porque el foco de ese grupo de mujeres eran mi madre y mi tía, mientras que mi abuela, mi hermana y mis primas eran como la periferia de ese núcleo en cuanto a las temáticas que se discutían, que se ventilaban y que se pensaban.

–¿Nunca pensó en otro momento para ambientar la novela? Sí, de hecho cuando empecé a diseñarla estaba también la posibilidad de situarla en la épica de mi abuela. Que los años no fueran los 50 y 60 sino los 30, por ejemplo. Pero sentía que si me alejaba demasiado no solo la discursividad sino la emotividad podían perderse. Entonces me pareció que traerla a la generación de mi madre y de mi tía me permitía tenerla un poco más cerca. No dejaba de ser la cosmovisión en la que me crié. Porque yo me crié con ellas.

–¿Y cómo fue eso? Mi casa era el punto de reunión de todas ellas, sobre todo después de la muerte de mi padre. Era un territorio que las acogía con hospitalidad. Entonces tengo la sensación de que fueron presencias claves no solo en la escucha sino en la formación de mi propia sensibilidad.

–Un tema que atraviesa la novela es el del secreto ¿Antes era más importante que ahora conservar ese nivel de intimidad? En la novela, puntualmente, los personajes terminan construyendo una cierta dinámica, un cierto equilibrio –y hasta un cierto equilibrio ético, o de cuidados– y la cuestión clave es esa: el secreto. Para que eso que viven no se derrumbe y se desintegre. A mí me da la sensación –y es solo una sensación– de que los protagonistas establecen un equilibrio a partir de que consideran que el secreto es fundamental para no aumentar el daño. Porque no creo que sientan que no están haciendo daño, pero sí creo que sienten que el secreto es el límite para que ese daño no sea absoluto, no sea completo. Y además en lo personal, por fuera de la novela, yo creo que es importante la escena de la intimidad. Y en algún punto nuestra intimidad tiene un ámbito de secreto. Será que soy antiguo tal vez, pero a veces me da la sensación de que está demasiado expuesta la intimidad.

–Sí, por eso hoy justamente se habla de extimidad, de la intimidad exhibida como espectáculo… Sí, pero para muchas personas todavía hoy la intimidad sigue siendo importante. Y la exclusividad, también. Si bien hay un montón de patrones que han cambiado o se han flexibilizado como las cuestiones a nivel de género, etc., creo que todavía muchas personas seguimos deseando ser amadas en exclusiva. Y me incluyo en este nosotros. Por eso me gustó también jugar con la paradoja de que –según de qué lado del escritorio nos sentemos– nos parece más o menos aceptable una historia así. ¿En qué sentido? En el de que a lo mejor nos parece mucho más fácil imaginar que nos pueda ocurrir eso de amar a dos personas que pensar que quien nos ama tenga una historia de este tipo. Casi te diría que ese fue uno de los disparadores; esta incomodidad que no es simétrica. Esto de la exclusividad. Pienso que la cuestión de la exclusividad nos sigue dando vueltas. Muchos –y muchas– deseamos la exclusividad. Yo creo que hoy eso está en movimiento, pero este cuestionamiento no significa que se haya diluido ese deseo de exclusividad.

–La pareja protagónica, Ofelia y Manuel, son cuñados y se enamoran. ¿Cómo se le ocurrió imaginar el amor en esa relación? Busqué que la situación fuera sobre todo verosímil y al mismo tiempo dramática. Ahí es en donde lo familiar se me impone, porque una cosa es que sea un compañero de trabajo, por ejemplo, pero yo quería darle ese contenido afectivo y emocional más duro, en el que esté toda la familia involucrada. Por eso quise que fueran cuñados: porque creo que los grandes dilemas no son entre el amor y el no amor, sino cuando un amor vulnera a otro amor. Me gusta ver estos valores en pugna. Porque la libertad es un valor, la búsqueda del deseo es un valor. Pero el cuidado de los demás también es un valor. Entonces, ¿hasta dónde tu libertad y la búsqueda de tu deseo afectan la libertad y el deseo de los demás? Y no solo a uno sino a varios a los que amás de distinto modo. Amás a tu cónyuge, a tus hermanas, a tus padres, a tus hermanas. Me parece que todas las personas nos movemos en estos laberintos de afecto en donde moverse en una dirección involucra un montón de consecuencias. Y ahí es en donde se mueve nuestra culpa también. ¿Hasta dónde esta polaridad entre deseo y culpa también tiene que ver con qué daños estamos decididos a infligir y cuáles no?

–Las de su novela son mujeres de algún modo muy controladas, muy sujetas a las normas. La tía Rita, por caso. ¿Qué lectura hace de lo que está pasando hoy con el movimiento de mujeres en Argentina? En principio todo movimiento que vaya por la ampliación de derechos está bueno de entrada. Y todo movimiento que nos haga ver mecanismos de discriminación me parece que está bueno también. Creo también que este ámbito de crianza que mencionaba recién me permitió asomarme al menos y ver cosas que –de haber sido criado en un ambiente más machista– me hubiera sido mucho más difícil advertir. De todas maneras, para mí, personajes como el de la tía Rita son exponentes de una moral consolidada y por eso me interesan, porque me permiten asistir a la tragedia de una moral. Porque cuando uno es criado dentro de una escala de valores inflexible, ver que el mundo cambia alrededor debe ser atroz también. Aunque yo no empatice con esa mirada, sí puedo empatizar con la tragedia y con la melancolía y con la angustia que puede generar la destrucción de un mundo en el que uno creyó. Además, este personaje, al no empatizar, ve. Y esa es también una linda pregunta para hacerse: ¿hasta qué punto nuestras empatías no nos hacen tergiversar algunas cosas, algunas percepciones? Es natural que nos pase. Cuando no está de por medio el afecto tal vez vemos las cosas desde una distancia más clarividente. Por eso la tía Rita es el único personaje que no solo acecha sino que ve. Las dos cosas.

–Claro, era la gran vigilante de la casa… Sí, pero la vigilancia estaba puesta solo sobre el cuerpo de la mujer.

–Toda la novela está atravesada por la disputa política. ¿Qué buscó ahí? No busqué un espejo sino retratar ese tiempo con esos conflictos. Como no me siento llamado a dar ningún mensaje, tampoco busco generar ningún eco determinado con la época actual. Ahora, puesto a pensar en eso, con respecto a la actualidad yo noto una diferencia. En estos personajes de mi novela, en esa familia, hay un punto en el que dejan de discutir y se van a nadar al río, por ejemplo. No hay una ruptura del diálogo ni una impugnación del otro. Y yo a veces siento que ahora a veces hay como una sobreactuación de la postura de cada uno. Porque si yo ya sé cómo pensás vos, hay algunos temas que podríamos evitar para poder seguir disfrutando del asado. Como un código: yo no digo esto, vos no digas aquello, y disfrutemos. Pero tiendo a ver una cosa como de provocación inevitable, como si tuviera que dejarte mi posición clara aunque con eso pudra el asado.

–Como si contar la propia verdad fuera imperioso… Claro, como si en algún punto hubiera un borramiento del ámbito de lo privado y de las fronteras. Como si todo debiera todo el tiempo ser público. Y a mí eso me fatiga un poquito. Tal vez por eso esta novela, si bien tiene una dimensión pública, es una novela de amor y de intimidades. Tal vez no sea casual que yo la haya escrito en los últimos dos años. No todo es público ni todo es político. Porque si todo es político, nada lo es. Hay cosas que son políticas y bienvenidamente políticas. Pero hay cosas que no. Hay dimensiones de nuestra humanidad, de nuestra forma de ser humanos, que tocan otra zona. Hay cosas que no tienen que ver con el poder.

–Tal vez no con el poder político, pero sí con otra clase de poder. El que manejan las mujeres casa adentro, por caso. Es que  también quise hablar de eso. Ni el poder ni el amor son una sola cosa. En el primer capítulo habla el padre; dice “el novio viene a las cinco” y eso no se discute. Entonces uno puede decir “era una sociedad patriarcal y el poder del padre no se discute”. Pero también hay otras escenas en donde los tipos no se meten y tampoco son invitados, y adonde también se deciden cosas. De hecho el bagaje moral con el que tiene que lidiar todo el tiempo Ofelia está construido por mujeres. Y hay una vecinita que “termina mal” y la sanción es una sanción aplicada por las mujeres de esa cuadra.