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Emma Shapplin: “Necesito estar feliz para crear”

Mucho de lo que ahora es su vida ni siquiera estaba en sus sueños. “It just happened”, dirá varias veces durante la entrevista en su fluido inglés, teñido gratamente de francés, a modo de resumen de cómo se dieron las cosas. Así fue cómo a los once años Emma Shapplin, quien por aquel entonces era Crystêle Madeline Joliton, se puso a imitar una voz que desde una publicidad cantaba The Queen of the Night, y se encontró feliz, disfrutando, sintiendo en todo su cuerpo una vibración que le confirmó algo para ella inimaginable hasta ese momento: que quería cantar. Ella, que cada vez que su maestra la elegía para cantar –y lo hacía siempre– o simplemente para pasar al frente, lo vivía como una tortura. “Era extremadamente tímida. Sufría muchísimo cuando tenía que exponerme, me ponía colorada, era horrible, pero en ese momento, en mi habitación, escuchando esa música bellísima, imitando esa voz, fue algo maravilloso. Luego, por mi timidez, lo oculté por mucho tiempo, era algo que disfrutaba a solas”, dice.
–Pero la timidez ya pasó, a juzgar por su carrera.
No, no pasó, fue disminuyendo un poco, pero sólo un poco.
–¿Cómo hace para subir a un escenario?
La técnica ayuda, uno aprende a convivir con las emociones.
–¿Cómo hizo para compartir escenario con José Carrera, Plácido Domingo…? ¿Disfrutó esas experiencias?
Un poco y un poco. Estaba aterrada, dentro de mí era terrible lo que sentía, y a la vez era maravilloso estar ahí.
–¿Es la misma sensación, el mismo placer, componer y cantar?
Son distintas sensaciones, pero ambas son igualmente maravillosas.
–¿Cómo se siente con respecto a su música? ¿Ha logrado lo que buscaba?
No, siento que me falta. Si me comparo con otros artistas, veo que no hice tantos álbumes, hago giras, pero no como loca, porque es algo que cansa mucho y uno no puede vivir lo que hace. Es importante para mí vivir lo que hago. Pienso que puedo hacer más de lo que hice hasta ahora. Estoy orgullosa de mis dos últimos álbumes, Macadam Flower y Dust of Dandy. Compuse todos los temas y siento que estos trabajos están muy cercanos a lo que quiero hacer. Sin embargo, también quiero grabar un álbum de ópera pura, y eso se me hace difícil con la vida que llevo porque mi maestra de ópera, Irina Bogacheva, vive en San Petersburgo, y con mis viajes, no puedo ir mucho allí. También tengo otros proyectos que quiero hacer, además de pintar y hacer fotografía. Tal vez esté haciendo demasiadas cosas, pero tengo el sentimiento de que puedo hacerlo y además, quiero hacerlo. Extremadamente delgada, muy hermosa, su aspecto refiere a una fragilidad que no se sostiene en nada: apenas habla, apenas cuenta algo de su historia, Emma muestra a una mujer apasionada, intensa, plena de búsquedas y deseos, plena de logros también. Una vez que empezó a tirar del hilo que descubrió a los once años con aquella aria de La flauta mágica, de Mozart, se fue desarrollando una experiencia musical tan cambiante como ir de la ópera, que comenzó a estudiar en la adolescencia, hasta el rock pesado. Por distintos motivos entre los que se incluyen también ciertas desavenencias familiares acerca de cómo iba a encarar su carrera, a los dieciséis años se unió a una banda de heavy metal que iniciaban unos compañeros de colegio. Buscaban un cantante que pudiera gritar y lo encontraron en la dueña de esa delicada y potente voz que venía preparándose para cantar ópera. Durante dos años, fumó dos atados de cigarrillos negros para reeducar su voz y logró encontrar tonos distintos, además de otra libertad, y el coraje imparable que la llevó a probar y probarse en experiencias muy diferentes. Después del heavy volvería a la ópera y a dar forma a un estilo que la identificó por años y que ella define como neoclásico: “En ese estilo hice mis dos primeros álbumes, Carmine Meo y Etterna. Allí utilizo mi voz lírica pero con mucha libertad, incluso con gritos y murmullos”, precisa. Muy pronto tendría reconocimiento internacional, discos de oro, de platino, giras, escenarios y trabajos compartidos con algunos de los más célebres, su voz en soundtracks de películas, experiencias extraordinarias, como cantar en la Acrópolis o en el Gran Palacio del Kremlin. Luego llegarían los últimos dos álbumes, de los que ella confiesa sentirse orgullosa y a los que percibe más cercanos. En ellos se permite mayor libertad con los géneros, dando más peso al pop y al rock. Dust of Dandy, el disco que vino a presentar en esta última gira que inició el 29 de noviembre en Córdoba, significa para la cantante un paso más. “La música adquirió otro nivel de complejidad que ayudó a enfatizar mi estilo de ópera y canto”, dice y siente que este disco también “reintroduce la poesía al mundo moderno”. Rodeada de libros de poesía, y en medio de la naturaleza, es el hábitat en el que compone. Por eso se mudó ya hace unos años a unos sesenta kilómetros al sur de París, donde vive con sus perros y sus gatos en una casa junto a un bosque.
–¿Qué hace cuando está en su casa en Fontainebleau?
Siempre cambia, no hago lo mismo. No tengo rutinas.
–Ama el cambio…
Más que el cambio, amo los contrastes. Me gusta mucho experimentar, en todo lo que hago, en la comida también, me gusta saborear la vida, la disfruto, hay tantas cosas para saborear, para experimentar, para ver…
–Habló de experimentar con la comida, pero es tan delgada, ¿realmente come?
En realidad con mis clases de ópera, traté de ganar algo de peso, pero no me siento bien cuando estoy un poco más gorda, me pesan las piernas, me canso más, no me siento bien del estómago, así que la forma en que me organizo es comiendo muy liviano durante cinco días a la semana, todo hervido, sólo vegetales, té, y luego, uno o dos días a la semana, preparo algo bien pesado. Me encanta cocinar. Especialmente, comida francesa, ragout, pot au feu.
–Y de todas esas experiencias que la música le permitió vivir, ¿hubo alguna en la que pensó “esto es lo que buscaba”?
Sí, he vivido esos momentos pero es difícil elegir uno porque los vivo todos con mucha intensidad. He experimentado tantos maravillosos momentos, muy fuertes, he cantado en lugares realmente increíbles, que no elegí yo (“it just happened” volverá a decir), los promotores los definieron. Uno fue en Caesarea, en Israel, tenía la luna llena frente a mí, estábamos junto al mar, y fue algo impresionante. Incluso mis músicos, que son músicos de rock, estaban emocionados, el baterista lloraba. Otro fue en la Ópera de Singapur, ese fue además el mejor momento acústico. No sé quién la construyó pero seguramente trabajaron con feng-shui, porque la energía adentro es increíble. Tiene distintos tipos de madera, que dan diferente calor y olor, y el techo está hecho de cobre. Tenés la percepción de que tus piernas están dentro de la tierra, y la cabeza en el cielo. Fue algo fabuloso. En general siento que es un privilegio ser cantante porque vivís experiencias maravillosas, completamente fuera de lo común.
–Es una persona intensa y apasionada, eso ya quedó claro. ¿Es también una persona feliz?
Sí, me definiría como una persona feliz, aunque tengo mis momentos. Para crear necesito estar feliz