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Gabriel Rolón: Un recorrido por el laberinto pasional

Amor, pérdida, felicidad: esos son los ejes que traza Gabriel Rolón (Buenos Aires, 1961) en su nuevo libro, El precio de la pasión (Mitos e historias al filo de la vida), donde vuelve a hacer gala de su capacidad para entretejer textos de los orígenes más diversos, en busca de intentar una serie de recorridos por el más intrigante de los laberintos: el de las pasiones humanas. Todas las fuentes son válidas para alcanzar la meta: tratados filosóficos; mitos y leyendas; poesías y letras de tango o de canciones populares; novelas, cuentos y películas; y los casos clínicos que ya son un clásico y que el autor narra casi como si se tratara de historias de intriga. A partir de estos cruces, construye diálogos en los que Horacio Ferrer le contesta a Friedrich Nietzsche o en los que Sigmund Freud se entiende con Discepolín.Pero no solo de amores, pérdidas y felicidades se habla en El precio de la pasión. Alcanza con avanzar algunas páginas para que los senderos se bifurquen y aparezcan la soledad, la esperanza, el placer, la melancolía, la diversión, el goce. Los caminos de la pasión son insondables y Rolón invita recorrerlos a partir de tres capítulos que remiten emocionalmente a la composición musical. Como psicoanalista, escritor y músico, confirma su don de atrapar utilizando solo palabras. O, para ser más justos, las palabras necesarias para expresar con precisión una cantidad de ideas capaces de conjurar el entramado pasional y de activar en el lector los mecanismos de la duda y el pensamiento. “A mí me parece que toda comunicación es música. Las palabras son música”, afirma Rolón. “Cuando vos sentís que un orador te aburre es porque su música es mala. A lo mejor sus notas están bien, pero la música… el ritmo no se acelera, no tiene pausas, no tiene silencios”, continúa. “Yo tengo un pensamiento muy musical, estudió música desde muy chico y soy un apasionado de la música, entonces siempre intento armar mis libros y hasta mis conferencias con matices musicales”, concluye.

-¿Pero por qué eligió en particular la figura de los  nocturnos para organizar El precio de la pasión?

La idea del nocturno tiene que ver con que, a pesar de que el libro ha sido trabajado durante mucho tiempo, con mucha investigación y una enorme intertextualidad, quería generar la sensación de que podría haber sido escrito en tres o cuatro noches desveladas. En tres o cuatro nocturnos, con todo lo que tiene el nocturno, que es un poco romántico, un poco pasional e incluso a veces un poco lúgubre. Me gustó la idea de pensarlo de esta manera (aunque por supuesto el libro se escribió de día, de tarde, de noche y a lo largo de un año), esta cosa de que podría haber sido el arrebato asociativo de alguien que quiere pensar mucho sobre un tema como la pasión a lo largo de tres o cuatro noches.

–La pretensión contenida en la idea del amor o la felicidad eterna va en contra de la certeza de la finitud humana. ¿Cuál es la diferencia entre ese anhelo de eternidad cuando se lo aplica a estas emociones y cuando forma parte de los discursos de la religión?

La idea de eternidad religiosa tiene una relación de exclusión con la idea de eternidad que está en mi libro, porque en el libro se despliega claramente que la eternidad no tiene que ver con que algo dure para siempre, sino con la confluencia en un mismo instante del pasado, el presente y el futuro. Es decir que todo lo que fuiste, lo que sos y lo que te gustaría ser está presente en ese instante. A eso en el libro se le llama el Momento de eternidad. Es decir, la eternidad que se consigue cuando hacés el amor con alguien, cuando terminas de dar un concierto o la que se consigue en muchos momentos cuando uno siente que no hay otro lugar en el mundo en el que uno quiera estar más que en este. El libro habla de la necesidad de encontrar esos puntos de eternidad para no diluirnos en la amenaza de este tiempo donde lo único que nos espera es la certeza de la muerte. Diferenciándose de la idea de eternidad religiosa que anhela la permanencia del alma para siempre en algún lugar mejor. El libro transmite que no hay otro lugar más que éste, no hay otra eternidad más que estar haciendo lo que uno desea hacer o jugándosela por lo que uno desea, viviendo la vida que uno quiere vivir.

–Los casos clínicos del libro permiten imaginar a la estructura psíquica de las personas como laberintos siempre distintos y que el trabajo del psicoanalista consiste en hallar la solución a los enigmas que estos plantean.

El paciente es al mismo tiempo el prisionero del laberinto, el Minotauro y el hilo de Ariadna. Todo es él. Los analistas lo acompañamos como Virgilio a Dante por su infierno personal. Lo acompañamos, pero el recorrido es de él y quien tiene el hilo que le va a permitir salir del laberinto es el propio paciente. Por eso lo escuchamos y tratamos de percibir aquello que él sabe pero no percibe. El paciente aprende a poner palabras a algo que ya está dentro de él pero que no puede ver. El analista tiene que tener el oído y la sensibilidad para captar cuando aparece la punta de ese hilo de Ariadna que vive en el paciente, porque es eso lo que puede permitirle salir de ese laberinto sintomático que pareciera no tener salida. El psicoanálisis es una lucha permanente por la libertad del paciente.

–No parece casual que siendo psicoanalista la mitad literaria de su bibliografía esté dedicada al policial. ¿Cree que el género detectivesco es un género psicoanalítico?

Totalmente psicoanalítico. O si querés invirtamos y digamos que el psicoanálisis es un thriller, un género detectivesco. Solo que en vez de buscar un culpable buscamos un trauma; en vez de un asesinato, una escena infantil; en vez de huellas digitales buscamos palabras, un lapsus, un fallido. Esas son nuestras huellas digitales, las que nos marcan quién es y quién fue el que produjo este daño. Yo divido mis obras en ficción, las novelas, que son los thrillers, y los libros que tienen más que ver con casos clínicos. Si leés los libros de casos clínicos te vas a dar cuenta de que casi son como pequeños cuentos detectivescos. Y si bien están basados en hechos reales, lo que se ve es el camino que recorre el analista en la investigación. Cuando los escribo pienso mis casos de una manera detectivesca, pero también los pienso así cuando trabajo: sé que estoy a la pesca de alguna señal, alguna pista que me permita descubrir quién le hizo a este paciente lo que está sufriendo, que a veces es él mismo.

–En el libro define a la esperanza como “el deseo de algo que no se tiene, cuya satisfacción no depende de nosotros e ignoramos si será o no satisfecho”. ¿Diría que la esperanza es un sentimiento perverso?

Yo la definiría como un sentimiento dañino. No sé si perverso, porque la perversión para los analistas tiene algunas connotaciones y una estructura particulares. Pero sí la pienso como una trampa que la vida le hace al sujeto para que no ponga en juego su deseo. La esperanza te sostiene dentro de la caverna y no te permite luchar para salir de ese mundo de sombras. La esperanza es una ilusión muy dañina y es enemiga del deseo, porque la esperanza te detiene y el deseo te moviliza y siempre está del lado de la vida. Entonces por carácter transitivo a mí la esperanza me queda del lado de la muerte. La muerte de apropiarse del propio destino, o la muerte de poner en juego los anhelos y de jugársela por lo que uno quiere. Pero también la muerte de la posibilidad de duelar los deseos que no se pueden cumplir. La esperanza te sostiene en un mundo en el cual el duelo no tiene lugar, porque si uno no pierde la esperanza, si uno no admite que esto no va a volver, ¿entonces por qué lo va a duelar? Quedar esperanzado es uno de los peores castigos que le pueden pasar al sujeto humano, porque te sumerge en la melancolía, que es una psicosis gravísima.

–Quisiera reivindicar a la figura de Thok, la giganta que en el mito escandinavo no quiso llorar la muerte de Balder, el hijo más amado de Odín, aun sabiendo que sus lágrimas podían devolverle la vida. Thok se niega argumentando que los muertos pertenecen a la muerte y que deben quedarse allí. Es decir que hay en ella una idea de duelo. Sin embargo el libro juzga que su actitud solo puede ser una muestra de maldad o de estupidez. ¿No será que la giganta es la única sana, la que no está presa de esa mirada melancolizada por la muerte?

No creo que se trate de una mirada melancolizada, porque en la historia de Balder todavía se podía hacer algo y todos lo intentan. Melancólico hubiera sido que todos se quedaran esperando a que Balder volviera, pero en cambio hicieron todo lo que podían para intentar ese regreso. Pelearon hasta que pudieron, movilizaron su deseo y por eso no hay melancolía. A mí la idea que más me gusta de esa historia es que ni siquiera los dioses lo pueden todo. En ese sentido los dioses paganos tienen algo tan humano que a mí me conmueve. Me conmueve la figura de ese Odín llorando por su hijo y sufriendo por algo que no puede remediar, porque él también está sujeto a las leyes.

–Usted afirma que “en esta época de consumo suele asociarse la felicidad a la cantidad de cosas materiales que pueden conseguirse”. ¿Ese corrimiento de la idea de felicidad hacia la avaricia o la mera acumulación está asociado al concepto de diversión, que también es una de las obsesiones de esta era?

Claro, porque diversión quiere decir “dar la espalda a lo real”. A mí no me gusta divertirme porque no quiero dar la espalda. Quiero encontrar la manera de pasarla bien y de sentirme vivo con la realidad que tengo en lugar de gozar de los beneficios de la ignorancia. Porque esa es la idea de diversión. Creo además que el mundo está armado para que nosotros como engranajes lo dejemos funcionar como quiera y me parece que hay una cierta necesidad de rebelión que debe dar el pensamiento hacia estas cosas. Me parece que medir la felicidad por la cantidad de cosas materiales que uno pueda tener es haberse dejado convencer por el mundo de valores que son de cartón pintado. Retomando la idea, el mundo nos empuja adentro de la caverna y nosotros creemos que está buenísimo estar ahí. Me parece que si algo tiene que hacer el pensamiento (y un ensayo básicamente es el intento de pensar sobre algo) es cuestionarlo todo. El libro toma las pasiones desde muchos lugares, no siempre para bien, y a partir de un ideal, juega con generar preguntas. No es un libro que quiera dar respuestas ni definiciones: es un libro que quiere perturbar desde el lugar de las preguntas. Como sujetos tenemos la posibilidad y hasta te diría el compromiso con nosotros mismos de encontrar esas definiciones sobre la pasión, sobre el amor, sobre la felicidad, sobre la soledad. Porque la vida es tan breve y hay tan poco tiempo, que quedarse mirando para otro lado sería una verdadera tragedia.