GONZALO GARCÉS: “El escritor argentino siempre tiene la tentación de disfrazarse de lumpen”

nota

GONZALO GARCÉS acaba de publicar Cómo ser malos. Ensayos sobre literatura (Letras del
Sur). En esta conversación con el autor de Hacete hombre, entre otras obras, se habló del
compromiso, la polémica intelectual y la crítica literaria.

–El primer capítulo del libro se llama “La cosa con el país natal”. Hace un tiempo, entrevisté a Hernán Casciari y él me decía que el hecho de haber vivido afuera le había dado cierta inmunidad inicial para escribir. En su caso, ¿qué le dieron sus años afuera?
Me dio una forma de amor y de apreciación por la Argentina que no habría tenido si me quedaba. Yo era de esa clase acomodada e ilustrada, cuyo vicio más notorio es el complejo de inferioridad respecto del propio país. De eso, me curó el haber estado afuera: darme cuenta de que Argentina, entre otros países de rango medio, es un país con peso y en algunos aspectos en su historia se ha destacado mucho más de lo que estaba llamada a destacarse. Uno de esos lugares es la literatura. La Argentina cambió la literatura del siglo XX. Eso a mí me da un tema,
pero trato de que no me dé orgullo porque no es mérito mío haber nacido en este país.
–¿Cómo veía el país a la distancia y cómo lo ve ahora?
A la distancia me hacía la idea de mi país como un país pobre y acá me doy cuenta de la enorme riqueza y la enorme pobreza que existe. Es decir, veo más la desigualdad y también veo vicios que no veía de lejos. Por ejemplo, la mentalidad muy dependiente que generó el modo argentino de trabajar, donde siempre el Estado es central. Eso engendró una mentalidad, un poco quejosa, que también se traspasa a la literatura. Por ejemplo, en la literatura argentina una de las figuras recurrentes es la de “los poderosos”. En muchas novelas, siempre aparece un hombre gordo con corbata que representa al empresario, al malo. Por otra parte, el escritor argentino siempre tiene la tentación de disfrazarse de lumpen, aunque en realidad sea un profesor de universidad, un rentista o un dueño de canchas de paddle. El problema no es hablar de empresarios o de lúmpenes, porque los dos existen, pero cuando son figuras tan cristalizadas, tan formadas por el prejuicio, la literatura se empobrece. La literatura no tiene que vivir de clichés. A mí me gustaría una novela argentina que hablara de la vida de un empresario, pero cómo es un empresario de verdad; que hablara de sus miedos, del momento vertiginoso de hacer una inversión, de arriesgar plata del propio bolsillo; que hablara de la crueldad, porque tampoco se trata de idealizar a un empresario; que se ocupara un poco menos del juicio moral prefabricado sobre el empresario y más del cómo, de los engranajes. Lo mismo te podría decir de la política. Me encantaría una novela precisa sobre la vida de un político y que no fuera esa figura estereotipada que solemos manejar.
–¿No cree que ya hay novelas buenas sobre la vida de un político? Pienso en las de Jorge Asís, por ejemplo…
Asís, al igual que Fogwill, tiene la curiosidad y el conocimiento de primera mano. De lo que no estoy seguro es que tenga el arte para hacerlo, pero esa es otra discusión.
–Me decía que el escritor argentino siempre cae en la tentación de disfrazarse de lumpen, ¿por qué piensa que les cuesta tanto hablar de plata?
Por sentimiento de culpa y la culpa es mala consejera para un escritor. Un que realmente siente respecto de la plata, del sexo, del amor y de lo que sea.
–Antes mencionaba a Fogwill y en el libro, su nombre atraviesa varios ensayos. ¿Cree que faltan escritores dispuestos a polemizar? En ese sentido, ¿Fogwill dejó
un gran espacio vacío?
Fogwill era un buen polemista porque sabía tocar puntos muy dolorosos. Cuando en una
entrevista dice que “los pueblos sometidos hacen uso de los gestos faciales de un modo diferente del que lo hacen los dominantes”, refiriéndose a los argentinos de pueblos originarios y a la cara de la gente del pueblo en México, toca algo que pone los pelos de punta. Porque, en general, al escritor argentino le gusta ser progre y estar con los buenos, pero de ahí a señalar que la mucama o el negro que te arregla el escape del auto tienen un cuerpo y un modo de usarlo diferente
al tuyo, es muy distinto. Eso duele por cualquier lado que lo veas. Fogwill sabía meter los dedos en esos orificios, pero también sabía ser un polemista bobo. La polémica superficial, tampoco le era ajena. Podía decir por ejemplo que si lo ponían en un taller a escribir junto con Alan Pauls, él siempre iba a ser mejor. Lo cual es dudoso, porque él era un tipo mucho más inteligente que la media de los escritores argentinos, pero no escribía bien. Era un escritor monótono y sus personajes siempre hablaban igual. Esa fue una polémica que yo tuve con Fogwill. Yo decía que él sabía cosas que eran muy valiosas para nosotros, pero no había que aprender a crear personajes de él porque a sus personajes les daba un léxico que correspondía a su ámbito socioeconómico, pero a todos los hacía hablar de las mismas cosas y desde una posición aleccionadora. Todos sus diálogos, hasta te diría toda su obra, tiene la estructura de una recriminación entre alguien que sabe y alguien que no. “Las cosas no son así, boludo, son de esta otra manera”: esa pequeña estructura dialéctica es toda la obra de Fogwill. Los personajes existen cuando les das diferentes posiciones en el mundo. De nada sirve darles diferentes léxicos, si les vas a hacer decir lo mismo. Ese era un defecto de Fogwill, el otro era cuando vendía humo. Fogwill, a veces, era el tachero que sabe dónde están enterrados los dólares de López o el que te dice que la conspiración de
la masonería está a punto de apoderarse del mundo. Porque también era paranoico y la paranoia, al contrario de lo que se piensa, tampoco es buena para los escritores.
–Además de Fogwill, Aira es otro de los nombres que aparece en varios ensayos, ¿por qué su literatura es tan influyente para los escritores más jóvenes?
Es curioso, porque yo conozco a mucha gente que admira o se entusiasma con Aira, pero no conozco a nadie que evidencie un goce en su lectura. Y lo comprendo porque Aira no me parece un escritor disfrutable. La imaginación de Aira está marcada por la fealdad, y por una fealdad como la de los productos de plástico. Sus novelas me hacen pensar en esos negocios del Once que venden osos de peluche mal cosidos o autitos con las calcomanías medio despegadas. Es un mundo colorido, lúdico, barato, imitativo que corresponde a la producción en serie de productos de baja calidad. Creo que el entusiasmo que provoca Aira se debe a que en este país hay una inusual proporción de lectores que aspiran también a ser escritores. Como son lectores que leen para encontrar modelos a seguir, Aira los entusiasma porque les propone un modelo fácil. Los hace sentir que la escritura y hasta la genialidad están al alcance de la mano.
–En el ensayo que da nombre al libro, dice que “los escritores son malos para la controversia, malos para ser malos”. ¿Es así? En América Latina somos malos para la controversia porque somos mamíferos demasiado sensibles. Nos gusta demasiado tener amigos y que nos quieran. Entonces, polemizamos a la distancia. A través de Internet o en los comentarios de Facebook, decimos cosas duras, pero después no las mantenemos y cuando nos encontramos somos todos amigos. Por otro lado, como personalizamos todo, las polémicas quedan invalidadas de antemano. Si yo digo que la imaginación de Aira no me gusta porque me parece un escritor estereotipado y que sus ideas sobre la literatura me parecen superficiales y torpes, lo primero que se asumirá es que tengo algo personal contra Aira, que estoy celoso de él, que me molesta su fama o sus anteojos. La personalización de todo invalida la polémica. Y para mí, la polémica en el fondo es la realidad, en un sentido esencial. En el interior de cada uno, cada día hay una polémica entre el ser y el deber ser. En un nivel biológico, las células están todo el tiempo luchando
entre la disgregación, la entropía y el impulso de permanecer unidas y seguir haciendo un organismo. En el fondo, como decía Leonard Cohen, “hay que volver a la guerra”.
–Habla de volver a la guerra como una forma de volver a la polémica. Al poco tiempo de la primera marcha de “Ni una menos”, escribió una nota muy controvertida. Si bien algunas mujeres salieron al cruce, el texto no se terminó debatiendo lo suficiente. Liliana Heker dice (p. 28) que ahora los intelectuales adhieren o rechazan determinadas causas, cuando no es eso solo lo que se espera de ellos. En todo caso, lo que se espera es que piensen y argumenten esa adhesión, ese rechazo. ¿Nota cierta vagancia en el campo intelectual?
Claro, siempre hubo vagancia. En el caso del feminismo es quizás el tema más difícil de debatir del mundo. Para mí es difícil porque no tengo ninguna de las dos posiciones caricaturescas a las que parece reducirse todo. Es decir, no soy machista y tampoco soy feminista. Al mismo tiempo, me cuesta discutir con mis interlocutoras feministas porque partimos de concepciones muy distintas. El feminismo parte de una idea de que la finalidad de todo ser humano es ejercer el poder en forma abierta, institucionalizada y llevar el ideal de vida que nos propone la sociedad de consumo. Yo, en cambio, parto de una idea más cercana al pesimismo filosófico. Lo que buscamos es sobrevivir y mi marco de pensamiento es la psicología evolutiva darwinista, para la que en cada ecosistema dado, cada individuo de cualquier especie hace lo que necesita hacer para maximizar sus chances de supervivencia y de pasar su capital genético a la siguiente generación o desaparece. En el ecosistema previo a la Revolución Industrial, lo mejor que podía hacer una mujer para sobrevivir era adoptar el rol de ama de casa, hacer trabajos comparativamente livianos en el campo o en los albores de la industria o el artesanado y dedicar lo mejor de su energía a la crianza, mientras dejaban que el hombre se ocupara de los trabajos más peligrosos. Eso no fue el patriarcado, eso fue lo que en el ecosistema, previo a la Revolución Industrial, funcionaba. Cuando esta cambia el mundo del trabajo, y el trabajo se transforma en el trabajo
tal como lo conocemos ahora, el ecosistema cambia y de pronto no hay ninguna razón para que la mujer se quede en casa y se dedique a la crianza. Está muy bien que sea así. Por eso son ridículos los tradicionalistas nostálgicos, que suponen que la naturaleza de la mujer sería la casa y la naturaleza del hombre sería salir a cazar. Eso es falso, no hay tal naturaleza, no existe lo natural, existen ecosistemas y adaptaciones. Entonces, ¿qué pienso? Pienso que una sociedad igualitaria, en la que hombres y mujeres puedan decidir, según sus inclinaciones, su destino, es lo que corresponde hoy en día. Pero no llamo a eso una liberación, no hubo una lucha feminista que
trajera ese orden. Lo único que hubo fue un cambio en el paradigma tecnológico y productivo que cambió el ecosistema y nos adaptamos a él.
–Lo entiendo, pero en tiempos de “Ni una menos” es una postura que puede parecer provocadora…
Yo no me enfrenté al colectivo “Ni una menos”, de hecho participé
en las dos marchas que se hicieron. Quiero dejar en claro
una cosa para que no se me malinterprete, yo apoyo a “Ni
una menos”, apoyo que se haga una marcha para reclamar
mayor protección para las mujeres víctimas de violencia. Por
supuesto que estoy en contra de la violencia, pero de ahí
no deduzco que vivamos en un patriarcado. El feminismo
radical intenta aprovechar el pánico y la indignación legítima
que causa la violencia contra las mujeres para hacer pasar su
propia agenda ideológica. Y yo no quiero aceptar ese contrabando
ideológico. Quiero que se pare la violencia contra
las mujeres sin que por eso me fuercen a aceptar una visión
espuria de la realidad, de la historia y una ideología que
fomenta el odio entre hombres y mujeres.
–Hablábamos de la falta de compromiso intelectual. En
el libro hay una entrevista a Abelardo Castillo en la que
él lee un fragmento de sus diarios. Ahí, Castillo dice que
no sabe si va a volver a escribir otro libro que lo comprometa
tanto como Crónica de un iniciado. ¿Hay escritores
de su generación que vivan la literatura del mismo
modo? La verdad, no sé muy bien dónde empieza y termina
mi generación. Me viene a la cabeza el nombre de Carlos
Gamerro. Para mí él es un “hombre de letras”; es alguien que
ostensiblemente dedica lo mejor de sus fuerzas a la literatura.
Su compromiso es tan grande como el de Abelardo, el de
Bioy o el de Borges. Después, creo que Pola Oloixarac,
que es probablemente la escritora de mi generación que
prefiero, vive para las ideas. A veces esas ideas aparecen en
forma de ficciones, a veces se incorporan al personaje que ella
ha creado de sí misma, pero Pola es una fanática. Es alguien
a quien no le interesa nada fuera del curso de sus obsesiones
literarias. En un lugar completamente distinto, Juan Terranova
también es un fanático. En Argentina, es lo más parecido
que hay a lo que eran en Francia Mauriac o Huysmans. Un
escritor católico con una agudeza y una finura crítica impactante,
también con una dosis importante de paranoia.
–Nombra a Terranova y en contraposición pienso en
una frase de su libro. En uno de los ensayos dice que
“al crítico argentino se lo reconoce por un rasgo: no critica”,
¿realmente ve esa falencia de la crítica? Creo que
es bastante injusto eso que dije. Yo vivía afuera y me guiaba
mucho por la crítica de suplemento, que es excesivamente
cortés. Pero no me había llegado, y no estoy seguro de que ya
Terranova hubiera publicado sus trabajos críticos, como Los
gauchos irónicos. Tampoco había leído a Mavrakis, que me
parece otro crítico notable, y menos a Ingrid Sarchman, que
empecé a leer hace mucho menos tiempo, uno va cambiando
de acuerdo con lo que va leyendo. Hay mundos críticos que
son estancos. El mundo de la pequeña crítica de suplemento,
salvo pocas excepciones, sigue teniendo esa impostura, basada
en el tecnicismo, que se fija en el uso de los tiempos o se
ocupa de señalar si hay o no un monólogo interior, pero nunca
termina de decir si el libro está bien o mal. Después están los
críticos que se criaron en las catacumbas de los blogs en la
década pasada. Muchos de ellos recién están floreciendo ahora
como críticos y son infinitamente más interesantes.
–Desde hace un tiempo está al frente de Editorial
Galerna , gastar tanta energía en libros ajenos, ¿lo deja
sin ganas para escribir su propia literatura? No, al contrario,
me da más ganas. Probablemente, mi próxima novela
tenga como protagonista a un editor y por una vez lo haré con
la conciencia tranquila de que sé de lo que hablo.