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Guillermo Martínez: Al rescate del enigma

“Hay algo de la literatura que tiene que ver con la voz del escritor, con su lenguaje y con su mundo que para mí va más allá de la cuestión de los géneros”, dice Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962), sentado en el mismo escritorio sobre el que trabaja todas las mañanas, en su departamento del barrio de Belgrano. El escritor y matemático acaba de ganar el prestigioso Premio Nadal en su 75 edición con su novela Los crímenes de Alicia, una suerte de secuela de su anterior Crímenes imperceptibles (Planeta, 2003), que fue llevada al cine por el director español Álex De La Iglesia como Los crímenes de Oxford. Si en la primera, el eje narrativo tenía que ver con la lógica matemática, en esta ocasión el motor son los símbolos que se encuentran detrás del universo del clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas.

–¿Cómo surgió la idea del libro?

La primera idea que tuve para esta nueva novela tuvo que ver con un prólogo que me encargaron para un libro sobre Lewis Carroll que se llama Lógica sin pena. Realmente, hasta ese momento, no sabía nada sobre su vida y empecé a leer algunas biografías, otros artículos, uno de los prólogos de un libro con su obra completa. Dentro de los materiales que leí para ese prólogo había un texto en el que se comentaba que él había escrito sus diarios íntimos, que los familiares habían arrancado varias páginas y había una en particular, que correspondía al año 1863, que tenía que ver con una pelea que había tenido con la madre de Alice Liddell, que es la niña que inspira Alicia en el país de las maravillas y a partir de esa pelea le habían impedido seguir viendo a Alice y a su hermana. Entonces, empecé a investigar qué había pasado exactamente, qué más se sabía y me encontré con una historia fascinante. Porque en el año 94, que es el año en el que sitúo mi novela, y que corresponde al año siguiente de mi novela anterior, Crímenes imperceptibles, en ese año, una joven dramaturga descubre en la casa museo de Carroll un pedazo de papel que tenía las anotaciones que habían hecho los familiares que habían arrancado las páginas. En esas anotaciones pusieron lo esencial que decía cada una de las páginas que arrancaron. Este descubrimiento pensé que podía dar lugar a una novela en la que se buscara qué era lo que estaba escrito en esa página.

–En sus novelas, mayormente hay mucho de ficción, pero imagino que esta vez también tuvo que sentarse a investigar, ¿es así?

En Crímenes imperceptibles podría decirse que el trabajo de investigación fueron los 25 años que estudié lógica matemática, pero esta es la primera vez que para escribir una novela específicamente hago un trabajo de investigación. Leí los nueve volúmenes de los diarios de Carroll, varias biografías, artículos y todo lo que tiene que ver con Carroll como pionero de la fotografía. Todo eso aparece de alguna manera en la novela, pero lo que se refiere a la Hermandad Lewis Carroll no tiene nada que ver con la verdadera Sociedad Lewis Carroll que está en Inglaterra y que fue la que publicó los volúmenes. Los biógrafos que yo imagino en la novela no tienen nada que ver con los biógrafos reales pero sí algunas cuestiones que se discuten alrededor de la figura de Carroll. Hay una especie de juicio desde la época contemporánea hacia la forma en que Carroll amaba a esas niñas. Todas esas opiniones las fui leyendo de distintas biografías. Es decir, aquello que es trama ficcional es puramente imaginario, los personajes son todos imaginarios, pero el contenido de las discusiones tiene que ver con biografías documentadas, con hechos reales que sucedieron.

–En Los crímenes de Alicia aparecen los mismos protagonistas en el mismo escenario de Crímenes imperceptibles. Sin embargo, son historias totalmente independientes que pueden leerse por separado. Pensaba que para disfrutar mejor del libro, quizás sí sea necesario leer Alicia en el país de las maravillas antes. ¿Está de acuerdo?

En esta novela reaparecen los dos personajes principales de Crímenes imperceptibles, pero como decís vos son historias independientes. En cuanto a Alicia en el país de las maravillas, ese es un libro que logra un milagro raro que pocos autores han conseguido, pienso en Drácula o Frankestein, que es que sus creaciones están más allá de los libros; están en la cultura popular, en imágenes que todo el mundo ha visto. Por otra parte, del libro Alicia en el país de las maravillas utilizo algunos acertijos y algunas frases, pero todo está debidamente citado. No creo que sea necesario leer el libro antes, pero por supuesto el que recuerde bien la novela podrá imaginar con más elementos qué otras muertes acechan.

–Hace algunos años, a propósito de otra entrevista, hablamos de lo preocupados que están ciertos autores por construir una imagen que ayude a que sus libros sean más leídos. Esta novela, de algún modo, tiene que ver con lo que hay detrás de la obra de Carroll. A usted, ¿cuánto le importa eso a la hora de abordar un escritor?

En el principio de la novela, el personaje que narra la historia dice que él siempre prefirió dedicarse más a la criatura de ficción que al creador de carne y hueso. En general, ese siempre ha sido mi modo de pensar en relación con los escritores. He leído muy pocas biografías de autores en mi vida, creo que las podría contar con los dedos de la mano. Antes de leer sobre sus vidas, prefiero creer en la maquinaria y en el acto de ilusionismo que es cada novela o cada cuento. En este caso, si me interesé por la vida de Carroll, fue a partir de este hecho, que era para mí el enigma central que había alrededor de su vida y entonces leí para escribir esta novela.

–Se habla cada vez más de la literatura del yo, de la autoficción. En este contexto, elige escribir una novela clásica de enigma, ¿cómo se lleva con esa otra literatura?

Yo no veo ninguna novedad en la literatura del yo. Es algo que corresponde a una literatura en primera persona que se viene haciendo desde Robinson Crusoe. Es decir, es un género totalmente clásico como cualquier otro. Si vos te fijás, todas mis novelas se pueden leer como pertenecientes a la literatura del yo porque están todas escritas en primera persona y con algunas referencias que se podrían asociar a una biografía si no fuera porque en general serían citas falsas. A mí me parece que la literatura del yo puede ser interesante en la medida que el mundo de ese yo lo sea.

–¿Qué es lo que le interesa de la novela de enigma?

La analogía que a mí más me interesa tiene que ver con el acto de ilusionismo y eso está muy presente en la novela policial de enigma. La solución final, ese reordenamiento, esa nueva lógica con que se iluminan los hechos ya leídos, tiene algo del acto de ilusionismo. Además, es un género que siempre me ha dado mucha felicidad como lector y por ser un género que ha quedado desacreditado o anticuado respecto a la supuestamente más moderna novela negra, justamente me interesa hacer un rescate del género. Me parece que es posible abordar una cantidad de cuestiones interesantes desde la novela de enigma. Lo que yo intento en Los crímenes de Alicia es una recreación de la idea de Borges alrededor Pierre Menard. Hay una relectura contemporánea de los mismos hechos que a Carroll le habían dado fama como fotógrafo y que serían delitos infames si los vemos con la óptica de hoy.

–¿Como lector hay algo que le interese de la literatura del yo?

No leo por géneros, leo cuando me llegan noticias o voy a una librería y veo algo que me interesa. Últimamente, leí La familia de Gustavo Ferreyra (Alfaguara, 2014) y me pareció una novela extraordinaria, fuera de catálogos, imprevista, una gran novela de ideas con una enorme ambición literaria. Es una novela que seguramente alguien podría incluirla dentro de la literatura del yo, pero es muchísimo más que eso. También leí Una muchacha muy bella de Julián López (Eterna Cadencia, 2013), que estaría más cerca de este género y me gustó mucho. Leí La hija del criptógrafo, la última novela de Pablo De Santis (Planeta, 2017), que es un paso más allá en su obra porque logra incorporar la historia política argentina reciente de una manera absolutamente original.

–En sus novelas, los personajes siempre tienen un nivel intelectual bastante alto, ¿imagina a sus lectores de ese mismo modo?

En mis novelas me interesa que los personajes sean más inteligentes de lo que podría ser yo. Me parece que también es un desafío interesante para los lectores sentirse que están rodeados de gente inteligente, con ambiciones intelectuales. Me gusta esa clase de mundo. Para decirlo en el sentido opuesto: no me gustan las novelas que caricaturizan la marginalidad, esa especie de estereotipo a partir del que se simula cómo hablaría un pibito chorro. Yo veo ahí cierto paternalismo o ciertos estereotipos que se filtran. Por eso prefiero que mis personajes pertenezcan a mundos más cercanos al conocimiento, al estudio, a la literatura o al arte.

–Por segunda vez vuelve al mismo escenario y retoma personajes de Crímenes imperceptibles, ¿se puede pensar en una tercera novela o es muy pronto?

Me encantaría encontrar una buena idea pero sería para un futurísimo. Yo sentía que la idea que tenía para esta novela era tan buena que no podía dejar de escribirla. Además, como naturalmente el hallazgo transcurre en el año 94, era casi imposible no hacerla con estos mismo personajes.

–Hace tiempo entrevisté a Antonio Dal Masetto y vi que arriba de su escritorio tenía una frase que decía “Justificá tu día”. Desde entonces, tengo la costumbre de preguntarle a los escritores cuándo sienten que tuvieron un día productivo. ¿Qué tiene que pasar para que esté conforme con lo que hizo?

Hay una frase en latín que alguna vez me dijeron que es “que no pase un día sin que escribas una línea”. En mi caso, siento que justifiqué mi día cuando escribí una página de la que estoy conforme. –¿Solo con escribir alcanza para que su día esté justificado? ¿No son importantes otras cosas? ¿Jugar al tenis por ejemplo? Por supuesto que es importante para mí jugar al tenis, pero como escritor te digo lo otro. Como persona me pasan cosas fantásticas en muchísimos otros aspectos. Seguramente si le hago un game a mi entrenador, también justifico el día.

–En esta relación con la productividad y el tiempo, ¿qué lugar ocupan las redes sociales?

Desde hace un par de años tengo una cuenta de Twitter que se llama Leo y subrayo y la considero como una especie de libreta de subrayado de los libros que estoy leyendo. Me resulta agradable saber que yo anoto alguna frase y hay unas quinientas o mil personas que leen la frase y por ahí después se interesan por el libro. Yo siempre creo que en todos los libros hay literatura, pero no todo el tiempo. Cada tanto aparece la literatura en una analogía feliz, en una buena frase, en un epigrama, esos momentos muchas veces se pueden capturar en un tweet. Mayormente uso mi cuenta para eso, por supuesto también aviso si hay una presentación de mis libros, una nota o ese tipo de cosas que tienen que ver con mis actividades, pero lo esencial de la cuenta son subrayados de otros autores.

–¿Y estar en las redes no le quita tiempo valioso de lectura?

No porque no estoy mucho ahí, es algo muy esporádico. De todos modos, también me sirve para enterarme de cosas que tal vez no salen en los diarios.

–¿Se ve incluyendo la coyuntura política de nuestro país en un próximo libro?

La verdad es que no. He militado mucho en mi vida, he participado en política, he tenido muchas discusiones y desencantos porque acá siempre se gira a la derecha, nunca nadie mira a la izquierda. Entonces llega un momento en el que decís “y bueno, les gustará esto”. De todos modos, escribí un par de piezas que tienen que ver con la política argentina. Pienso en Infierno grande y en un cuento que se llama “Retrato de un piscicultor”, pero no me imagino escribiendo muchas otras cosas. Para mí la ficción tiene que tener algo de mundo autónomo, obviamente siempre habrá un pie en la realidad, pero me gusta mucho la idea de la imaginación en la literatura. Me siento mejor inventando que tratando de hacer un retrato donde los personajes de algún modo reflejen situaciones contemporáneas.