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Juan Minujín: Puro talento

De él se puede esperar todo en términos artísticos, salvo que siga el camino más previsible. Puede sorprender con participaciones tan diversas y casi contemporáneas entre sí como las que llevó a cabo en Zama (2017), notable pero nada ortodoxa adaptación de Lucrecia Martel sobre la novela de Antonio Di Benedetto ambientada en la época colonial, o en la comedia de Telefe 100 días para enamorarse (2018). Juan Minujín (Buenos Aires, 1975) es uno de los pocos actores que se muestran sólidos tanto en el cine independiente como en el industrial: por ejemplo, saltó de Un año sin amor (2007), dirigida por Anahí Berneri, a Dos más dos (2012), de Diego Kaplan, su primera oportunidad en las ligas mayores, de la mano de Adrián Suar. Junto a Pol-ka hizo Tiempos compulsivos (2012/2013) y Solamente vos (2013/2014), para confirmar que la televisión también es un territorio en el que se mueve con absoluta naturalidad.
Luego y junto a Underground, la productora de Sebastián Ortega, se sumó, por ejemplo, a Viudas e hijos del Rock and Roll (2014/2015) y a El Marginal (2016), donde brilló como Miguel Palacios, un policía infiltrado en la cárcel de San Onofre. Y, entre tanto, también sumó a su filmografía una participación en Focus (2015), la película que trajo a Will Smith y a Margot Robbie a rodar en el país.
Minujín pasó su infancia lejos de Argentina. Tras el golpe militar de 1976, su familia se instaló en México, ya que sus padres Aída Quintana (socióloga) y Alberto (matemático y hermano de la artista plástica Marta Minujín) fueron perseguidos por la dictadura. Volvió al país con el retorno de la democracia y, aunque eso representó un desafío tan grande que hasta debió incorporar el acento local, la vida fuera de nuestras fronteras le permitió formarse y tener experiencias en el exterior, incluso como estatua viviente en las calles de Londres.
Casado con Laura, una psicóloga, y padre de Carmela y Amanda, su voz fue una de las primeras en respaldar el movimiento feminista, tanto dentro de los sets como fuera. De hecho, en aquella marcha multitudinaria del Ni Una Menos en 2015, fue uno de los oradores junto a Maitena y Érica Rivas. Entre sus trabajos más recientes se destaca la película de Netflix, Los dos papas (2019), en la que fue dirigido por el
brasileño Fernando Meirelles (el mismo de Ciudad de Dios o El jardinero fiel) y compartió cartel junto a dos próceres internacionales como Anthony Hopkins y Jonathan Pryce. En este descomunal proyecto internacional, tanto por su presupuesto como por la originalidad del argumento que presenta a los papas Benedicto XVI y Francisco como dos caras opuestas en las altas esferas del catolicismo, Minujín interpreta al joven Jorge Bergoglio. Mientras tanto, en teatro protagoniza la comedia La verdad, con Jorgelina Aruzzi en el Paseo La Plaza. Definitivamente, es el actor que todos quieren en sus elencos.

–¿Cómo le llegó la convocatoria para participar en Los dos papas?

No conocía a Fernando Meirelles, ni había trabajado con él. Sí había visto sus películas y era muy fan de su trabajo, pero la propuesta me llegó a través del director de casting argentino de la empresa que se encargó de la producción. Ellos le presentaron al director algunos nombres. Luego tuvimos reuniones con Fernando, en las que leímos el guion y se decidió mi incorporación.

–¿Llevó adelante la composición de este personaje real y de tanta relevancia en los mismos términos que los personajes de ficción?

Sí, no he dejado de ver que era un personaje que todo el mundo conoce, que es real y está vivo. Pero, en un punto, el trabajo comenzó a ser de ficción, más allá de todo el soporte que tuve a disposición (ya que pude entrevistar a mucha gente que estudió y trabajó con Bergoglio, y pude ver mucho material en YouTube). Sin embargo, hay un punto en el que uno se despega y hace un trabajo de ficción como si fuera un personaje más.

–¿Cuánto sabía, entonces, de la vida de Bergoglio y de la relación entre los papas?

No sabía demasiado. A Bergoglio lo conocía como una figura política de la Argentina, en tanto argentino que también soy, pero yo no soy religioso y, por ende, no tenía mucha idea de los entretelones y la interna de la Iglesia. Tampoco sabía que habían existido estas reuniones entre él y Joseph Ratzinger.

–Estrenada la película, ¿qué impresión le quedó de estos hombres y de sus posiciones dentro de la Iglesia?

Bueno, la película me cambió mucho la mirada sobre Bergoglio porque no conocía los pormenores de su vida. Por otro lado, al estar en una película tan global y hacer la gira promocional, en la que recorríamos muchos países con Fernando Meirelles, Jonathan Pryce, Anthony Hopkins y el equipo, también pude ver cuál es la mirada qué hay sobre Francisco, distinta de la que tenemos los argentinos. Por eso, creo que la película me cambió la mirada porque me parece que Francisco es una persona que supo mutar. Creo que la película habla sobre eso, sobre alguien que puede ver sus errores y corregir. Esa es una de las grandes discusiones que tienen ellos dos. Respecto de Ratzinger, la película no cambió mucho la impresión que ya tenía sobre él.

–Los papas de la ficción son dos gigantes de la actuación. ¿Qué significó en su vida actoral esta película?

Por supuesto, que compartir una película con Jonathan Pryce y Anthony Hopkins, dos actores que admiré toda mi vida porque crecí viendo sus películas, fue muy significativo para mí. Resultó muy emocionante en términos personales y, en cuanto a lo profesional, me parece que es algo que me quedará guardado para toda la vida. Fue muy interesante, en especial, con Jonathan Pryce, porque fue con quien más conviví. Con él pude conversar sobre teatro, ya que en su carrera trabajó en gran cantidad de obras. Además, tuve gran afinidad a la hora de pensar las escenas. Fue un gran aprendizaje trabajar con este grupo de compañeros pero, en particular, con estos dos actores que tienen tanta experiencia y tan distinta a la nuestra.

–¿Cuán diferente es el rodaje en el marco de una superproducción?

La gran diferencia, hoy en día, es el tiempo con el que cuenta una gran producción, por la cantidad de semanas y recursos. El tiempo es un recurso muy limitado en el cine nacional, tanto en el industrial como en el independiente. Las películas, en general, se hacen entre cinco y siete semanas, mientras que Los dos papas se realizó en el doble de tiempo. Esa disposición de tiempo permite probar muchísimas cosas y facilita tener las locaciones con anticipación, de manera que los ensayos se llevan adelante allí mismo. Todo eso hace posible que se cuente con más opciones para elegir y que no se corra tanto ni se resuelva sobre la marcha, sino que haya margen para probar y experimentar. Y, por supuesto, otra de las diferencias es el lanzamiento, ya que el estreno de una superproducción es muy distinto al de una película pequeña.

–¿Piensa que a partir de Los dos papas podría lograr una proyección internacional estable? ¿Le interesa?

La verdad es que no tengo mucha idea. Trato de no especular mucho con eso e ir viendo qué me ofrece la carrera, el destino, la suerte, etc. Desde ya que sí, me encantaría, porque me gusta mucho y, además, porque yo me formé fuera del país.
Tanto mi papá como mi mamá vivieron mucho tiempo en el exterior, por eso también me gusta ver la Argentina desde esa perspectiva, con una distancia que enriquece. Por otro lado, me encanta conocer cómo trabajan en otros lugares.

–Mientras en el cine fue un hombre dedicado a la fe y también a la búsqueda de la verdad, en teatro interpreta a un mentiroso serial. ¿Cuánto de mentira y verdad vislumbra en la vida moderna, hiperconectada y vertiginosa?

Pienso que la relación sigue siendo la misma que antes a este tiempo hiperconectado. Creo que siempre hay un equilibrio, siento que siempre es mejor estar conectado a la verdad pero, por suerte la obra que estoy haciendo (que justamente se llama La verdad) no baja una línea moral.  Nuestra intención no es esa sino simplemente abrir un interrogante: qué es la verdad, qué es la mentira y cómo convive uno con eso. A mí lo que más me interesó de esta obra es que deja a la luz el doble estándar que manejamos todos, en nuestra vida afectiva al menos, en el que si a uno le hacen algo le parece terrible pero si es uno quien lo hace lo considere menos grave. Eso, en escena, genera mucho humor y tiene que ver con la mentira y la verdad.

–En el cine el trabajo permanece inalterable y en el teatro cada función de la misma obra es distinta. ¿Cómo se siente en un caso y en el otro?

Sí, efectivamente, el cine es algo en lo que uno intenta poner una precisión infinita en todo para que quede lo mejor posible y, una vez que lo logró, está hecho. En el teatro, al contrario, la obra se tiene que ir reescribiendo todo el tiempo, cada noche. Pero esa repetición tiene algo muy bueno porque es una revancha a diario, en la que uno va puliendo el trabajo, el arte de cada una de las respuestas y cada uno de los momentos. Eso es muy lindo porque va hacia un lugar muy profundo, muy hondo. En el cine, una vez que terminó el día de rodaje, ya está. En el teatro uno va dando siempre sobre el mismo clavo, sobre la misma tecla y eso es muy difícil pero tiene la ventaja de la profundidad y la revancha.