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Laura Restrepo: Pasar el umbral

Las convicciones propias y sus consecuencias: algo que nadie puede eludir. A Laura Restrepo (Bogotá, 1950) le llevó poco tiempo establecer sus principios. Allá por los 70, cuando cursaba el primer año de Filosofía en la universidad, se unió al Bloque Socialista, una agrupación trotskista, y empezó a escribir artículos para el periódico partidario. Su militancia la llevó hasta Bruselas, sede de la Cuarta Internacional, y de ahí a una Madrid que se desperezaba luego de la muerte de Franco. Para ese entonces, ya sabía que la pelea es el peaje de algunas utopías.

En 1978 viajó a la Argentina para formar parte de la oposición no armada a la dictadura. En este país nació su hijo Pedro y el argumento de una de sus novelas más famosas: Demasiados héroes. Cuando regresó a Bogotá, se dedicó al periodismo. También formó parte de la Comisión de Paz entre el gobierno colombiano y el movimiento M-19. Después vinieron años de exilio y el empezar a rever la realidad con ojos de novelista. Su libro La isla de la pasión cuenta lo que sucede cuando un grupo de náufragos queda varado en un islote durante nueve años. Leopardo al sol narra una sucesión de venganzas entre dos familias narcos. No son las únicas ficciones de Restrepo que están basadas en hechos reales.

El 4 de diciembre de 2016, Yuliana Samboní, una nena de 7 años, fue secuestrada, violada y asesinada en Bogotá. “Yo andaba por Perú cuando me llegó la noticia de este hecho atroz. El acusado era un joven arquitecto de una familia ‘bien’. Con mi hermana Carmen y mi sobrina María, que estaban conmigo, nos pasamos la noche pendientes de la televisión, de los e-mails, de los mensajes de WhatsApp. Veíamos en la pantalla las multitudes indignadas que se congregaban en las calles de Bogotá para exigirles a las autoridades la inmediata captura y juicio del responsable. Volví a casa y, cada vez que me sentaba a escribir la novela que tenía entre manos, lo sucedido volvía a mi mente. Al final, me di por vencida en el intento de concentrarme en otra cosa y decidí escribir sobre eso”, cuenta.

–¿De qué se trataba la novela que dejó abandonada?

Ah, no, eso es algo que no te puedo contar, porque ya la retomé y será la próxima que publique. Los divinos salió de un tirón, en unos cuantos meses apenas, cosa rara para mí, que por lo general soy lenta, lentísima, a la hora de escribir. No creo para nada en supuestas magias del escritor, ni musas inspiradoras ni cosas por el estilo. Sin embargo, esta vez sentí que la novela se iba narrando sola, imparable, a borbotones. De vez en cuando, un libro se te impone. Cuando eso sucede, lo mejor es dejarse arrastrar por él.

–¿Qué la empujó a escribir sobre el crimen de una niña?

Una urgencia obsesiva de comprender en qué clase de sociedad (y de mundo) vivimos. Desde el principio tuve claro que, si bien el asesino era un psicópata, su perversidad no podía ser una rareza o una excepción. El clima malsano, el desprecio por los demás y, en particular, por la mujer se extiende por todos lados, nos envuelve como una atmósfera podrida y es caldo de cultivo para algo así. El desparpajo con que el victimario se movió a plena luz del día y su descuido a la hora de ocultar evidencias hablan de la certeza que tenía de que nada le iba a suceder. Al fin de cuentas, él era un mandamás. Ante sus ojos, esa chiquita no existía, nadie iba a preguntar por ella, no iba a trascender lo que sucediera en un arrabal misérrimo de la ciudad. Para el asesino, ese barrio pobre era apenas un coto de caza.

–¿Cómo la afectó eso?

Me indignaba al punto de no dejarme dormir. Sentía rabia, asco, dolor. Me atormentaba pensar en los niveles brutales de sufrimiento de la nena, y no podía evitar la sensación irracional de que escribir sería mi única forma de protegerla, como si con palabras pudiera arroparla, impedir que le sucediera lo que le había sucedido ya. Una reacción muy de madre, supongo. Cuando sos madre, todo niño que sufre se vuelve tuyo. –No es la primera vez que escribe sobre aberraciones. ¿Cómo hace para no “contaminarse” mientras convive con personajes siniestros? Hasta aquí veníamos hablando del crimen de la vida real, pero tan pronto empezás a escribir (o para el efecto, a leer), atravesás un umbral y te instalás en un plano diferente. A partir de ese momento, el único criterio de verdad es la propia lógica interna del texto, sus requisitos de ritmo, intensidad y estructura. Yo moldeo los personajes, los voy transformando, disecando, examinándolos por dentro y por fuera. Los divinos es una novela de ficción y en ella, el asesino –“el Muñeco”– ha sido inventado por mí. No fue diseñado de acuerdo a investigaciones o entrevistas porque no me interesaba llegar a una novela negra o de suspenso, sino a una íntima, que escarbara en la interioridad, que indagara causas y mecanismos subjetivos. No te voy a decir que le tomé afecto o simpatía al Muñeco, que es un ser humano repugnante hasta la náusea, pero en cuanto personaje, lo trabajé con la mayor dedicación para poder comprender sus motivos e incluso, sus frustraciones e inseguridades.

–¿Cree que cada vez se cometen más femicidios o que hoy hay más registros sobre esos crímenes?

Presentando Los divinos visité varios países y en cada uno se discutía el tema. Lo que es común a todos es la proliferación de violaciones y la multiplicación de la violencia de género. Escuché argumentos distintos sobre las causas de eso. Hay quien dice que hoy no es peor que antes y que la diferencia radica en que ahora se denuncia más y los medios están atentos a divulgar. También escuché opiniones según las cuales la fuerza y valor con que las mujeres se oponen al fenómeno, negándose por fin a aguantar, ha dado lugar a una suerte de venganza machista.

–¿Cuál es la desigualdad de género que más padece o cuál fue la que más padeció?

Bueno, un poco como escritora, cómo negarlo. Los autores varones se apoyan unos a otros, ignorando sistemáticamente a las narradoras mujeres. Hacen como los futbolistas de las grandes ligas: se pasan la pelota entre ellos. Hasta da risa ver cómo afianzan su prestigio asociando su nombre a los escritores varones de prestigio que los precedieron. Basta con fijarse en las contratapas de muchos de sus libros: fulanito es “un nuevo Faulkner”, zutanito es “un heredero directo de Mann”. Los Kafka y los Chéjov reencarnan en nuevos escritores hombres. Todavía no he leído un artículo de crítica literaria que diga de una mujer que es “la nueva Dostoievski”. Tampoco que un escritor hombre es el “nuevo Yourcenar”.

–¿Qué debemos hacer para luchar contra la violencia y las desigualdades de género?

No aguantar. Ni un pelo, nunca más. No callarse ninguna agresión, ni grande ni chica. Salir a la calle a denunciar. Manifestarse. Poner la demanda, aunque implique enfrentarse a un juez machista. Protestar a voz en cuello. Solidarizarse con las víctimas. Empezar por lo pequeño: los hombres que no te dejan hablar porque tapan tu voz con la de ellos y no escuchan, los chistes machistas, los lances indebidos, los manoseos indeseados. No soportemos violencia familiar por “no romper la armonía del hogar”. Nada de eso. Aprendamos a decir no. ¡NO! ¡No más, nunca más! ¡Conmigo no te metes! ¡NO!