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Mariana Enríquez: En la brillante oscuridad

Tanto calor hay en estas páginas, tanta selva, tanta tierra colorada, tanto mamboretá y tanto gualicho que se podría decir que todo lo demás (las ánimas, los muertos que regresan, los santos menores y venerados en secreto, la secta que cruza la historia de principio a fin) crecen, brotan directamente de ese infierno verde. Pero decir eso sería, también, decir la mitad. Casi como sacar una foto de las Cataratas del Iguazú y pretender que ahí estén también los ruidos y la noche, los olores, las salpicaduras y hasta la Garganta del Diablo. Y no, porque en esta novela de setecientas páginas que escribió durante más de tres años y que le valió a Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) el Premio Herralde hay bastante más que eso. Por algo el premio llega después de mucho escribir: arrancó con una novela descontrolada, Bajar es lo peor (1995) y no paró más. Luego vendría Cómo desaparecer completamente (2004), libros de no ficción como La hermana menor (2014) y recopilaciones de cuentos como Los peligros de fumar en la cama (2009) o Las cosas que perdimos en el fuego (2016), entre otros. Será por eso esta mujer (de pelo blanco, labios muy rojos, negro de pies a cabeza) que llega puntual a la entrevista en un bar de San Telmo habla con tanta tranquilidad. De ella, de su carrera, de su modo de trabajar las palabras y de esa historia –Nuestra parte de noche– en la que se mezclan el Pombero y la dictadura, el santoral correntino y Londres, la infancia en los años de plomo, los sacrificios humanos y los desaparecidos. Desde el medallón que cuelga de su cuello, un Mick Jagger jovencito bendice la charla, cual un papa stone.

–¿Cómo se lleva con esta fama feroz que trae el Herralde?

Hay un poco más de demanda que lo habitual pero la voy llevando bien porque la vivo como un halago. Pero para mí lo más extraño es el constante nivel de demanda de palabras mías, frente a lo que para mí implica escribir, que es una actividad súper solitaria, callada y “para adentro”. Ojo, yo no soy tímida ni introvertida, al contrario. Por eso no padezco la demanda, pero sí es complicado cumplirla porque tenés que manejar varios frentes. Entonces, ¿qué pasa? Terminaste tu libro, estuviste editándolo, fue una cosa súper reconcentrada, cerrada. Y de repente al libro le va bien comercialmente o te ganás un premio y estás como lanzada a tener que hablar a cada rato. ¡Venís de estar en la cueva un montón de tiempo! (risas) y ahora te sacan al sol. La exposición no es una cosa que yo busque.

–Usted en su último libro, Nuestra parte de noche, agradece a varias personas por haber leído el original. ¿Cómo es ese proceso de la lectura antes de la publicación?

Algunos leyeron pero diferentes partes, algo que tiene que ver con la extensión del libro. Y me iban haciendo sus devoluciones: “Esta parte es aburrida”, “No me convence que esta parte se cuente con cartas”, “esta parte me gusta pero está demasiado explicada”, todo así. Fueron casi todas devoluciones de ese tipo y a las que les doy bastante bola… una vez que está terminado el libro. Antes no lo muestro
porque también doy bola, pero cuando ya está terminado y lo muestro yo estoy muy segura y por eso la devolución que puedo recibir la puedo tomar con mayor tranquilidad.

–¿Hay alguien entre esos lectores que cuente con algo así como una escucha privilegiada?¿Alguien a quien escuche sí o sí?

Sí, Ariel, mi ex marido. Es mi mejor amigo ahora, fuimos una pareja larga. Él me sigue leyendo y es la persona en la que más confío porque además es muy “obse” (cosa que yo no soy) y detecta las inconsistencias.

–El libro tematiza las devociones populares, las creencias del pueblo, y usted demuestra un notable conocimiento de eso que el investigador Félix Coluccio llamaba “el santoral sospechoso”. ¿Cómo fue que contactó con todo eso?

Tengo un vínculo personal con ese universo porque mi abuela era correntina, como la familia de mi mamá. Entonces para mí San Sansón, Santa Librada, Sanhueso, San La Muerte, El Gauchito Gil eran los santos de mi abuela. Estaban presentes en las historias que me contaba y además cuando yo iba a Corrientes a ver al resto de mi familia ese mundo era una cosa totalmente presente. Además del santoral católico que también estaba bastante representado, porque la virgen de Itatí también está ahí y tiene un ritual paralelo. Yo me acuerdo con las patas así (hace gesto de hinchazón), tipo Luján, después de haber peregrinado. En Corrientes es mucho más masivo. Yo acá no conozco a nadie que vaya a Luján y allá, a Itatí van todos, por más que el resto del año sean totalmente salvajes (risas). No es gente piadosa, digamos. Pero además, de todo ese santoral y de todo ese imaginario que conozco y que a mí me copa, hay otra cosa que me fascina y es que es de frontera. Está un poco contaminado con las creencias guaraníes. Hay una cosa muy mestiza allá.

–¿Por eso se interesó tanto?

Sí, en parte fue por eso y en parte también porque a mí siempre me llamó mucho la atención ese santoral que es enorme y súper extenso porque está presente en toda América Latina, nunca pasó a la literatura. Siempre perteneció a la antropología, a la investigación, a la oralidad. Pero después vos leés un cuento de Jorge Luis Borges y ¡los mitos que a él le copaban eran los islandeses! (risas). O leés a gente que desde toda la vida trabajó la gauchesca, temas del campo, y lo más mítico que encontrás ahí es una luz mala. Hay muy poco de este universo del que estamos hablando, no hay un aprovechamiento como el que hace toda la literatura anglosajona de los cuentos de fantasmas, por ejemplo. El vampiro era un mito de Europa del este y lo aprovecharon.

–¿A qué atribuye esa falta de incorporación en la literatura?

Creo que a cierto esnobismo heredado de una literatura muy elitista que consideraba estos imaginarios como supersticiones de pueblo que no merecían entrar en la literatura. Y eso en vez de hacer la operación de traducción, porque eran todos anglófilos pero no hacían lo que hacen los ingleses.

–¿Pero no habrá existido temor, también?

Porque hasta el día de hoy una figura como la de San La Muerte no puede ser exhibida sin más… No, claro, hay que llevarlo adentro de la mano. Pero, tal vez sea medio psiquiátrico lo mío, aunque nada de esto me asusta. No, nunca. No me pasa. De todos modos, sí es verdad que la literatura produce… cosas. En esto me siento esotérica yo misma, pero es así. O sea: esa cosa un poco de “videncia” que tiene la literatura es cierta: vos escribís algo y después… A veces parece que la escritura está provocando algo, como si algo de la palabra “vidente” provocara eso. Que inquieta un poco pero que no me da miedo. Y eso es algo que me pasó incluso con libros que no son libros esotéricos, digamos. Pero no me da miedo y hasta me da un poco de curiosidad. O sea: me gustaría que pasara un poco más.

–¿Se considera parte de esto que algunos ven como una “generación de escritoras argentinas”?

Yo creo que sí, que hay algo generacional más allá de que nosotras podamos conocernos o no. A Selva Almada la conozco, Samanta Schweblin es más amiga, con otras me llevo mal, etc. Pero sí hay cosas en común: casi todas nacimos en los 70, durante la dictadura y casi todas –de una manera u otra– tuvimos que atravesar crisis y hay algo compartido de una experiencia algo… arrojada. Todas vivimos esa experiencia de falta de cuidado que te da cierto carácter, por decirlo de algún modo. Y también hay algo que no sé si llamaría “compulsión” pero que está y que es una cosa de trabajar MUCHO. Esos son los parecidos que encuentro porque literariamente no nos parecemos para nada.

–¿Siempre quiso esto que le está sucediendo ahora?

A ver: yo nunca pensé en esto de la escritura como carrera. ¡Me parece un plomazo! La idea del escritor que va de beca en beca y de retiro de escritores en retiro de escritores me parece un infierno. Pero un infierno creativo, no un infierno personal porque personalmente la debés pasar bárbaro: estás en lugares que son divinos, estas en Berkeley. Pero después, ¿qué escribís? A mí, esa cápsula en la que podés llegar a entrar cuando hacés de esto una carrera no me interesa. A mí me interesa más estar con lo cotidiano de la gente: ver el partido de fútbol, hablar pavadas, esa clase de cosas. Porque lo otro, me parece, te desconecta muchísimo incluso de cómo habla la gente, ¿no? Y eso es algo me preocupa en serio. Eso, el escuchar, fue algo que yo aprendí de leer a Puig, por ejemplo. Porque yo leo muchas cosas que están muy bien escritas retóricamente pero cuando van al diálogo es una pesadilla. Me interesa mucho cómo habla la gente.

–Y en esta novela se nota.

Sí. Tali, por ejemplo, un personaje de la primera parte del libro, habla como hablan los correntinos. Y pasó después que cuando se editó me llamaban los correctores para decirme que no se decía “Le voy a bañar al nene” sino “Lo voy a bañar al nene. Y yo les decía que era “le” porque así es como se dice en Corrientes. Y eso, me parece, le da otro color a lo que escribís. Puede que eso en la traducción se pierda pero en todo el mundo de lengua castellana queda así. Y ahí hay algo también de la literatura, que hace que aunque no entiendas una palabra, captás la idea, el sentido mayor. Entrás en una especie de música y el sentido se va completando.

–El personaje del padre, Juan, es bastante cruel y en la novela no hay eso que alguna vez nos contaron de los “adultos protectores”…

No creo que eso sea real en general (risas) pero más allá de eso Juan está totalmente idealizado. Quería que fuera hermoso y que a la vez tuviese esa belleza moribunda de John Keats y de los románticos. Pero quería a la vez que fuera deseado porque, ¿viste que casi siempre son las mujeres las deseadas? Pero a mí me gusta la idea del hombre fatal. Y también quería escribir sobre la herencia, la carga, la sangre. A mí las historias de maldiciones familiares si me impresionan bastante.

–En el libro se dice que para ser feliz hay que dejar los muertos atrás pero, ¿realmente llegamos alguna vez a hacer eso?

¿La verdad? Sinceramente, no lo creo.