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Mauricio Dayub: Pasión por el teatro

Flaco y sin divismos, a Mauricio Dayub (Paraná, 1960) se lo ve moverse liviano por la vida pero, ojo, en las antípodas de la superficialidad. Anda liviano porque supo sacarse el peso de la mochila del deber ser. Por mandato familiar, siguió la carrera de Economía hasta que recibió el llamado de la vocación y terminó siendo uno de los actores más respetados del país. En su carrera se involucró en muchos proyectos y puso el cuerpo en su rol de actor, dramaturgo, director y hasta dueño de su propio teatro pero hay tres mojones de largo aliento que le pusieron un sello a su vida profesional: primero El batacazo, luego Toc Toc y ahora El equilibrista, una obra basada en recuerdos familiares donde interpreta múltiples roles. También es parte de Sueño bendito, la serie biográfica sobre Diego Maradona, en la que le toca componer a Roque Villafañe, padre de Claudia.

–Su abuelo dijo que “el mundo es de los que se animan a perder el equilibrio”. ¿Eso fue lo que le sucedió cuando abandonó Economía?

Si, fue una decisión tomada a los 20 años, que podía no verse como una decisión acertada, pero que, sin embargo, con los años, fue una decisión fundamental para mi futuro, no solo profesional sino personal.

–Dejar todo para ir por un sueño suena bárbaro pero en los hechos, ¿cuánto cuesta?

Creo que cuando uno toma una decisión visceral, no percibe ni dimensiona en el momento lo que pierde. Por eso puede animarse. Porque quien se anima a tomar una decisión fuerte, modificadora, está tomado por un deseo, una fuerza, que no permite ver tan claramente la pérdida, sino que el afán de lograr lo que se busca te hace magnificar los posibles beneficios y te cubren todo el cielo.

–Dar el paso hacia la vocación no garantiza ni reconocimiento ni un ingreso asegurado. ¿Se es el mismo actor al consagrarse que cuando eso no ocurre?

No, claramente, no se es el mismo actor cuando uno tiene posibilidades de desarrollarse, que cuando no. Porque a uno lo va puliendo el hacer, la experiencia. Pero creo que se llega a “ser” lo que se ha “sido” en los comienzos. Cuando se alinean los planetas y llega el éxito, uno no es otro más que el que ha venido siendo. La gran diferencia es que cuando llega el éxito pareciera que todos coinciden, que todos se ponen de acuerdo en adherir. Pero adhieren a algo que el que lo alcanza lo tenía desde antes, solo que pasaba inadvertido. Por eso es tan importante valorar las épocas malas, de poco trabajo, la de la formación, la de la adolescencia, porque depende de cómo seamos entonces, cómo seremos cuando nos vaya bien.

–En el teatro se es arte y parte, ya que los artistas hacen de todo. Ese espíritu colaborativo, ¿es el secreto de la magia?

El teatro es un arte colectivo. Además, el teatro independiente tiene un gran valor agregado: se hace aprendiendo de otras personas y rubros. Se comparte el trabajo artesanal que, en esencia, no es otra cosa que “intentar subir lo que uno siente al escenario”. Pero en ese derrotero fascinante, la magia puede aparecer o no. A veces lo hacemos como siempre y la magia no aparece.

–En Argentina somos tan apasionados por el fútbol y el asado como por el teatro. ¿Cómo se explica eso?

Puedo decir que tengo la suerte de haberme dedicado al teatro en un país donde el teatro es pasión de muchos. De muchos a los que les apasiona hacerlo y de otros muchos a los que les gusta disfrutarlo. Eso es una suerte, por las posibilidades que brinda. Porque la magnitud de esta pasión viene de muchos años y de grandes que la desarrollaron; ellos nos convirtieron en una de las tres potencias teatrales del mundo, junto con Londres y París. Por eso la variedad del teatro ha llegado a ser tan amplia y se ha convertido casi en lo que es el fútbol para los argentinos. Así como hay un arco o una canchita en todos los rincones del país, casi con el mismo ímpetu, han aparecido pequeñas salas, grupos, donde mucha gente se dedica a intentar la experiencia teatral. Lo hacen incluso, desde otras profesiones, buscando palpitar algo de lo que ofrece el oficio. También esto ha producido cierta adulteración de la esencia misma del teatro, pero es preferible eso a vivir en un país que ignore esta pasión.

–Ya era un profesional cuando le ofrecieron hacer Toc Toc. ¿Lo considera un momento bisagra de su carrera?

Sí, llevaba muchos años trabajando, desarrollándome como actor, autor, productor, director y también como dueño de sala, o sea, haciendo todo el recorrido de la concreción teatral. Ese derrotero me había hecho rechazar propuestas de otros teatros y productores. Cuando llegó el llamado de Toc Toc, justo acababa de bajar de cartel El batacazo, en la que, justo, me había pasado años indagando acerca de la suerte y de su comportamiento a veces injusto o poco solidario. Entonces me ofrecieron Toc Toc y pensé que, si bien no era para mí en su esencia, la aceptaría para no volver a rechazar al productor que me había convocado. Agradeceré eternamente esa intuición, aun pensando que no iría bien. Estuve nueve años consecutivos en cartel, hice 2752 funciones. Y probablemente en enero de 2020 la vuelva a hacer para festejar los diez años en cartel.

–¿Por qué piensa que esa obra se convirtió en un fenómeno?

Pienso que cuando algo se convierte en un éxito tan excepcional como este no se debe a una sola razón sino a muchas. Pero la más singular que he advertido es que en Toc Toc la gente llora de risa. Y esa es una condición poco común. El público está habituado a divertirse en las comedias y a emocionarse en los dramas. La risa es tan fuerte, que te lleva al llanto de risa, no al llanto que produce la emoción, sino a que se te caigan las lágrimas de tanto reírte. Creo que lograr ese nivel de felicidad hizo inolvidable a esta obra.

–Al final, el abuelo tenía razón… Ahora usted protagoniza El equilibrista, un unipersonal de gran exigencia física y vocal.

La repercusión emocional que genera la obra en los espectadores explica el cartel de “localidades agotadas” en todas las funciones. Me maravilla la potencia del boca en boca del público argentino. Y la felicidad que me da compartirla con el público, me hace pasar inadvertido el esfuerzo. No lo siento. Es más, la adrenalina de tener que hacer equilibrio cada noche le pone un plus, que me obliga a entrenar y agradecer la posibilidad de aludir a mi historia, a través de una forma soñada de contar sin tristezas, con euforia y emoción.