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Rosa Montero: Por un mundo mejor

El reloj ya está en marcha. ¿No lo escuchan? Tic, tac, tic, tac… Con cada golpe de sangre el corazón va marcando el paso de un tiempo preciso y desconocido: el de nuestra propia existencia. ¿Cuánto nos queda? ¿Cuándo termina cada uno de nosotros? Seguramente si lo supiéramos, si tuviéramos la certeza de nuestro propio final, nuestra vida sería ese calvario lúcido en el que habita Bruna Husky. ¿Y quién es Bruna Husky? Para los lectores y lectoras que convirtieron a la saga de Rosa Montero (Madrid, 1951) en un verdadero fenómeno de ventas, la respuesta es clara: una replicante de combate que –de novela en novela, y hasta podríamos decir que contra su voluntad– se va volviendo más y más humana. Justamente ella, que desprecia a la especie que la creó solamente para que la suplantara en el frente de guerra, termina –a lo largo de miles de páginas– aprendiendo de la generosidad, el sacrificio, el humor y la complicidad entre los humanos. Pero, de todas esas cosas que antes ignoraba y ahora no, tal vez ninguna como su amor por el teniente Lizard para terminar de convertirla en lo que detesta ser: un alma enamorada. De todo esto y más trata Los tiempos del odio, la tercera novela de la saga de la detective Bruna Husky, luego de Lágrimas en la lluvia (Seix Barral, 2011) y El peso del corazón (Seix Barral, 2015).

–Alguna vez usted dijo que se sentía muy identificada con Bruna Husky, la protagonista de esta saga. ¿Por qué?

Sí, así es. De todos los personajes que he hecho en mi vida, Bruna Husky es el que siento más cerca de mí. Me parece muy poderoso y cuando no estoy escribiendo novelas suyas me está dando patadas adentro de la cabeza para que la deje salir (risas). Ella es un clon humano y una replicante de combate que ahora ha pasado a detective. Yo no, yo no (risas), en eso no nos parecemos y en muchas cosas de su vida tampoco. Pero sí nos parecemos en un tema muy profundo: ella, como es un clon humano madurado aceleradamente por los ingenieros genéticos, “nace” –por así decir– con 25 años y a los diez años –esto es, con 35 años biológicos– se le desata un proceso tumoral total que acaba con ella en una semana. Entonces mis replicantes saben cuándo van a morir. Saben que viven solo diez años, con lo cual no pueden olvidarse de que son mortales, que es lo que hace la inmensa mayoría de los seres humanos. La inmensa mayoría salvo un puñado de neuróticos como Woody Allen o como yo, por ejemplo, que estamos siempre pensando en la muerte. Y muy conscientes de la muerte, y muy conscientes del paso del tiempo, de lo que el tiempo nos hace y de lo que el tiempo nos deshace, porque vivir es deshacerse en el tiempo. Entonces eso nos une porque ella, en su obsesión por la muerte, va descontando los días. Va descontando los días que le quedan, va contando hacia atrás. Tres años, tres meses y cinco días; tres años, tres meses y cuatro días… Yo no porque afortunadamente no sé cuándo voy a morir pero no puedo olvidarme de que soy mortal. Y eso va unido a algo que es muy bueno, y que es un amor por la vida, porque cuando estás muy lleno de muerte también estás muy lleno de vida. Y no te olvidas. Decía John Lennon que la vida es aquello que sucede mientras nosotros nos ocupamos de otra cosa. Bueno, a mí no me pasa. Y no, yo no me ocupo de otra cosa. Yo soy consciente, a cada momento, del momento preciso que estoy viviendo.

–Claro. Una vividora….

¡Una vividora total! Y mi Bruna es lo mismo: se come la vida. En ese sentido es peor que yo, se come la vida a mordiscos. Pero ella es mucho más border que yo, tiene un humor muy negro y además está llena de rabia. Odia a los humanos, odia a los “reps” y se odia a sí misma, sobre todo en la primera novela. Pero los libros no hay que leerlos por orden ni mucho menos. No importa, podés leer el último sin haber leído los anteriores que da igual. Pero sí la gente que ha leído todos los libros es verdad que puede ver una evolución en el personaje. Es que en la primera novela era una fiera salvaje, misántropa. Odiaba a todo bicho viviente, se odiaba a sí misma, no tenía amigos. Entonces, en el primer libro, Bruna aprendió a tener amigos. En el segundo libro, aprendió a perdonar a los humanos. Y en este libro aprende algo que es muy importante para ella: aprende a aceptar la vulnerabilidad y la fragilidad que trae el amor, el amor apasionado. A lo largo de las novelas, va rompiendo esa armadura y afortunadamente llega a romper su fragilidad y llega a poder enamorarse.

–Volviendo al tema de la conciencia de la muerte: en su caso, ¿a qué lo atribuye?

Yo tengo también la teoría de que los novelistas (porque son personas con más conciencia del paso del tiempo y del lo que el tiempo te roba y te lleva) han tenido una percepción temprana de la decadencia. Han tenido un contacto temprano con la decadencia antes de la pubertad. Joseph Conrad, por ejemplo, tuvo padres que fueron nacionalistas polacos y los rusos los deportaron al norte. Él era hijo único, tenía 10 años y en el primer año en el que sus padres estuvieron deportados, enfermaron de tuberculosis y se murieron. Entonces se quedó solo con 10 años. Esa es una pérdida violenta en la infancia. Lo mismo Simone de Beauvoir: era hija de un millonario, pero luego de una bancarrota pasaron de ser riquísimos a vivir en una habitación alquilada y con un retrete para cuarenta personas. Algunas pérdidas son violentas como estas, pero otras son calladas, sutiles, pero tienen el mismo efecto. Yo también he pasado por algo así pero no lo voy a contar porque es callado y sutil. El tema es que si desde muy pequeño has visto lo que el tiempo hace, lo que te roba, lo que te quita para siempre, ¿cómo no vas a tener conciencia del paso del tiempo? Y de la muerte, porque todos esos robos de cosas son como la muerte de las cosas.

–¿Y qué rol juega la tecnología en esto? Porque aquí en Buenos Aires la gente va abstraída en un mundo de pantallas, ajena a todo.

Es que no es solo aquí sino en todo el mundo. Ojo, a mí me encanta la ciencia y la tecnología es una herramienta; lo bueno o lo malo es el uso. Pero por primera vez estoy preocupada por los smart phones porque realmente hemos estado expuestos en los últimos cinco años a una revolución que aún no sabemos qué es lo que nos puede hacer. Ahora están saliendo por todas partes los primeros estudios de expertos que dicen que puede ser muy peligrosa porque está cambiando nuestro cerebro. Nos quita la capacidad de concentración y eso yo lo noto en mí misma.

Lo que están diciendo urgentemente es que no se deje a los niños con los smart phones.

–Siendo usted, a todo esto, hija del papel…

Sí, siempre he sido muy techie y una early adopter. Pero este tema me preocupa, sobre todo porque se lee en el mundo más que nunca, pero en los últimos años –los últimos cuatro o cinco– la lectura ha ido bajando. Hay gente que dice que eso fue por la irrupción de Netflix pero no: es por el smart phone. Ya hay estudios que dicen que estamos entre cuatro y cinco horas al día mirando la pantalla y además no nos damos cuenta de que nos roba ese tiempo porque no son cuatro horas seguidas: son mordisquitos. La media de las personas se conecta ochenta veces al día. Entonces, no nos damos cuenta de que todo esto nos está comiendo, literalmente, la vida. Y además te pone en un estado de agitación que te impide estar a solas contigo misma. Con tus pensamientos. Vas como acelerada. Es una especie de droga neurológica. Y todavía no sabemos las consecuencias. Los magnates de Silicon Valley…

–Sí, no dejan que sus hijos se acerquen a estas cosas.

¡Y nosotros aquí como imbéciles, aferrados! (risas). Lo que pasa es que ellos tienen acceso a esos informes. Son los primeros en tener acceso porque les interesa muchísimo el tema. Es que no sabemos. No sabemos por ejemplo qué puede pasar en el cerebro de un niño que se haya criado con eso. ¿Qué va a pasar con él dentro de treinta años? ¿Qué adulto va a ser? ¿Qué cabeza va a tener? Lo de la vida virtual no es lo peligroso, porque la novela ya es una vida sustituta. Lo peligroso es la adicción que crea la imposibilidad de parar. La falta de descanso está alterando nuestra sinapsis. Y eso es tremendo y peligroso. Creo que la revolución tecnológica está siendo muchísimo más profunda y más vasta que la industrial. Y creo que va tan deprisa que no estamos sabiendo adaptarnos.

–De nuevo, el tema de los tiempos, como los de la novela. Porque ahí, además de los tiempos del odio, se abordan los tiempos del amor…

Totalmente. Por eso el subtítulo: “sin amor no merece la pena vivir”. Los dos grandes temas de la novela, aparte de la muerte, son el amor y estos tiempos del odio que estamos viviendo. Tiempos de descrédito en la democracia como casi nunca hemos visto en la historia y una especie de añoranza en la gente que –por falta de cultura histórica– se confunde y se deja atraer por la falsa pureza de los dogmas. Y ahí están los terraplanistas, etc. Es como una involución.

–Esto también está en la novela…

¡Todo! Y además se muestra cómo hay una serie de poderes que no solo son fanáticos sino que inculcan el odio y manipulan a la gente, sobre todo a los jóvenes. Y que los vuelven locos, los convierten en monstruos. Pero la novela por otro lado da un mensaje de esperanza, porque dice que si te comprometés y desenmascarás a esta gentuza, realmente podés hacerlo. ¡Podés ganarles! Podés hacer que el mundo sea un poco mejor. Entonces, para mí la novela termina bien, porque gana la luz.