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Vanessa Montfort: El vuelo de la reina

Hace calor en Buenos Aires pero el jardín del hotel, frente a la Plaza Dorrego de San Telmo, es un canto al frescor: todo está lleno de ramas, de sombras, de luces. Vanessa Montfort (Barcelona, 1975) aterriza a la sombra de uno de los árboles y pese a que acaba de bajarse del avión el cansancio no le pesa en la cara. Se lo agradece a la meditación que practica varias veces al día y también a ciertos cambios de hábitos –tomarse las cosas con más calma, dormir mejor– que le permiten enfrentar la gira promocional de El sueño de la crisálida con esa sonrisa televisiva que tiene y que no pierde. Dice que está feliz, no solo por la novela –la quinta, detrás de las premiadas El ingrediente secreto (2006), Mitología de Nueva York (2010), La leyenda de la isla sin voz (2014) y Mujeres que compran flores (2016), el éxito que le dio proyección internacional– sino también por estar de nuevo acá, a orillas del Río de la Plata. Es, desde siempre, un alma inquieta: periodista, dramaturga, académica y novelista,en sus 44 años parece haber vivido varias vidas en una porque todo lo que hace lo hace así, como en varios planos al mismo tiempo.

Como si cada minuto tuviera una arquitectura particular y se desplegara vertical y horizontalmente en un mismo instante. ¿Hasta los viajes? En efecto, hasta los viajes, y por eso esta tarde será una sucesión de notas como esta, una superposición de conversaciones en las que El sueño de la crisálida volverá a agitar sus alas. La novela es una metáfora sobre la transformación, como posibilidad y como hecho concreto y arrasador: nadie se transforma realmente sin quebrarse antes. Sin estallar en pedazos, como lo hacen Greta (una ex religiosa) y Patricia, una periodista que vive corriendo y corre sin vivir, lo que es lo mismo. Un vuelo transoceánico compartido terminará cambiándoles la vida a ambas. Y en esa metamorfosis aprenderán lo que necesitaban saber para poder ser más felices.

“Es mi primera vez en Buenos Aires para presentar una novela pero esta es mi tercera vez en la ciudad. Yo deseaba mucho volver pero antes vino mi otra versión, mi Yo dramaturga. Mis novelas salían cada cuatro años y ahora salen cada dos, pero entre medio escribo teatro. Es decir que yo soy como… bicéfala en ese aspecto: una cabeza piensa en teatro y otra en narrativa, y no sería capaz de escoger entre una y otra. Sería como eso de “¿A quién quieres más? ¿A papá o a mamá?”. ¡Imposible!, arranca.

–¿Pero no se entremezclan de algún modo aun en sus novelas?

Porque muchas de sus escenas son absolutamente filmables. Uno ve lo que pasa, escucha esos diálogos. Creo que mi narrativa impacta más por la cultura de la imagen que por los escritores que pueda tener como bagaje. Pero sí es cierto que me dicen que eso se me nota sobre todo en los diálogos. Porque, claro, a mí me encantan los diálogos, pese a que a veces no son directos sino que están dentro de la narración. Pero sí es verdad que yo escucho voces (risas). Entonces, como las llevo dentro de mi cabeza, el oído lo tengo muy entrenado para la voz. Para mí, de hecho, lo ideal es que no haga falta un narrador para decir quién habla sino que cada personaje se exprese como es según sus circunstancias sociales, sus creencias políticas, sus alergias y sus condiciones como ser humano. Entonces, le pongo mucha atención a cómo hablan los personajes y no solo a lo que dicen.

–¿Sus personajes surgen o usted los busca?

Porque algunos autores dicen que los personajes se les imponen… Depende. En mi caso, de todos modos, casi siempre el motor es el personaje. Esto no quiere decir que no haya una historia troncal importante porque, de hecho, le doy mucha importancia a la historia y la tramo en mi cabeza. Lo que sí es verdad es que luego intento que no se convierta en una camisa de fuerza. Trabajo mucho en la estructura y trabajo mucho el mundo del personaje. Quiero conocer todo de ellos, hasta lo que no se va a saber. Sé hasta qué clase de alergias tienen mis personajes, aunque luego eso no aparezca.

–¿Escribe las biografías o no es para tanto?

Tomo muchas notas. Al personaje lo trabajo previamente y luego lo dejo vivir. Y hay una cosa que me hace descubrir mucho al personaje, y es cuando los pongo a hablar. A mí me gusta tirar a los personajes dentro de un espacio y en una situación determinada y ver qué hacen y dicen. Y qué tienen que contar. Todas esas son cosas que aprendí mucho del teatro británico en el que yo me formé.

–¿Dónde estudió?

En el Royal Court Theatre de Londres. Y allí tuve como profesor a Harold Pinter, que decía que nosotros debíamos meternos en una “situación claustrofóbica” hasta que las paredes se derrumban. Y, en esa situación, el personaje reacciona. Unos dependemos de otros. Por eso, cuando se rompen las paredes, uno reacciona, salta.

–Claro, es como si uno fuera en un avión. Como sucede de hecho con Greta y Patricia, las protagonistas de su novela, que se conocen compartiendo un vuelo y ya no se separan más.

Claro, como sucede en El sueño de la crisálida. En un avión tu vuelas once o doce horas al lado de otra persona sobre la que no sabes nada y tienes dos opciones: comunicarte o no. Y si optas por comunicarte vas a estar atrapado, te cuente lo que te cuente, te caiga bien o no, se parezca a ti o no, tengas empatía o no. Abres una puerta, y esa puerta es de once horas. Y es muy íntima, porque nunca has estado tanto tiempo hablando con una persona que no conoces.

–¿Qué le gustó de la idea de hacer que sus protagonistas se conocieran así, en un vuelo transatlántico?

Es que era casi una metáfora de la crisálida. Y yo estaba buscando contar una historia sobre un ser humano que se transformara por completo. Porque me apasiona la gente que es capaz de vivir varias vidas en una sola vida, que es capaz de reencarnarse en la propia vida. Convertirse en otra cosa distinta, más fuerte o más real, como en este caso. Y encontrarlas a ellas en pleno vuelo, en un lugar en el que casi no se podían mover y que era como una cápsula de a aluminio que es muy parecida a una cápsula de seda… Digamos que a ellas les ha sucedido en su pasado algo muy traumático. Pero como no me gusta ir de la oscuridad a la oscuridad, me gusta que esos personajes evolucionen en un sentido positivo. Entonces, encontré a estas mujeres en el punto del inicio de esa transformación, después de una situación traumática como la que atraviesa una crisálida. Porque nunca le hemos preguntado
a una pobre mariposa lo que vive ahí dentro.

–¿Es así de duro?

Sí, y por eso también me apetecía incluir algún personaje que conociera el mundo de las mariposas y que es este Leandro, mi personaje favorito y amigo de una de las protagonistas. Él es quien explica que la mariposa es una larva condenada a arrastrarse por la tierra pero que en un momento dado fabrica una cápsula en un lugar adonde no puede ser detectada por sus depredadores y se deshace por completo conservando solo el corazón y el cerebro, lo que me pareció una metáfora maravillosa. Porque es la memoria de lo que fuiste en esta vida anterior y el corazón para seguir viva. Así es como se transforma en un nuevo ser, con un nuevo esqueleto más resistente, con unos ojos con la capacidad de ver lo que hasta entonces no podía ver (visión aérea, visión nocturna), unas alas y un radar, unas antenas. ¡O sea que se convierte en un superhéroe! (risas) Y no se resigna, porque esta novela es eso: una novela contra la resignación.

–¿Y por qué una de ellas fue monja? ¿Usted fue a colegios religiosos?

No, yo siempre fui a colegios mixtos pero mi familia es católica. Lo que pasa es que yo conocí a una persona real, a la que entrevisté durante un año, y que da lugar al personaje de Greta. Es una ex religiosa, así que eso es absolutamente biográfico. ¿Por qué me interesó ella? Porque la iglesia no me interesa tanto como ella y su reconstitución. Es decir, Greta –al ser una mujer que ha vivido en un entorno cerrado del que la echaron por sus ideas renovadoras–queda a la intemperie. Entonces, hablar de eso ya era interesante periodísticamente porque se trata de algo de lo que no se ha hablado: la situación de la mujer en la iglesia y los abusos no solo sexuales sino también de poder y de mujeres sobre mujeres. Entonces cuando la conocí me dije: “¡Es una crisálida en 360 grados!”.

–Claro, casi una extraterreste…

Algo así como una alienígena que a los 33 años la echan y queda sin nada, injustamente, enferma y sin ningún dinero. Es decir, se tenía que reconstruir totalmente. Porque si tú tienes un problema laboral, reconstruyes tu trabajo, si tienes un problema sentimental recontruyes tu pareja, pero casi nunca se da la necesidad de reconstrurir todo. No ha tenido tarjeta de crédito, no sabe cómo arreglarse el cabello, no sabe cómo ama, nada. Y todo eso, desde cómo combinar los colores de su ropa hasta cómo alquilar una casa, lo tiene que descubrir en un año. Tiene que adaptarse, y adaptarse a la velocidad de nuestros días.

–Hay en la novela una cuestión como de vértigo, de aceleración. Una de las protagonistas vive en las redes sociales. ¿Qué le pasa a usted con ese tema?

Tengo una relación amor-odio. No soy anti redes sociales ni anti tecnología, para nada. De hecho, a mí la tecnología me da mucha libertad porque, por ejemplo, tener un “teléfono inteligente” (risas) me permite estar viajando y mandando un e-mail sin tener que estar encerrada en un despacho. Entonces creo que el problema no es que tengamos tecnología sino el uso que le damos. Creo que estamos en un momento en el que –como por primera vez ha reconocido el Estado italiano– hay una adicción nacional a la tecnología y a las redes. Porque hay una adicción no solo a las redes sino al aparato que tenemos el tic de mirar todo el tiempo. Y en parte también para eso escribí El sueño de la crisálida: porque cuando yo no entiendo bien algo que escribo, lo hago libro. Y en este caso, además de una bonita historia de amistad, quise retratar toda esta locura en la que vivimos y pensar en si podemos o no tomar la decisión de no vivir así. Porque esa es, en definitiva, la gran pregunta.