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Viviana Rivero: “Trato de abordar a esas mujeres que miraron distinto”

Las palabras retumbaban una y otra vez. “Acá nadie va a seguir una carrera que tenga que ver con la literatura porque para loco ya está su padre”, repetía la madre. Y la hija de ese escritor poco exitoso fue obediente. Se recibió de abogada, trabajó en televisión y también fue coach. Mantenía con su notebook una relación inerte. Hasta que una noche, dejó de ser dócil y se transformó en una escritora. Best seller, además. “Soy una convencida de que las vocaciones nos persiguen y atrapan en algún momento de nuestra vida. Eso es lo que me sucedió. Cuando mis chicos fueron creciendo, ya no me necesitaban tanto. Un día llegué a casa después de trabajar y me dije: ‘Es mi momento’. Hacía bastante que quería escribir, pero no me animaba a transformarla en mi actividad principal”, cuenta Viviana Rivero (Ciudad de Córdoba, 1966). Once libros y un premio nacional después, la autora cordobesa ganó un par de certezas.

–¿Qué pasó por su cabeza en el momento antes de sentarse a escribir por primera vez?

Fue una tarde de 2007. Yo tenía una historia para contar, pero no sabía cómo empezarla. No lo hice por el principio, sino que conté una escena fuerte. Me emocionó mucho poder hacerlo. Se hicieron las tres de la mañana y yo quería seguir y seguir. Al otro día me di cuenta de que tenía que narrar ordenadamente. Terminé de escribir Secreto bien guardado, lo imprimí y se vendió muchísimo (El Emporio, 2009/Emecé, 2010). Cuando Mujer y maestra ganó el premio de un concurso nacional de novela histórica, pensé: “Creo que ya puedo vivir de la literatura”. El tercer libro lo hice en horario “de trabajo”: me levantaba a las siete, pero no para ir a Tribunales, sino para escribir.

–¿Qué encontró en la literatura que no le daban sus otras actividades?

Encontré algo que no sabía que buscaba tanto. Desde chica fui una gran lectora y con los años no solo tuve necesidad de leer, sino de plasmar una idea en el papel. Cuando le conté a mi padre que estaba escribiendo, ya estaba por terminar el libro. Se sorprendió de que hubiera empezado por una novela en vez de un cuento, porque yo nunca había hecho un taller literario. Mi padre me decía: “Disfrutá porque no es común que uno ponga una novela en la mesa de la librería y se venda”. Él nunca lo había logrado. Mi abuelo también escribía: ya somos tres generaciones de autores en la familia.

–¿Sintió culpa por ese éxito que su padre no había podido alcanzar?

No, fue algo muy lindo. Aunque compartimos poco tiempo como colegas, solo un año y medio, él llegó a ver que mis dos primeros libros se vendían. Cuando le di para que leyera Secreto bien guardado, mi primera novela, yo estaba nerviosa. A los pocos días, me dijo: “Ese Strow… ¡Qué mal! ¡Cómo va a hacer eso! Me dio tanta rabia… Me quedé leyendo hasta las dos de la mañana”. Logré lo que quería, que era atraparlo.

–¿Qué es lo que atrapa tanto a los lectores?

En mi caso, es que no se trata solo de una historia de amor entre un hombre y una mujer. Hablo de otros amores: a los hijos, a la vocación, a la tierra. Son las cosas que nos movilizan a los seres humanos, que nos llevan a vivir en la otra punta del planeta o a quedarnos trabajando hasta las tres de la mañana, sin saber si vas a cobrar dinero por eso. Esto vuelve más atractivo al libro: no es una novela rosa, sino de vida.

–¿Tiene autores “de cabecera”?

He tenido distintos preferidos en diferentes épocas. Actualmente me gusta mucho Almudena Grandes. Una vez, mi padre me dijo: “No se puede ser escritor sin haber leído a Manuel Puig”. Me compré Boquitas pintadas, me encantó y seguí con el resto de sus libros. Le dediqué dos años. La última novela que leí antes de ponerme a escribir fue Suite francesa de Irène Némirovsky. En casa se creía que si eras un gran autor –como mi padre–, nunca serías popular ni podrías vivir de la literatura. Por el contrario, si eras comercial, no eras buena. Cuando llegó a mis manos Suite francesa, me di cuenta de que Némirovsky escribía muy lindo, trataba temas sociales y vendía. Encontré un referente, quise escribir como ella.

–¿Y así se convirtió en una autora best seller?

Mis libros tienen un alma, lo que surge en mí antes del argumento, parten de una observación que hago. En el libro Sí (Emecé, 2017), yo venía preguntándome si era feliz. Una mañana me levanté, miré el jardín y los árboles a través de la ventana de la cocina. Caía un rayito de sol y se acercaron mi perro Fido y mi gato Pompón a saludarme. Pensé: “Es un momento pequeño, rutinario, pero feliz”. Y me di cuenta de que tenía varios de esos momentos. Los seres humanos somos más felices de lo que creemos. “Quiero escribir de esto. Voy a hablar de un hombre y una mujer que teniendo todo para ser felices, no lo logran. Van a tener que pasar por algo que los haga recapacitar”, pensé. En el libro Y ellos se fueron (Emecé, 2011), yo quería contar que si éramos lo suficientemente valientes, la vida nos daba revancha. Hay un momento en el que miramos las cosas que quedaron en el camino, nos preguntamos si todavía las queremos y si somos lo suficientemente valientes para conseguirlas. Es una decisión fuerte y profunda que suele venir a los 40.

–¿Qué cosas dejó en el camino?

En ese momento yo pensaba: “Estoy trabajando de algo y tengo ganas de hacer otras cosas”. El tiempo se vuelve lo más valioso: para escribir el primer libro, se lo quité al sueño y a la recreación, para no sacárselo a la familia ni al trabajo. El primer libro es sacrificado. Yo tengo muchas ideas, podría escribir mucho, pero es un proceso lento.

–¿Algún asunto le resulta difícil de abordar o es capaz de escribir sobre cualquier tema?

No le tengo miedo a nada. En el libro Y ellos se fueron hay un incesto. En Los colores de la felicidad (Emecé, 2015) hay una historia de amor en medio de la Revolución Cubana. Creo que todo lo que está bien contado y es verosímil no molesta.

–Su último libro, Zafiros en la piel, está vinculado a una experiencia digital: la escritura en tiempo real. Sus lectores podían leerla mientras usted producía. ¿Qué la llevó a eso?

Me lo propuso la gente de Google. Son doce relatos de amores diferentes. El que está en la web es la historia de Macarena, una fonoaudióloga disconforme con su cuerpo, que tiene un estándar de inteligencia altísimo. Trabaja en la joyería “Zafiros en la piel” con un jefe que la maltrata. Ella planea robarlo. Conoce a Álvaro, un hombre que la enamora porque tiene en mente asaltar el local. Se puede leer el libro e ir después a Google o hacerlo al revés.

–¿La nueva ola del feminismo obligó a cambiar el prototipo de heroínas románticas?

En mi caso, siempre son mujeres pioneras y casi siempre son fuertes. Una primera mujer que enseñó en las aulas, como cuento en Mujer y maestra (El Emporio, 2011/ Emecé, 2016). O esa primera mujer que dictó sentencia en un tribunal, por ejemplo. Yo trato de abordar a esas mujeres que miraron distinto, me parece que todavía son nuestros referentes. Muchas soñaban cosas que los hombres no habían logrado, como la investigadora Madame Curie. Me encanta traer eso a la novela histórica porque es motivador.

–¿Alguno de sus protagonistas masculinos la enamoró?

Mi preferido es Marthin, de mi primer libro. Estuve dos años con él, lo conocí muy bien físicamente y su forma de ser. Ya casi me parecía que nos juntábamos a comer y charlábamos. Me costó desprenderme de esa novela, la había terminado y seguía leyendo las partes que más me gustaban. Ahora ya aprendí: en cuanto concluyo un libro, me sumerjo muy pronto en el próximo.

–Finalmente, se convirtió en una exitosa serial. ¿Eso le dio más seguridad o mayor libertad?

No, creo que me dio la posibilidad de vivir conforme a lo que tenía grabado en el ADN. Para mí, escribir compite con irme de vacaciones: me gusta tanto una cosa como la otra. Disfruto ganarme la vida como autora, pero no me planta de distinta manera. Las cosas básicas y profundas no variaron. La administración del tiempo, sí.