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José Eduardo Agualusa: Vivir encerrado

Una mujer corre y se encierra en una casa. Pero en cuanto cierra la puerta, lo que dejó del otro lado de la madera comienza a desmoronarse. La guerra se desata. En cuestión de horas, una revolución de la que solo tendrá noticias desde lejos (acechando a algún vecino tras las celosías, pescando pedazos de conversación desde el jardín de la terraza, tratando de mirar sin ser vista, saliendo al sol solo de vez en cuando, y siempre bajo un paraguas) decidirá por ella el tamaño de su vida futura. Así es como Ludovica, Ludo, la protagonista de Teoría general del olvido, novela de Eduardo Agualusa, termina descubriendo una patria distinta. Ya no es Portugal –en donde vivía– ni Angola –adonde se mudó para convivir con su hermana y su cuñado– pero tampoco es la casa en la que terminará emparedándose por décadas. Ahí, en esa casa-cascarón en la que sobrevive cultivando plantas y perfeccionando sus métodos para cazar palomas, la mujer descubrirá la lengua (su propia lengua, el portugués) como el único refugio seguro en un mundo que se desintegra.

Agualusa (Huambo,1960), recién llegado a Buenos Aires, dice que vivió en una casa así. Un departamento pequeño dentro de un edificio enorme, en donde se sintió tan ajeno como su heroína. Dice que fue en Luanda, la capital de Angola, esa tierra que no solo es su país sino también lo que tiene en la boca, porque las largas vocales del portugués africano andan sobre su lengua como si bailaran. Dice “Luanda” (estirando la u) y no hay manera de no ver ahí una luna (lua, en portugués), andando. Una luna rodante girando en un cielo que no puede más de oscuro y de enorme, el mismo que vimos en Estación de lluvias, en Barroco tropical y en La reina Ginga. De esa clase de cielos y de guerras están hecho sus libros, y de esa clase de músicas y reverberaciones está hecha cada frase de este escritor original por donde se lo mire: sus historias, sus personajes, su voz narrativa, todo es diferente.
“Uno de los personajes de Teoría general del olvido declara: ‘Un hombre con una buena historia es prácticamente un rey’. Si esto es cierto, José Eduardo Agualusa puede contarse entre los nuevos miembros de la realeza del continente”, anotó el crítico del Financial Times en su reseña de este libro desconcertante, que en 2017 obtuvo el International Dublin Literary Award. Pero ahora Agualusa está cerca del Obelisco porteño y se asombra al saber que el hotel en el que está alojado queda apenas a una cuadra del sitio en donde Jorge Luis Borges vivió por décadas junto a su madre, doña Leonor Acevedo. Alza las cejas al enterarse, pregunta por la casa, pide que le muestren. Pero eso será después. Ahora lo que se impone es hablar de los hombres africanos que, como él, parecen conocer las mejores historias.

–¿De dónde surgió este impulso de contar la historia de un encierro, de un cautiverio elegido?

Es imaginación pura, este es un libro de ficción pura, no hay nada real en esa historia. La idea surgió del tiempo en el que viví en Luanda, en un momento de gran tensión y violencia política. Trabajaba como periodista y por entonces era muy difícil vivir en el país. Y vivía en un edificio muy grande –al que le decían“el edificio de los envidiados”. Eso es lo único real del libro. Ese es el único personaje real.

–¡Es un gran personaje! (Risas)

Yo viví en aquel edificio y no tenía voluntad de salir porque había realmente un clima político muy pero muy malo. Entonces empecé a pensar cómo sería no salir más del departamento. Y poco a poco cada personaje comenzó a surgir. Pero la historia, repito, no tiene nada de real.

–Igualmente, usted sabe que a menudo, en contextos de guerra, hay personas que sí se encierran en sus propias casas…

Sí, claro. Después de que publiqué la historia comencé a recibir relatos de personas que vivieron encerradas en sus casas, tanto en grandes ciudades como Nueva York hasta pequeñas localidades. También alguien me llegó a mostrar un documental de una pareja portuguesa en la que ella (después de haber vivido muchos años juntos) terminó viviendo diez años encerrada. Pero cuando yo escribí el libro no sabía de todo esto.

–¿Por qué cree que se encierra realmente la protagonista?

Por miedo al otro. Y por ignorancia, porque vive aterrorizada por los otros. Ella se muda a Angola contra su voluntad y no por gusto sino porque su hermana se lo pide. Ella no quería. Y lo importante es que ella rompe sus lazos con el exterior por miedo, por temor del otro. Este es un libro sobre eso: sobre el temor a los demás y sobre lo que eso significa.

–Al mismo tiempo, ella no puede construir relaciones con otras personas pero sí puede tener vínculos con animales: una paloma, un perro, un mono…

Es verdad, es verdad. Ella se conecta con las plantas, con los animales. Tiene más simpatía por esos seres que por las personas. Tenía incluso una relación con el árbol al que vio crecer. Y si bien al principio tiene miedo del cielo –que en África es enorme– también al final se conecta con eso. Hoy nosotros vivimos en ciudades muy iluminadas en donde cada vez es más difícil ver las estrellas, pero en África el cielo tiene otra dimensión. Y Ludo, la protagonista, vivía aterrorizada también con eso.

–La novela está atravesada por la cuestión de la extranjería. Eso de saberse o sentirse de otro lugar. ¿Los angoleños sienten nostalgia de la metrópoli?

No, y por eso también la novela toca el tema. Ludo era una portuguesa que no quería ir a Angola y que vivía aterrorizada por los demás. Pero en algún momento se contacta con un niño angoleño que le muestra lo absurdo que es ese pensamiento y rápidamente lo integra a su vida. Además, cuando su hija va a buscarla al final del libro para supuestamente volver a su tierra, ella dice: “Esta es mi tierra”. Angola tiene una gran capacidad de integración, de asimilación del otro. Y, al mismo tiempo, valora mucho su país, su propia casa. Pero lo central es la capacidad de integrar lo diferente.

–Aun lo mágico, que también es una presencia constante…

Sí, así es. Eso tal vez tenga que ver con que Luanda es una ciudad antigua. Pero también una ciudad que luego de la independencia recibió millares de campesinos que –después de la guerra– se trasladaron a la ciudad. Y esos campesinos llegaron a la ciudad con su mundo mágico, con su propia cosmogonía. Por eso siempre creí que Luanda mantenía una conexión con lo mágico que posiblemente ya no se encuentre en lugares como Buenos Aires. Es característico de todos esos lugares que mantienen la relación con la tierra, con el campo.

–Su libro está cruzado por palabras que son parte de los idiomas originarios de África. ¿Habla alguno de ellos?

Una de las particularidades de Angola es que allí el portugués es hablado como lengua materna por una gran cantidad de población. Y eso es algo que no ocurre en otros países africanos. De todos modos, yo consigo entender alguna de esas lenguas pero no las hablo, aunque me encantaría. Sí hablo umbundu, porque yo me crié en Angola y los otros chicos de la ciudad hablaban en ese idioma. Pero hoy en día es difícil encontrar chicos que hablen kimbundu, en parte debido a que el portugués creció mucho, en forma exponencial. Pero creció contra las lenguas africanas.

–¿Qué está haciendo ahora?

Promocionando libros y terminando una nueva novela.

–Es muy prolífico…

¡Es que tengo tres hijos! (Risas) ¡Los tengo que alimentar!

–Volvamos a Borges. Usted dijo en una entrevista que le gustaba porque con él había aprendido a mentir. ¿Es así?

Me acuerdo muy bien de cómo conocí a Borges, porque de aquellos escritores que me marcaron mucho recuerdo bien cómo llegaron hasta mí. Estaba en primer año de la universidad, estudiando Agronomía y Bosques. Y en ese primer año, un amigo mío de la infancia me ofreció Ficciones. Y para mí fue un deslumbramiento. Fue un impacto muy fuerte y a partir de eso salí a buscar todos los libros de Borges. Lo que me impresionó de él fue sobre todo la precisión. Y los juegos del lenguaje.

–¿Y cómo se tocarían esos juegos del lenguaje con la construcción de la verdad?

Porque ese es otro de los temas de su literatura: la verdad como un artefacto. Yo viví alguna vez en dictadura, en Angola. Y en ese momento había una sola verdad, que era la verdad oficial. Y a mí, como viví ese período, siempre me impresionó mucho esa idea de que no hubiera versiones. Entonces después, como escritor, intenté contar en un mismo libro varias versiones. La sola idea de que haya una verdad absoluta me parece algo totalitario. Por eso voy en busca de diferentes versiones, y por eso es importante escuchar las distintas posiciones. La perspectiva es central. Y otra cosa que aprendí al escribir es que una historia cambia completamente según la perspectiva, según quién la cuenta. Nosotros en Angola vivimos una guerra civil muy terrible y muy larga. Tal vez por eso creo que la única manera de terminar una guerra no es solo dejar de matar personas, sino dejar de matar versiones.